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– ¡También nosotros somos aliados! -gritaba lleno de cólera un italiano.

Una ola de histerismo se extendió por la gran estancia. Una ucraniana sospechaba que una polaca le había robado su peine y se lanzó sobre esta última, que, a su vez, comenzó a gritar pidiendo ayuda a los demás polacos.

– ¡Matad a los ucranianos! -se oyó gritar.

Mas de improviso se dejó oír la potente llamada de atención de los altavoces, en cinco idiomas, anunciando que se iba a proceder a inspeccionar el lugar. A las ocho, varios oficiales norteamericanos observaron desde la puerta, y aterrados, se retiraron rápidamente. Luego ordenaron que sacaran a todos los niños. Entre los reclusos se extendió el rumor de que las mujeres judías estaban siendo alojadas en casitas, y que les daban pan, huevos y chocolate. Uno gritó:

– ¡Toman baños calientes y duermen con los norteamericanos!

– ¡Ya veis cómo esos malditos cuidan de los suyos! -vociferó otro-. ¡El judío siempre ayuda a los de su raza, mientras que a los cristianos los dejan morir como perros!

– ¡Sí, como perros! -corearon un centenar de voces.

– ¡Es porque no somos sucios judíos, como ellos! -gritó una vieja que llevaba una gorra de hombre.

Pero una muchacha replicó, con voz airada:

– ¡Eso es porque a nosotras nos quemaban en los crematorios, mientras vosotras os entendíais con los granjeros alemanes en los graneros!

De pronto, reinó el silencio. Todos miraron a la chica. Era pequeña y fea, con una cabeza grande, que parecía una calabaza sobre una estaca. Tenía las orejas rojas y salientes. Al fin, gritó:

– ¡Vamos, pegadme!

– Judin -exclamó alguien.

Y de pronto, la turba se lanzó sobre la muchacha. Un anciano, con aspecto de profesor, rodeó a la muchacha con ademán protector, al tiempo que exclamaba:

– ¡No la toquen!

Los frenéticos atacantes hicieron caso omiso de la advertencia, arrojaron a ambos al suelo, y comenzaron a golpearlos. El anciano presentó escasa resistencia. Las mujeres arrancaron a la chica mechones de cabellos y le metieron los dedos en los ojos, al tiempo que vociferaban:

– ¡Esto es por el chocolate! ¡Esto es por lo de los alemanes en el granero, sucia judía!

El defensor de la muchacha no tardó en quedar inmóvil, con los miembros inertes.

– ¡Cielos! -exclamó una mujer-. ¡Están muertos!

Las mujeres se apartaron rápidamente. Dos rusos lavaron la sangre que cubría el rostro de las víctimas, y las arrojaron encima de un montón de cadáveres.

El altavoz volvió a dejarse oír, exhortando a los reclusos a que tuvieran paciencia. No tardarían en llevarles alimentos, y se los trasladaría a otros alojamientos. Al cabo de algunos minutos, en efecto, comenzaron a distribuir platos de sopa caliente y trozos de pan blanco. Durante las horas siguientes, los asombrados prisioneros presenciaron una increíble transformación: se procedió a limpiar el gimnasio y, después de hacerlos duchar, les entregaron ropas limpias.

Los reclusos formaban filas para recibir paquetes de comida de un sargento, que se las arreglaba para desempeñar su misión mientras leía una revista de historietas. Todos se aproximaban a la mesa como si ésta fuera un altar. La expresión salvaje había desaparecido ya del semblante de los niños, y los adultos sonreían. Todo pareció sencillo y fácil. El altavoz difundía una canción que decía:

«I love you, I love you, I love you…»

Pero el milagro norteamericano aún no había concluido. Poco más tarde llegaron varios camiones con cuatro capillas portátiles que se instalaron en el campo de fútbol del gimnasio, y al cabo de media hora celebraron servicios religiosos de los respectivos cultos, un sacerdote católico, otro ortodoxo, un pastor protestante y un rabino judío. Al concluir los correspondientes himnos sagrados, los altavoces se dejaron oír por todos los alrededores:

– ¡Aleluya! ¡El Señor ha vencido, y el espíritu de la injusticia ha quedado reducido a polvo y cenizas! ¡Aleluya! Las cadenas que aherrojaban las muñecas de los justos se han roto, y el incienso del Sacrificio Divino se eleva hacia los cielos…

Se distribuyeron octavillas donde estaba impresa la plegaria completa, y Nowakowski guardó algunas como recuerdo de aquellos momentos.

2

A las dos de la tarde del 23 de abril, el presidente Truman celebró una importante conferencia con sus principales consejeros militares y diplomáticos: Stimson, Forrestal, Leahy, Marshall King y Stettinius. También se hallaba presente el secretario ayudante de Estado, James Dunn, así como tres expertos en asuntos soviéticos que acababan de regresar de Moscú: Harriman, Bohlen y el general Deane.

Stettinius informó que Molotov, que debía entrevistarse con el presidente pocas horas después, se mostraba intransigente acerca de la cuestión polaca, y seguía exigiendo un puesto para el Gobierno de Lublin en la Conferencia de San Francisco.

– Nuestros acuerdos con la Unión Soviética han ido hasta ahora en una sola dirección, y esto no puede seguir así -dijo Truman, resueltamente-. O ahora, o nunca. Pienso ir con algunos planes a San Francisco, y si los rusos no se deciden a unirse a nosotros, bien pueden irse al infierno.

Luego Truman pidió la opinión de cada uno de los presentes. Stimson admitió que no estaba muy al corriente del problema, pero declaró que no le parecía aconsejable una política excesivamente enérgica.

– Eso me preocupa… En mi opinión debemos tener gran cuidado, y sería prudente que intentáramos suavizar la situación, en lugar de chocar directamente.

– No es éste un incidente aislado -contestó Forrestal-, sino uno de los que caracterizan la acción unilateral por parte de Rusia. Los soviéticos han adoptado actitudes semejantes en Bulgaria, Rumania, Hungría y Grecia, y creo que es hora de enfrentarnos con la situación.

– Lo que verdaderamente importa es si vamos a servir de colaboradores en el programa soviético de dominación de Polonia -declaró Harriman-. Es evidente que nos hallamos enfrentados con la posibilidad de una ruptura con los rusos, pero creo que actuando adecuadamente, aún es posible evitar dicha circunstancia.

– No tengo intención de entregar un ultimátum al señor Molotov -aseguró Truman, y dijo que sólo quería poner en claro la posición del Gobierno de Estados Unidos.

Stimson aún se mostraba preocupado por la actitud del presidente.

– Me gustaría saber hasta dónde llegaría la reacción de los rusos ante una enérgica postura nuestra, respecto al asunto de Polonia -declaró.

Pensó luego para sus adentros que era necesario contener a gentes como Forrestal y Harriman, quienes evidentemente se sentían cada vez más irritados contra los rusos. En cuanto a Truman, lo sentía por él, que había heredado una situación poco halagüeña, y que tal vez se viese impulsado a tomar decisiones apresuradas.

– Tengo la impresión de que tal vez los rusos se muestren más acertados en lo que concierne a su seguridad, que nosotros con la nuestra -declaró en seguida-, y lamentaría que este incidente proyectase una sombra sobre las relaciones de ambos países.

– Espero que se presente el asunto a los rusos de manera que no se les cierre la puerta a un arreglo posterior -dijo-. Abandoné Yalta con la impresión de que el Gobierno soviético no tenía intenciones de permitir que un Gobierno libre mandase en Polonia. Lo sorprendente habría sido que el Gobierno soviético hubiese actuado de forma diferente. El acuerdo de Yalta puede interpretarse de dos formas, y la ruptura con los rusos es un asunto bastante serio. Pero debemos decirles que apoyaremos una Polonia libre e independiente.

Por fin, Marshall sacó a colación lo que estaba en la mente de todos.

– Tengo esperanzas de contar con la participación soviética en la guerra contra el Japón, y en un momento en que nos resulte de utilidad, pues los rusos tienen la posibilidad de demorar su entrada en el conflicto del Lejano Oriente hasta que nosotros hayamos hecho el trabajo más pesado.