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A semejanza de Leahy y Stimson, Marshall afirmó igualmente que la posibilidad de una desavenencia con Rusia era algo muy peligroso.

Después de haber escuchado a todos, Truman dijo haberse formado ya una opinión, y aseguró que a su entender la actitud más aconsejable era la de Forrestal y Harriman.

– Pienso decir a Molotov -manifestó el presidente- que esperamos que Rusia cumpla con las decisiones de Yalta, del mismo modo que lo hacemos nosotros.

A las cinco y media llegó Molotov en compañía del embajador Gromyko y del intérprete, M. Pavlov. Stettinius, Harriman y Leahy se quedaron con el presidente, lo mismo que Bohlen, que iba a actuar como intérprete de Truman. Después de saludar a los recién llegados, Truman manifestó:

– Lamento saber que no se ha hecho progreso alguno a fin de resolver el problema polaco.

Sus modales, directos y decididos, debieron causar inquietud a los rusos, acostumbrados como estaban a la actitud suave y persuasiva de Roosevelt. Prosiguió diciendo Truman que Estados Unidos estaban decididos a seguir adelante con los planes para establecer una organización de Naciones Unidas, a pesar de las dificultades que pudieran hallar en el camino. Pero de no llegarse a un acuerdo sobre Polonia, era difícil, afirmó, que la colaboración de posguerra tuviese éxito.

– Esto se aplica tanto al aspecto económico como a la colaboración política… Y no tengo esperanzas de lograr estas medidas del Congreso, a menos que sean apoyadas por la opinión pública.

Luego entregó a Molotov una carta que había escrito para Stalin.

«…En opinión del Gobierno de Estados Unidos, la decisión de Crimea acerca de Polonia sólo puede cumplirse si se invita a Moscú a un grupo de representantes genuinos de los dirigentes democráticos polacos, a fin de consultar con ellos… Estados Unidos y Gran Bretaña han hecho cuanto ha estado de su parte para mejorar la situación y para cumplir con las decisiones de Crimea, en el mensaje conjunto que fue enviado al mariscal Stalin el 18 de abril…

»El Gobierno soviético debe comprender que la imposibilidad de proseguir adelante en estos momentos, junto con el significado de la decisión de Crimea acerca de Polonia, dañaría seriamente la confianza en la unidad de los tres Gobiernos, y su determinación a proseguir colaborando en el futuro, como lo han hecho en el pasado.

»Harry Truman.»

Molotov cogió la carta, y dijo con su habitual formulismo rebuscado:

– Espero poder expresar el punto de vista del Gobierno soviético, al afirmar que éste desea la colaboración de Estados Unidos y Gran Bretaña, como anteriormente.

– De acuerdo -replicó Truman-. De lo contrario, no tendría sentido la conversación que estamos sosteniendo.

Algo desconcertado, Molotov prosiguió diciendo que las bases de la colaboración ya estaban implantadas, y que los tres Gobiernos tenían capacidad para hallar un lenguaje común que allanase diferencias. Por otra parte, los tres Gobiernos siempre habían actuado de común acuerdo, sin haberse presentado el caso de que una o dos de las partes hubiesen querido imponer su voluntad a las restantes.

– Todo lo que pedimos -dijo Truman- es que el Gobierno soviético cumpla con las decisiones establecidas en Crimea acerca de Polonia.

La sinceridad del presidente resultaba alentadora, pensó Harriman. Leahy también se mostró favorablemente impresionado ante la actitud de Truman.

Molotov contestó con gesto serio que su Gobierno se atenía a las decisiones de Crimea.

– Es un asunto de honor, para nosotros. Las buenas relaciones del pasado, ofrecen brillantes perspectivas para el porvenir. El Gobierno soviético está convencido de que pueden superarse todas las dificultades.

La voz nasal de Truman volvió a dejarse oír:

– Se ha llegado a un acuerdo acerca de Polonia; ahora sólo hay una cosa que hacer para el mariscal Stalin y consiste en cumplir con el convenio según sus promesas.

Molotov replicó que Stalin había expresado su punto de vista, al respecto, en su mensaje del 7 de abril.

– No puedo creer que si los tres Gobiernos han llegado a coincidir en el asunto del Gobierno yugoslavo, no sea posible aplicar la misma fórmula al caso de Polonia.

– Acerca de Polonia ya se ha establecido un acuerdo -dijo vivamente Truman-. Ahora sólo se necesita que el Gobierno soviético lo cumpla.

Molotov se hallaba visiblemente incómodo. Aseguró que su Gobierno apoyaba los convenios de Yalta.

– Pero no puedo estar de acuerdo en que la revocación de las decisiones por parte de los demás pueda ser considerada como una violación de las mismas por el Gobierno soviético. Es seguro que la cuestión polaca, por tratarse de un país vecino, tiene el mayor interés para el Gobierno soviético.

Truman no quiso desviarse del asunto principal que discutían, y manifestó:

– Estados Unidos están preparados para cumplir lealmente todos los acuerdos estipulados en Yalta, y sólo piden que la Unión Soviética actúe del mismo modo.

Aseguró luego que Estados Unidos deseaba la amistad con Rusia, y añadió:

– Pero entiendo que esto sólo puede lograrse observando mutuamente los acuerdos, y no sobre la base de la conveniencia de una de las partes.

Por vez primera Molotov dio muestras de hallarse irritado, y exclamó:

– ¡Nunca en mi vida me han hablado de semejante forma!

– Cumplan lo convenido -contestó Truman-, y no le volverán a hablar de esa manera.

3

Después de tomar la ciudad de Leipzig, Hodges prosiguió hasta el río Mulder, y se detuvo a esperar la llegada de los rusos. Las fuerzas de Patton también se aproximaban a la zona donde debían detenerse, y el encuentro con el Ejército Rojo se esperaba de un momento a otro. En la mañana del 23 de abril, el sargento Alex Balter, de la 6.ª División Acorazada, estaba llamando por su emisor de radio, en el Canal 4.160:

– Fuerzas americanas aproximándose en el sur de Alemania. ¡Atención, tropas rusas! Esta es la voz de vuestros aliados americanos, que se hallan en Mittweida, esperando el encuentro entre los dos ejércitos.

A las 8'20 de la mañana Baiter repitió el mismo mensaje varias veces. De improviso, una voz rusa comenzó a repetir una y otra vez:

– ¡Bravo, Amerikansky!

Pero la comunicación quedó interrumpida por la interferencia de una emisora alemana de aficionado.

A las 9'30, Baiter, que conocía el ruso, pues su madre era de esa nacionalidad, estableció un segundo contacto con el Ejército Rojo y dio su posición. Mientras preguntaba a los rusos la de ellos, volvió a oírse música alemana, y una voz empezó a lanzar invectivas contra los enemigos de la Patria y los partidarios de los judíos. La interferencia era tan intensa y persistente, que hasta las 13'10, Baiter no volvió a escuchar voces rusas. Esta vez formaban un coro en señal de felicitación. Por fin, una voz masculina inquirió en son de broma:

– ¿Dónde están los alemanes? Parece que todos se quedan a esperarnos hasta que están hambrientos, y luego los condenados se rinden a mansalva.

Los soviéticos se negaron a divulgar su situación, y añadieron: -Nos encaminamos hacia las líneas americanas; den alguna posición mejor que Mittweida.

– Chemnitz -contestó Baiter.

El ruso corrigió la defectuosa pronunciación de Baiter.

– Nuestras fuerzas están intactas -prosiguió diciendo Baiter-. Hemos llegado a nuestro destino. Felicitaciones. Saludamos a nuestros amigos.

– Camaradas y hermanos, mañana. El gran momento llegará mañana. Estad atentos. Será por la mañana. Dios os acompañe, amigos. Mañana, a las ocho. Esperad donde os encontráis, ¡vamos hacia ahí! -contestaron los soviéticos.