A las nueve de la mañana siguiente, 25 de abril, varios millares de mujeres fueron alineadas ante sus viviendas. Suhrens recibió a Cocatrix en su despacho y habló de la buena moral en que se hallaban las «damas», y ofreció enseñarle varias cartas de recomendación que ellas habían escrito para él.
En ese momento entró en la estancia una mujer miembro de las SS y dijo:
– Los archivos han quedado destruidos.
El comandante hizo disimuladamente una señal para que se callase, y tras de presentarla, le preguntó en qué forma se había tratado a los prisioneros recientemente evacuados.
– Humanitariamente -contestó la mujer, sin vacilar.
– ¡Ya lo ve, ya lo ve usted! -exclamó Suhrens, y alzó triunfalmente los brazos, al tiempo que alababa el sistema de los campamentos de concentración y ponía de manifiesto los notables resultados obtenidos en la educación y entrenamiento de los prisioneros. Las tremendas cosas que se escribían acerca de los campamentos, manifestó, eran sólo «atrocidades de la propaganda», y ofreció a Cocatrix que viese el de Ravensbrück por sí mismo.
Lo que vio Cocatrix semejaba a un campo de prisioneros de guerra, si bien los barracones estaban atestados de literas de tres lechos. Visitó también la enfermería, la biblioteca y la cárcel, que mostraba un aspecto notablemente pulcro. Sin embargo, no se le permitió inspeccionar varios edificios en la parte Este del campamento, y donde, según Suhrens, se hallaban montadas unas plantas textiles que producían tejidos para la Wehrmacht.
Suhrens paró a una prisionera, como al azar, y le preguntó si había recibido malos tratos, o si tenía quejas de alguna clase. La mujer sólo tuvo palabras de alabanza para sus captores. Otras que fueron interrogadas en el mismo sentido, siempre por Suhrens, contestaron aproximadamente de igual manera. En cada caso, Suhrens se volvía hacia el funcionario de la Cruz Roja y decía, con acento significativo:
– Bitte!
Luego el comandante del campamento llamó a una mujer miembro de las SS.
– ¿Ha infligido usted malos tratos a las prisioneras?-le preguntó.
– ¡Eso está prohibido! -contestó la mujer, con acento escandalizado.
– ¿Qué pasaría si ustedes las castigasen corporalmente?-Nos sancionarían.
De otras guardianas se obtuvieron respuestas semejantes. Al abandonar la zona del campamento, Cocatrix se sintió tentado de pedir a Suhrens que le enseñase la cámara de gas y el crematorio, pero optó por callarse.
En el despacho le presentaron al coronel de las SS Keindel, comandante de Sachsenhausen, quien un poco vagamente negó que se hubieran cometido atrocidades en la evacuación de su campamento. Cocatrix dijo que un delegado de la Cruz Roja y dos chóferes habían presenciado numerosas asesinatos.
Keindel se encogió de hombros y contestó:
– Tal vez algunos guardias de las SS hicieron eso para acabar con sus sufrimientos…, como un acto de humanidad. No alcanzo a comprender por qué se arma semejante alboroto a causa de unas pocas muertes, cuando nada se dijo del bombardeo terrorista de la población civil de Dresde.
Algunos soldados de las SS pudieron haber actuado un poco rigurosamente, admitió Keindel, pero por lo general, los que peor trataban a los reclusos eran los húngaros, los rumanos y los ucranianos, es decir, gente de mentalidad diferente.
Cocatrix se dispuso a abandonar el campamento, y Suhrens, tomándole familiarmente por el brazo, le dijo de manera confidencial, refiriéndose a lo que había manifestado el coronel Keindeclass="underline"
– Conmigo, nada tiene usted que temer a ese respecto.
9
El comandante de las SS en Berchtesgaden actuó inmediatamente después de recibir el telegrama de Bormann, y colocó a Goering y su familia bajo arresto domiciliario. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido las más tempestuosas en la dramática carrera del reichsmarshall: el Führer se había derrumbado; creyó que era el sucesor en el mando del Tercer Reich; luego recibió tres telegramas de Hitler, y por último, en esos momentos, tenía la seguridad de que sería ejecutado.
La noche anterior, un SS había colocado un pistola con una bala, en la mesilla de noche de Goering.
– No pienso hacerlo -dijo éste a su mayordomo Zyschi, apartando con desdén el arma-. Voy a afrontar las responsabilidades de todo lo que haya hecho.
Al día siguiente, 25 de abril, por la mañana, varios oficiales de las SS, trataron de convencer a Goering, en presencia de su esposa y del mayordomo, para que firmase un documento declarando que renunciaba a todos sus cargos a causa de hallarse enfermo. Goering se negó. A pesar de los telegramas que había recibido, tenía la seguridad de que Hitler estaba mal informado. Pero cuando los SS extrajeron sus pistolas, Goering firmó con presteza. En ese preciso momento, el zumbido de los motores de aviación hizo que todos se refugiaran en el sótano de la casa en que se hallaban.
Los aviones aliados pasaban con frecuencia sobre Berchtesgaden camino de Salzburgo, Linz, y otros objetivos, pero hasta el momento, la zona de Obersalzberg no había recibido daño alguno. Pero en aquella ocasión, dos grandes oleadas de bombarderos se encaminaban hacia allí para tratar de eliminar el posible retiro de los dirigentes del Reich a las montañas. Eisenhower tenía la seguridad de que Hitler permanecería en Berlín, pero también estaba convencido de que la mayoría de los gobernantes nazis se habían trasladado al Reducto Nacional para establecer sus puestos de mando en el Obersalzberg.
A las diez, los primeros bombarderos cruzaron sobre el monte Hohe Goell y dejaron caer bombas de alto poder explosivo en la zona donde el Führer tenía sus instalaciones. Media hora más tarde se presentó una oleada de bombarderos mucho mayor, y durante casi sesenta minutos un avión tras otro, dejaron caer grandes cargas demoledoras sobre el Obersalzberg.
Cuando el último bombardeo se hubo alejado, el general de aviación Robert Ritter von Greim, comandante de la Luftflotte 6, en Munich, se dirigió en automóvil hacia el Obersalzberg. La residencia de ensueño del Führer había quedado reducida a un conjunto de ruinas. Greim miró a su alrededor, lleno de aflicción. La mansión de Hitler, la famosa Berghof, había recibido un impacto directo. Tenía uno de los muros totalmente derruido, y el techo volado en su mayor parte. Algunos centenares de metros más allá una negra humareda se elevaba de la casa de Bormann, detrás de la cual podía verse lo poco que quedaba de la de Goering. Los cuarteles de las SS, así como el «Hotel Platterhoff» y la cabaña donde Hitler había escrito buena parte de su libro Mein Kampf, se hallaba en llamas.
Nazi concienzudo, Greim había recibido un telegrama desde Berlín pidiéndole que informase al bunker directamente. Halló Greim a Koller, y comenzó a culpar a Goering de haber abandonado el bunker, para llevar luego a cabo actos de traición. Al principio, Koller trató de disculpar a Goering, su jefe, pero luego dio rienda suelta a su resentimiento, largo tiempo reprimido.
– No soy precisamente yo quien debe defender al reichsmarschall -manifestó-. Son muchos sus defectos, para eso. Me hizo la vida insoportable, tratándome de forma desconsiderada, diciendo que me iba a llevar ante un tribunal militar para que me juzgasen y me fusilasen. También amenazó con hacer dar muerte a otros oficiales del Estado Mayor delante de otros miembros de ese cuerpo.
Sin embargo, Koller no se mostró de acuerdo con Greim, en todos los aspectos.
– Sé bien que el reichsmarschall no hizo nada, en los días 22 y 23 de abril, que pudiera recibir el nombre de traición.
Greim no se sintió impresionado por las palabras de Koller. La actitud de Goering no admitía defensa, declaró, tras lo cual emprendió el regreso hacia Berlín.