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Poco después otra voz agregó en ruso:

– Tercer Ejército, Tercer Ejército, nos estamos acercando a vosotros ahora mismo. No podemos decir más, por el momento. Vuestros camaradas rusos no duermen. Estamos trabajando con gran intensidad.

– Americanos, no os preocupéis -interrumpió una voz alemana, sarcásticamente-, vais a encontraros con vuestros amigos, los rufianes rusos.

Cuando Balter informó lleno de agitación a su comandante acerca de estas conversaciones, éste le dijo:

– Baiter, no me estará usted tomando el pelo, ¿verdad?

– Coronel Harris -contestó seriamente el sargento-. Llevo con usted tres años y jamás me he atrevido a tomarle el pelo.

A pesar de las promesas hechas por los rusos a Baiter, al día siguiente ninguna fuerza soviética se presentó para tomar contacto con las tropas de Patton. Las tropas de Hodges aún se hallaban más impacientes. Habían permanecido en las orillas del Mulde durante una semana. Mediada la tarde algunos ansiosos oficiales se ofrecieron para conducir patrullas hacia el este, pero se les advirtió que contuvieran sus impulsos.

Por fin, se consintió al primer teniente Albert Kotzebue, de la Compañía G, 273.° Regimiento de Infantería, 69.ª División, que avanzase con siete jeeps hacia el este del río Mulde. Le informaron que se habían visto varias patrullas rusas recorriendo la estrecha franja situada entre los ríos Mulde y Elba. Si encontraba tropas soviéticas, debería concertar una entrevista entre su comandante y el coronel C. M. Adams, cuyo regimiento había tomado recientemente el monumento de Leipzig. De todos modos, no debía avanzar en ningún caso más allá de los tres kilómetros hacia el este.

El teniente Kotzebue, hijo de un coronel de ascendencia rusa, reunió a treinta y cinco hombres, cruzó el Mulde y se encaminó hacia el Elba. Después de cierto tiempo de viaje se encontró con setenta y cinco alemanes que no tenían más deseo que rendirse. Se hallaban desarmados y les dijeron que se encaminasen hacia la retaguardia. Eran casi las 17'30, cuando Kotzebue llegó al límite que le estaba permitido, la localidad de Kühren.

Kotzebue llamó entonces por radio a «Tryhard», nombre clave de su regimiento, y le ordenaron que explorase otros cinco kilómetros en todas direcciones. No encontró nada, a excepción de algunos soldados alemanes y otros pocos prisioneros de guerra aliados, abandonados por sus guardias, todos los cuales agitaban los brazos y saludaban al paso de la patrulla. En una casa hallaron a un matrimonio y sus dos hijos, postrados sobre la mesa familiar. Se habían envenenado. Kotzebue regresó a Kühren, y como ya había oscurecido, decidió permanecer allí para pasar la noche.

Al día siguiente, 26 de abril, Kotzebue partió temprano con su patrulla hacia el Este. Le habían dicho que entrase en contacto con los rusos, y estaba decidido a hacerlo. Aunque tenía orden de no pasar de los cinco kilómetros, siguió hacia el Elba a través de una zona que aparecía cubierta de colinas, dejándose llevar por la tentación de seguir hasta otro promontorio, cada vez que coronaba uno más. Procuró viajar siempre alejado del vehículo que portaba el aparato de radio, pues temía que le ordenasen regresar.

En el bunker de la Cancillería, Heinz Lorenz, de la agencia oficial alemana de noticias, estaba informando a Hitler que acababa de captar un comunicado según el cual los rusos y los americanos se habían encontrado a orillas del río Mulde. Se originaron algunos conflictos en relación con los sectores a ocupar por las tropas de ambas potencias, y los rusos acusaron a los americanos de infringir los acuerdos de Yalta.

Hitler escuchaba erguido, con los ojos relucientes. Luego se recostó en su silla y dijo:

– Señores, ésta es una prueba evidente de la desunión que reina entre nuestros enemigos. ¿No me tacharía el pueblo alemán, y la Historia, de criminal, si firmase la paz ahora, cuando aún hay posibilidades de que mañana estalle entre nuestros enemigos un grave conflicto?

El Führer pareció tratar de reunir fuerzas antes de proseguir hablando.

– ¿Acaso no es posible que a cada día, sí, incluso a cada hora, llegue a originarse la guerra entre los bolcheviques y los anglosajones por causa de su presa, Alemania?

Luego Hitler se volvió hacia Krebs y le hizo un ademán casi imperceptible. El jefe del Estado Mayor del Ejército comenzó a dar su informe, pero se vio interrumpido dos veces por Hitler, quien le preguntó sucesivamente dónde se hallaba Wenck, y si el Tercer Ejército de Manteuffel hacía algún progreso. A ambas preguntas Krebs se limitó a contestar, con aire contrito:

– No hay informes.

A las diez y media de la mañana el teniente Kotzebue se hallaba a mitad de camino entre los ríos Mulde y Elba. Continuó avanzando entonces por una carretera polvorienta de segundo orden. Una hora más tarde su pequeña fuerza llegó a un punto situado a sólo kilómetro y medio del río Elba. De pronto los americanos vieron un jinete con sombrero de pieles. Kotzebue, lleno de excitación, procuró darle caza, y al fin logró arrinconarle con su vehículo. Era un jinete de la caballería rusa, que le observó recelosamente. A través de un intérprete Kotzebue le preguntó dónde se hallaba su comandante. El ruso se limitó a señalar con el brazo en dirección al Este.

Al cabo de unos minutos los americanos se hallaban en el Elba. Siguiendo corriente arriba dos kilómetros, llegaron al pueblo de Strehla, que parecía abandonado. Kotzebue vio los restos de un puente hundido a medias en la corriente. Al otro lado del río se veían varias figuras moviéndose. Ordenó a su patrulla que se detuviese y observó a través de sus prismáticos. Por la hechura de los uniformes y el brillo de las condecoraciones, Kotzebue dedujo que eran soldados rusos. Miró su reloj. Eran exactamente las 12'05 del mediodía.

Trató Kotzebue de establecer contacto por radio con los soviéticos. Como no lo consiguiese, ordenó a su conductor, Edward Ruff, que lanzase la señal de reconocimiento entre los rusos y los americanos. Ruff lanzó dos bengalas verdes por medio del mecanismo de su fusil. Por curioso que pudiera parecer, los soldados que había al otro lado del río sólo se aproximaron a la orilla y se quedaron mirando. Kotzebue gritó entonces:

– Amerikansky!

Pero no obtuvo respuesta alguna. Decidió entonces cruzar al otro lado de algún modo. Vio cuatro botes amarrados juntos, cerca de la orilla, y embarcó en uno de ellos en compañía de Ruff y de John Wheeler, un servidor de ametralladora; Larry Hamlin, fusilero; Stephen Kowalski, sanitario que hablaba ruso, y Joseph Polowky, fusilero que dominaba el alemán.

Comenzaron a cruzar el río remando con trozos de tablas y con la culata de los fusiles. La corriente era rápida, pero al fin llegaron al extremo del pontón que sobresalía en la orilla opuesta. Cuando los americanos salían de su embarcación, tres rusos se acercaron a ellos cautelosamente, bajando por el talud de la orilla. Kotzebue se identificó y dijo que le gustaría que se celebrase una entrevista entre los comandantes ruso y americano lo antes posible. Sólo entonces los soviéticos reaccionaron, y deshaciéndose en sonrisas comenzaron a dar palmadas en la espalda, llenos de entusiasmo, a los americanos.

Mientras un periodista se dedicaba a tomar fotografías, se acercó en un coche un oficial con el pecho constelado de medallas. Era el teniente coronel Alexander T. Gardiev, del 175.° Regimiento de Fusileros, el cual devolvió el saludo de Kotzebue con un apretón de manos, asegurando que aquél era un momento histórico para ambos países. Kotzebue se mostró de acuerdo con él. Un rechoncho oficial de enlace se acercó en ese momento y dijo a los americanos que regresaran a la otra orilla con un fotógrafo soviético y que volviesen a cruzar el Elba corriente arriba, con el fin de encontrarse con el comandante de la 58.ª División de Infantería soviética.

El grupo volvió a subir a la embarcación y comenzó a remar con todas sus fuerzas, pero la intensidad de la corriente les llevó corriente abajo. En la orilla occidental del río, los jeeps americanos siguieron lentamente al endeble bote, hasta que éste llegó al fin a la orilla.