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– Habla Manteuffel -dijo una voz tajante-. Los rusos han entrado en los pantanos que constituyen mi zona de defensa secundaria. Solicito permiso inmediato para retirarme a posiciones más seguras. Será ahora o nunca.

La orden de Hitler, confirmada recientemente, prohibía cualquier retirada en gran escala que no hubiese sido aprobada por el Alto Mando. A pesar de ello, Heinrici contestó:

– Inicie la retirada y abandone también el festung de Stettin. Luego, Heinrici cortó la comunicación y dijo al coronel Eismann que informase al Alto Mando que había ordenado la retirada del Tercer Ejército Panzer, y que la orden de Hitler podía irse al demonio.

Capítulo sexto. «Tenemos que crear un mundo nuevo, un mundo mucho mejor»

1

El mismo día en que Hitler sufrió su momentáneo derrumbe, una columna motorizada de la 84.ª División norteamericana penetraba en la ciudad de Salzwedel, a unos ciento sesenta kilómetros en línea recta de la Cancillería. Apiñados en las casas, y casi tan asustados como los habitantes del lugar, se hallaban cuatro mil reclusos de los campos de concentración y trabajadores forzados, a quienes sus guardianes habían abandonado. Tadeusz Nowakowski fue uno de los primeros que se arriesgó a salir a la calle. En 1937, a la edad de diecisiete años, había ganado un premio de la Academia Polaca de Literatura, instituido para escritores jóvenes. Dos años más tarde fue detenido junto con su padre por publicar un periódico clandestino titulado Polonia aún vive. El más viejo de los Nowakowski no llegó a vivir lo suficiente para ver liberado el campamento de Dachau, donde se hallaban internados, pues un guardia brutal lo mató propinándole golpes con una pala. El hijo soportó la estancia en una serie de prisiones de la Gestapo y de campos de concentración. Por fin logró huir a comienzos de febrero, y en Salzwedel halló refugio entre los trabajadores forzados de una refinería de azúcar.

Las calles de Salzwedel, al entrar los norteamericanos, quedaron atestadas de jeeps, motocicletas, camiones y blindados, que levantaban nubes de polvo. Nowakowski alcanzaba a escuchar el ruido que producían los motores de los aviones. Era la escena de la liberación, con la que había estado soñando desde hacía varios años.

Un jeep se detuvo ante el grupo en que se hallaba el polaco, y de él bajó un fornido negro, que recibió un diluvio de flores y el aplauso de los presentes. El norteamericano apartó a un lado a los que le aclamaban y clavó a un poste un cartel que indicaba «Despacio» a los demás vehículos. Luego se enderezó el casco, regresó al jeep y partió, abriéndose paso a bocinazos. Los demás norteamericanos aparecían igualmente indiferentes y miraban a los prisioneros fríamente, aun cuando a veces les arrojaban algunos paquetes de cigarrillos. No podía decirse que actuaran con arrogancia, pero su comportamiento mostraba un desdén mal disimulado, ante el espectáculo que ofrecían aquellos míseros desvalidos. O tal vez, pensó Nowakowski, ya estaban cansados de todo.

Sólo un grupo de fotógrafos manifestó algún interés, y dijeron a los depauperados prisioneros que regresaran al cercano campo de concentración para que pudieran tomarles fotografías detrás de las alambradas. Algunos chiquillos lloraban aterrados cuando les pedían que entrasen de nuevo por aquella puerta.

En las ciudades, turbas de trabajadores forzados vagaban por las calles en busca de venganza. Rumanos descalzos vaciaban en las aceras barrilillos de mermelada, al tiempo que iracundas mujeres rompían las vitrinas de los comercios y esparcían las mercancías por la calle.

Un guardia de las SS fue arrastrado fuera de un garaje, donde se había refugiado herido, y fue pisoteado hasta que quedó muerto. Los prisioneros, en gran número, pisoteaban el cuerpo del enemigo, a pesar de que sus fuerzas eran escasas. Nowakowski sintió deseos de gritar: «¡Sacadle los ojos! ¡Por mi padre torturado, por mis compañeros, por mi ciudad arrasada!», pero las palabras se le trabaron en la garganta, y sólo atinó a reírse histéricamente, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas y pensaba que, al fin y al cabo, aún estaba vivo.

Una patrulla norteamericana lanzó una descarga sobre las cabezas del enardecido grupo, tocó la bocina en señal de reprobación, y siguió su camino. Era una escena de pesadilla. Ante una tienda, Nowakowski vio a dos franceses borrachos que se habían metido dentro de un mismo vestido de novia destrozado, y que danzaban penosamente. Una vieja polaca vomitaba sangre sobre la acera, en la que varios chiquillos derramaban el contenido de unos sacos de harina.

Al otro lado del canal, el polaco vio a una turba de antiguos prisioneros trepar a un vagón-tanque del ferrocarril, que transportaba alcohol. Como nadie podía abrir la válvula, alguien se procuró un pico, y pronto surgió del tanque un gran chorro de alcohol. La multitud se acercó aullando, y todos procuraron llenar cazos, sombreros y hasta zapatos. Un checo gritó:

– ¡Cuidado, es alcohol metílico! ¡Es veneno!

Pero nadie le hizo caso.

Un grupo de rusos ató al alcalde de la población a la lápida de una tumba y delante de él rasgaron las vestiduras de su mujer y su hija, dejándolas desnudas. Un ruso de rojizo semblante gritó que esa era la suerte que su mujer había corrido en Khartov, y empujó a varios de sus compatriotas hacia la muchacha. La madre se lanzó al suelo y comenzó a besarle los pies, en señal de súplica.

Se produjo un momento de vacilación. Luego un ruso fornido cogió a la muchacha y la obligó a echarse al suelo. Su padre pugnó enérgicamente por liberarse de su sujeción. Arrancó la lápida de donde estaba enterrada, pero se desplomó muerto de un tiro. Nowakowski observó al ruso que había iniciado todo el episodio. El hombre comenzó a alejarse con las manos en los bolsillos, pero luego se sentó al borde de la carretera y hundió la cara entre las manos, con ademán de desesperación. El tumulto alcanzó tales proporciones que los norteamericanos se vieron obligados a contener a los prisioneros. Nowakowski quedó encerrado en el gimnasio de un antiguo campamento del ejército, junto con otros centenares de revoltosos. Pero la pesadilla continuó bastante tiempo aún. Un grupo de jóvenes polacas cantaba canciones de su tierra, en tanto que unos metros más allá, varios hombres, borrachos hasta la intoxicación, vomitaban en medio de movimientos agónicos. Los que sufrían de diarrea tenían que aliviar sus necesidades en el mismo lugar donde se hallaban, y los vecinos los apartaban a golpes, llenos de irritación.

Un grupo de muchachos encontró un equipo de gimnasia en aparatos, y entonces todos comenzaron a trepar por las cuerdas y a columpiarse en los trapecios como si estuvieran locos. Ni siquiera detuvieron sus contorsiones y alaridos cuando uno de ellos cayó sobre un montón de hierro viejo, y tras unos instantes de lamentarse, dejó de existir.

Hacia media noche la situación se hizo intolerable. Unos cuantos hombres arremetieron contra el lugar donde dormían numerosas mujeres polacas y ucranianas. Nowakowsky oyó una serie de gritos, risas, maldiciones y lamentos ahogados. Se oía la voz de un hombre que decía una y otra vez:

– ¡Pero si no puedo, no puedo!

Un italiano enloquecido por el alcohol sufrió un ataque. Como una fiera pasó sobre los durmientes, rugiendo desaforadamente, Cuando llegó a la pared empezó a darse golpes contra la misma, hasta que tropezó contra el radiador. Entonces se desplomó sobre el suelo y quedó inmóvil.

Al amanecer, los norteamericanos abrieron el gimnasio e hicieron salir a los franceses, holandeses, belgas, luxemburgueses y checos, para llevarlos a los alojamientos de oficiales. Esto provocó una serie de lamentos indignados de los que quedaban, que comenzaron a maldecir a los norteamericanos y al día de la liberación.