Luego preguntó si el conde aceptaría trasladar esa proposición al Ministerio de Asuntos Exteriores sueco para que éste la transmitiese al Occidente.
A Bernadotte no le gustó la idea. No era probable que los Aliados occidentales, declaró, concertasen una paz por separado con Alemania, si ésta proseguía su lucha en el Este.
– Me doy perfecta cuenta de las grandes dificultades que entraña la misión -replicó Himmler-, pero de todos modos deseo hacer una tentativa para salvar a millones de alemanes de la ocupación soviética.
Bernadotte accedió a transmitir el mensaje de capitulación a su Gobierno, pero quiso saber lo que haría Himmler si rechazaban su oferta.
– En tal caso, me haré cargo del mando del frente oriental, hasta morir en combate -contestó Himmler.
Manifestó luego que esperaba entrevistarse con Eisenhower para rendirse a él incondicionalmente, sin más demora. Al despedirse, Himmler declaró que aquel era el día más amargo de su vida, y que debía marcharse inmediatamente hacia el frente oriental.
A continuación, Himmler penetró en su automóvil. Inició la marcha y el vehículo fue a enredarse entre los alambres de espino que rodeaban el edificio Los suecos y los alemanes presentes consiguieron liberar al fin al automóvil, y el reichsführer se alejó de allí. El conde hizo notar a los que le rodeaban que en aquel suceso había mucho de simbólico.
7
Al día siguiente, 24 de abril, Krebs y sus dos ayudantes, el comandante Freytag von Loringhoven, y el capitán Gerhard Boldt, entraron en la sala de conferencias del Führer. También se hallaban allí Goebbels y Bormann.
Mediado el informe de Krebs, Boldt fue llamado al teléfono. Cuando regresó, dijo haber recibido un despacho del frente de batalla.
– ¿Qué noticias hay?-inquirió Goebbels, inclinándose sobre la mesa.
Boldt declaró que un ataque repentino de tanques, efectuado sobre cuarenta y ocho kilómetros por los efectivos del Segundo Frente Ruso Blanco de Rokossovsky, no sólo estaba aislando a las tropas de Manteuffel en el Norte, como lo había hecho ya Zhukov en el Sur, sino que indicaba que Stalin estaba volcando sus máximos esfuerzos hacia Berlín. De este modo, tres frentes rusos, con un total de dos millones y medio de hombres, convergían sobre la capital del Reich.
Hitler se volvió esperanzado hacia Bolot, sin poder dominar el constante tic que agitaba su cabeza. El capitán le dio cuenta del nuevo desastre, y Hitler permaneció en silencio durante un momento, hasta que luego comenzó a hablar con voz ronca.
– Teniendo en cuenta el gran obstáculo natural que representa el río Oder, este éxito ruso es, sencillamente, el resultado de la incompetencia de los dirigentes militares germanos.
Krebs trató de defender a Heinrici y Manteuffel. Dijo que sus escasas reservas habían sido apresuradamente retiradas hacia Berlín, incluyendo los efectivos de Steiner. Esto hizo recordar de nuevo al Führer el ataque de Steiner y al tiempo que apuntaba inseguramente hacia un mapa, comenzó a decir que había que iniciar al día siguiente una nueva ofensiva desde el norte de Berlín.
– El Tercer Ejército Panzer deberá emplear todas las fuerzas disponibles para el ataque, retirando tropas de las otras secciones del frente que no se hallen sometidas a la ofensiva. Es necesario restablecer las comunicaciones entre el Norte y Berlín. Ese es el objetivo inmediato.
La sugerencia de Burgdorf, en el sentido de que Steiner debía dirigir el nuevo ataque, irritó a Hitler.
– ¡No necesito a esos arrogantes y obtusos jefes de las SS! -exclamó-. En ningún caso quiero que Steiner asuma el mando.
Cuando Krebs salió de la sala de conferencias, vio a Weidling esperando en la antecámara, y le dijo:
– Anoche causó usted una excelente impresión al Führer. Le ha designado para asumir la defensa de Berlín.
– Mejor habría sido que me hubiese usted pegado un tiro -contestó Weidling.
Y aceptó el mando con la única condición de que sólo él daría órdenes para la defensa de la ciudad. No quería intromisión alguna de parte de gentes como Goebbels, que ostentaba el cargo nominal de «Defensor de Berlín».
Esa misma tarde, Jodl llegó al puesto de mando de Steiner, el único hombre del que se suponía que nada iba a tener que ver con el nuevo ataque desde el Norte.
– Por orden de Hitler -anunció Jodl-, debe usted comenzar inmediatamente la ofensiva.
– No deseo dirigirme hacia Berlín -replicó Steiner, con el tono de desafío que se había convertido en algo corriente entre los miembros de la Wehrmacht -. No tengo quien me cubra, y la mayor parte de mis hombres morirá. No pienso hacerlo.
Jodl le miró fijamente, lleno de ira, al tiempo que su calva se ponía de color escarlata, signo evidente de que se estaba conteniendo a duras penas. Pero Steiner resistió su mirada. Su comportamiento no era descabellado. Estaba convencido de que sólo una paz negociada con el Oeste podría salvar a Alemania, y una semana antes había convenido secretamente con Manteuffel que establecerían contacto con Eisenhower lo antes posible, diciéndole que las tropas norteamericanas podían pasar a través de sus líneas para llegar hasta el Oder, donde estaban los rusos. En medio de la discusión con Jodl, Steiner recibió la noticia de que acababan de llegar mil miembros de las Juventudes Hitlerianas y cinco mil pilotos. Jodl ordenó que los movilizasen para integrar el ataque en dirección a Berlín. Una vez más, Steiner se rebeló. Dijo que esas tropas carecían de entrenamiento y que enviarlas al combate era un asesinato. Por consiguiente, las mandaría de vuelta a las bases de donde procedían.
Jodl se dio por vencido y regresó al Alto Mando Central. Pocas horas más tarde llegó Von Keitel y conminó a Steiner para que iniciase el ataque.
Steiner no dejó de asombrarse. ¿Se había visto alguna vez a un mariscal de campo alemán humillarse de aquella manera? A pesar de todo, contestó:
– No, no lo haré. Este ataque es un disparate, un asesinato. Haga conmigo lo que crea conveniente.
Por fin, Von Keitel se dio cuenta de que la situación no tenía remedio, y se marchó.
8
El Comité Internacional de la Cruz Roja había fracasado en su intento de detener la evacuación de prisioneros de Sachsenhausen, a pesar de las promesas de Himmler y del jefe de la Gestapo, Müller, pero aún había esperanzas de salvar a las veinte mil mujeres del cercano campamento de Ravensbrück. Los miembros del Comité enviaron un delegado, Albert de Cocatrix, con una carta urgente para el coronel SS Rudolf Hess, jefe suplente de los campos de concentración, y antiguo comandante de Auschwitz.
Cocatrix se vio demorado en su camino hacia el Norte por los innumerables fugitivos que llenaban las carreteras, y no llegó a Ravensbrück hasta el anochecer. Se presentó ante el SS Sturmbannführer (comandante) Fritz Suhrens, comandante del campo, y le dijo que tenía que ver a Hess. Pero éste acababa de sufrir un accidente de automóvil y no se encontraba allí.
Cocatrix describió las atrocidades que se estaban cometiendo con los prisioneros que trasladaban desde Sachsenhausen, y advirtió a Suhrens que los responsables deberían rendir cuentas al fin de la guerra. Propuso entonces que las mujeres de Ravensbrück quedasen a cargo de la Cruz Roja, en la persona de un delegado, y se mantuvieran en sus sitios hasta la llegada de los rusos.
Pero Suhrens dijo que tenía instrucciones especiales de Himmler para evacuar el campamento. Por otra parte, la situación militar no era del todo desesperada. No sólo se detendría a los rusos, sino que se los rechazaría a las estepas en una colosal contraofensiva que estaba a punto de ser lanzada.
– Sólo las mil quinientas enfermas podrán permanecer en el campamento -añadió Suhrens-. ¿Sabe usted que las enfermas rusas han pedido de rodillas que no las dejásemos atrás, pues no querían caer en manos de los rusos, y que además gritaban: «Nix Bolscheviki!»?