Craig decidió seguir avanzando hacia el Este. De pronto, por una carretera paralela que corría a la derecha, Craig vio una fila de soldados de caballería que sobre sus monturas se dirigían hacia el Oeste. Los americanos se detuvieron en medio de una nube de polvo y gritaron unánimemente:
– ¡Son rusos!
Los jinetes, que iban acompañados por algunos ciclistas y motoristas, al ver a los americanos comenzaron a galopar rápidamente hacia ellos. El soldado americano Igor Belousevitch, nacido en China, de padres rusos, extrajo su aparato fotográfico y tomó una instantánea de la escena. El primero en llegar fue un ciclista ruso. Pedaleó frenéticamente hasta donde estaban los americanos, y poco antes de llegar a ellos cayó al suelo. En seguida se levantó, se acercó al grupo, y sonriendo les tendió la mano. Eran las 16'45.
Se aproximaron los jinetes como en una escena del Oeste, lanzando gritos de «Amerikansky!» y «Russky!». Belousevitch se dirigió hacia un teniente del Ejército Rojo y le dijo en ruso:
– Le saludo en nombre del Ejército de Estados Unidos y de nuestros comandantes, en esta histórica ocasión. Para mí es un privilegio y un honor hallarme aquí.
– La ocasión es histórica -contestó el soviético, como si se preparase a decir un discurso-. Es el momento por el cual nuestros dos ejércitos han estado luchando. También me siento honrado de encontrarme aquí, y me alegra que haya sido en este lugar. Es un momento que pasará a la historia.
Mientras se tomaban fotografías y se intercambiaban cigarrillos, un americano saltó sobre un caballo y cabalgó diestramente unos instantes, como un vaquero. El teniente soviético declaró que tenía que continuar con su misión, y Craig decidió seguir hasta el Elba. En la orilla opuesta le recibió un general soviético, bajo y robusto. Era Rusakov. Belousevitch saludó, identificó a la patrulla y presentó a Craig.
Rusakov dijo astutamente:
– Enséñenme sus documentos y le mostraré los míos.
Craig le entregó su tarjeta de identificación. Intrigado por la insignia de división de Belousevitch, Rusakov inquirió:
– ¿Qué es eso?
– Es el distintivo de la 69.ª División -dijo Belousevitch, señalando el seis y el nueve entrelazados. El general sonrió levemente.
A las veinte horas el coronel Adams, aún desconcertado, se preguntaba si Craig habría entrado realmente en contacto con la patrulla de Kotzebue. Por otra parte, aún no sabía nada del encuentro de Robertson con los rusos en Torgau. Robertson se dirigía en ese momento en su jeep al puesto de mando del Primer Batallón, en compañía de cuatro rusos. El comandante Víctor Conley, que mandaba el batallón, se hallaba en ese momento fuera del edificio, y se figuró que Robertson traía con él un hatajo de fugitivos polacos o rusos. Estaba a punto de mandar al demonio a Robertson, cuando éste le presentó a tres oficiales y un suboficial del Ejército Rojo.
Al principio Conley no pudo dar crédito a lo que veía. Se sintió anonadado, y su primer impulso fue dar a los soviéticos una botella de whisky, pensando en enviarles de vuelta con una palmadita en la espalda y un «me alegro de conocerles». Pero luego recapacitó y llamó al coronel Adams para decirle que tenía allí a cuatro representantes del Ejército Rojo, y que le indicase lo que debía hacer con ellos.
– ¡Cielos! -exclamó Adams.
Pasado el primer momento de asombro, el coronel ordenó que los enviasen al puesto de mando del regimiento. Eran casi las nueve de la noche cuando el grupo entró en el comando, que estaba revolucionado por la noticia.
En cuanto Reinhardt se enteró de que los americanos habían regresado con cuatro rusos, estalló en invectivas. El había ordenado que no avanzasen más de ocho kilómetros. Algo andaba mal, cuando un oficial no sabía distinguir ocho kilómetros de cuarenta. Por consiguiente ordenó que todos los encartados en el asunto, incluso los rusos, se presentasen en su cuartel general, con el fin de interrogarles personalmente.
Adams llamó a continuación a su comandante de Cuerpo, el general Huebner, que era tan iracundo como Reinhardt. El exaltado Huebner se puso en comunicación con Courtney Hodges, quien a su vez llamó a Bradley. Este recibió la noticia con calma.
– Gracias, Courtney, gracias por el informe -manifestó-. Lo esperábamos desde hacía mucho tiempo. Sin duda los rusos han demostrado una gran tranquilidad, al cubrir tan despacio esos ciento veinte kilómetros desde el Oder.
Luego Bradley cortó la comunicación, abrió una botella de refresco, y trazó un círculo alrededor de Torgau, en el mapa que pendía sobre la pared.
4
En Washington, el embajador Winat estaba informando a Truman, después de la comida, de que Churchill quería hablarle por la línea trasatlántica acerca de una oferta que Himmler le había sometido a través del Gobierno sueco, con el fin de rendir a todas las fuerzas germanas en el frente occidental. El presidente llamó por teléfono a Marshall, el cual sugirió que se recibiese la llamada en el centro de comunicaciones del Pentágono.
El general de división John E. Hull, jefe de la Sección de Operaciones de Marshall, dio las órdenes necesarias y llamó por teléfono a Joseph Grew, en el Departamento de Estado, para obtener algunos informes, pero no pudo enterarse de nada más. Sin embargo, en otra parte del mismo edificio, se estaba descifrando un telegrama en clave de H. V. Johnson, perteneciente al personal diplomático de la Embajada de Estados Unidos en Suecia. Poco después se reunieron en el Pentágono Truman, Leahy, Marshall, King, Hull y el coronel Richard Park, y a las 14,10 se oyó decir a Churchilclass="underline"
– ¿Es usted, señor presidente?
– Habla el presidente, señor primer ministro -contestó Truman.
– Cuánto me alegra oírle.
– Muy agradecido. También me alegra escucharle a usted.
– He llamado varias veces a Franklin, pero… ¿Ha recibido el informe de su Embajada en Estocolmo?
Churchill añadió que él a su vez tenía en su poder una detallada relación de sir Víctor Maller, embajador británico en Suecia, e imaginaba que Truman habría recibido otro similar de Johnson. Truman supuso que se refería al informe de Winat, sin saber que Grew salía en esos momentos del Departamento de Estado con un mensaje cifrado del embajador Johnson. Por consiguiente contestó:
– Sí, lo he recibido.
– ¿Acerca de esa propuesta?
– Sí. Tengo un breve telegrama (el de Winat) en el que se menciona tal propuesta.
– Claro, claro -replicó Churchill, creyendo siempre que Truman se refería al mensaje de Johnson-. Nos ha parecido muy conveniente.
– ¿Y qué piensa rendir (Himmler)?
Desconcertado ante la aparente falta de comprensión de Truman, Churchill dijo que se hablaba de Italia y Yugoslavia, así como del frente Occidental.
– …Pero él (Himmler) no habló de armisticio en el Frente Oriental, de modo que hemos pensado que será necesario hablar con Stalin. Eso quiere decir, desde luego, que a nuestro entender la rendición debe ser simultánea.
Si Churchill se mostraba un tanto impreciso, Truman no lo fue en absoluto.
– Considero que debe obligársele a que se rinda a los Gobiernos: Rusia, ustedes, y Estados Unidos. Creo que ni debe pensarse en un armisticio parcial.
– Claro, desde luego -contestó Churchill, rápidamente-. Nada de armisticios parciales, para un hombre como Himmler. Este puede hablar por el Estado alemán como pocos pueden hacerlo. Por consiguiente, creemos que sus negociaciones deben llevarse a cabo con los tres Gobiernos.
– Eso es. Así es justamente como yo pienso.
Por fin Truman comprendió que ambos se estaban refiriendo a dos mensajes distintos y dijo: