– Aun no he recibido el telegrama de Estocolmo. El informe que usted me da ahora es el único que tengo hasta el momento sobre el asunto, a excepción de haberme dicho que su conversación iba a referirse a un mensaje que había recibido usted de Estocolmo.
– Comprendo -replicó Churchill, y leyó el telegrama que le habían enviado desde la capital de Suecia, diciendo que era su obligación hablar a Stalin acerca de la oferta que les hacia Himmler.
– Eso creo yo también -contestó Truman-. ¿Ha notificado ya a Stalin?
– Quise detener el asunto un par de horas, en espera de obtener una respuesta al telegrama que yo le envié.
Dicho telegrama aún estaba en curso de expedición,, pero Grew ya se estaba aproximando al Pentágono con el mensaje de Johnson.
– Pero hace unos momentos despaché el telegrama de Stalin. Decía así…
Truman no se preocupó por el hecho de que Churchill hubiese actuado por cuenta propia, y le interrumpió diciendo: -Está bien, usted informa a Stalin y yo le hago saber inmediatamente acerca de esta conversación que ambos hemos sostenido.
– Muy bien. Esto es lo que le digo a Stalin: «El telegrama que sigue lo he recibido del embajador de Suecia. El presidente de Estados Unidos también está al corriente.» Supongo que habrá recibido el suyo ¿verdad?
– No, aún no me ha llegado -contestó Truman.
Churchill prosiguió citando el mensaje enviado a Stalin:
– «Por lo que al Gobierno de Su Majestad se refiere, no hay inconveniente en formalizar una rendición incondicional simultánea ante las Tres Grandes Potencias.»
– Estoy plenamente de acuerdo con eso.
– …«Considerando que debe hacerse saber a Himmler que las fuerzas alemanas, bien individualmente o por unidades, deben rendirse a las tropas aliadas o a sus representantes, en el lugar que se encuentren. Hasta que esto ocurra, el ataque de los Aliados en los frentes donde continúe la resistencia proseguirá con el mayor vigor.» Lo envié hace algunos minutos -prosiguió diciendo Churchill-. E iba a mandárselo a usted con mi telegrama. He reunido al Gabinete de Guerra, y han aprobado el mensaje que le acabo de leer.
– También yo lo apruebo.
– ¿El que le mandé a Stalin?
– En efecto. Y yo voy a enviar otro a Stalin, inmediatamente por el mismo tenor.
– Muchas gracias. Es justamente lo que yo deseaba -replicó Churchill.
Sin embargo, uno al menos de los que se hallaban escuchando junto al presidente americano, el general Hull, sintió sus dudas sobre la veracidad de lo que decía el primer ministro. A su entender, Churchill estaba tratando de sondear a Truman acerca de un posible trato con Himmler a espaldas de los rusos.
– Estoy muy satisfecho -añadió Churchill-. Tengo la seguridad de que continuaremos de acuerdo, y espero que Stalin nos conteste en seguida diciendo: «También estoy de acuerdo.» En tal caso, podremos autorizar a nuestros representantes en Estocolmo, para que informen a Bernadotte del resultado obtenido. Porque nada puede hacerse hasta que no hayamos llegado los tres a un entendimiento.
– Perfectamente.
– De nuevo, muy agradecido.
– Gracias a usted -contestó el presidente.
– ¿Recuerda esos discursos que pensamos hacer sobre la reunión en Europa?
Truman se mostró algo desconcertado.
– Creo que no comprendo sus últimas palabras, señor primer ministro -declaró.
– Me refiero al discurso, a las declaraciones escritas. Pues bien, pienso que debemos dejarlo todo hasta que se lleve a cabo la reunión.
– Sí, creo que tiene razón en eso -replicó Truman, comprendiendo al fin-. Me parece bien… Espero poder verle dentro de poco.
– Estoy planeando lo mismo. Le enviaré algunos telegramas al respecto bastante pronto. Estoy plenamente de acuerdo con su actuación en el asunto polaco. Creo que avanzamos los dos por el mismo camino.
– Deseo continuar de igual modo -aseguró Truman.
– En realidad, estoy siguiendo sus pasos, y le respaldaré en todo lo que haga en este sentido.
– Muchas gracias. Buenas noches.
A las ocho de la noche, el presidente de Estados Unidos comenzó su alocución radiada a los delegados que asistían a la sesión de apertura de la Conferencia de las Naciones Unidas, que se celebraba en San Francisco.
Aseguró que nunca había sido tan necesaria una reunión, como lo era aquélla, y añadió:
– Ustedes, los miembros de esta conferencia, van a ser los arquitectos de un mundo mejor. En sus manos descansa el futuro, y por la labor que desarrollen en esta conferencia, sabremos si la doliente Humanidad va a conseguir una paz duradera y justa…»Esta conferencia dedicará sus energías únicamente al problema de establecer la organización que sirva para mantener la paz. Son ustedes los que deben escribir su carta fundamental.
»La esencia de nuestro problema consiste en suministrar un instrumento apropiado para allanar las disputas que surjan entre las naciones.
»Debemos construir un mundo nuevo, un mundo mucho mejor, en el que se respete la dignidad del hombre…»
Dos días más tarde, los Tres Grandes anunciaron simultáneamente que los ejércitos norteamericano y ruso se habían encontrado en el frente, y el mundo se vio pronto inundado con los detalles del encuentro del teniente Robertson en Torgau. Cuando él y los tres soldados que le acompañaron en la ocasión, se presentaron ante Eisenhower con la rústica bandera que habían agitado ante los rusos, el comandante supremo de Europa, en la creencia de que eran ellos los que habían establecido el primer contacto con los soviéticos, ascendió inmediatamente un grado a los cuatro.
CUARTA PARTE. Victoria sin alas
Capítulo primero. «Buena caza»
1
Con la reunión de las fuerzas americanas y rusas, el Reich quedé dividido en dos partes. La parte sur, bajo el mando del feldmarschall Kesselring, comprendía el sudeste de Alemania, media Checoslovaquia, la mayor parte de Austria, el extremo occidental de Yugoslavia y el norte de Italia. El Frente Oriental de Kesselring resistía admirablemente desde Dresde hasta el mar Adriático, pero el sector occidental estaba a punto de derrumbarse.
La mitad norte de Alemania estaba aún en situación más precaria. Hitler la había colocado bajo el mando del comandante en jefe de la Armada, grossadmiral Karl Doenitz. También comprendía una extensa zona: Noruega, Dinamarca, la mitad de Prusia y cierto número de Festungen en el Este. El mismo Berlín estaba a punto de convertirse en el último festung, ya que Konev y Zhukov no tardarían en rodear por completo a la antigua capital prusiana.
A las dos y media de la mañana del 26 de abril, Von Keitel envió el siguiente telegrama a Doenitz, el cual se hallaba en su cuartel general de Ploen, a unos ochenta kilómetros de Hamburgo:
«La batalla de Berlín debe convertirse en una lucha por los destinos de Alemania… Tiene usted que apoyar esta batalla… Tal apoyo deberá efectuarse por transporte aéreo sobre la misma ciudad, y por tierra y agua a los frentes cercanos a Berlín…»
Media hora más tarde Von Keitel envió a Schoerner, cuyas tropas estaban justamente al sur de donde los rusos y los americanos se habían reunido, el siguiente mensaje:
«El Grupo de Ejército Centro, tras haber afianzado su situación, deberá atacar hacia el Norte, entre Bautzen y Dresde, con el fin de ayudar a Berlín…»
Lo que Von Keitel pedía a ambos hombres era algo imposible, pero al amanecer se extendió por toda la ciudad el rumor de que Berlín no tardaría en quedar liberada, y hasta el práctico general Weidling escribió en su diario: «¡Es el día de la esperanza!»