Выбрать главу

Una y otra vez Krebs llamó a Weidling, siempre para darle «buenas noticias»: el ejército de Wenck estaba atacando para rescatar a Hitler; tres batallones fuertes y bien armados «acababan de llegar»; o bien Doenitz estaba enviando por avión los mejores efectivos desde los centros de instrucción de submarinos hasta la capital.

Pero el optimismo de Weidling se desvaneció cuando comenzó su ronda diaria de inspección. En la gran torre de control antiaéreo situada cerca del parque zoológico, el oberst (coronel) Hans-Oscar Woehlerman, el nuevo comandante de artillería de Berlín, dijo a Weidling que sólo podía comunicarse con sus secciones por el teléfono civil. Las paredes del despacho de Woehlerman estaban cubiertas con mapas detallados que indicaban el radio de acción y el máximo alcance de la artillería, pero resultaban inservibles porque el coronel no disponía de red de comunicaciones. Woehlerman dijo que le faltaba personal capacitado, y que el suministro de municiones comenzaba a flaquear. Raro era el día en que se entregaba por aire más de una granada por cañón.

Weidling halló un estado de ánimo semejante en casi todos los puestos de mando de la ciudad, y regresó a su propio cuartel general después de anochecer, exhausto y profundamente disgustado. Por unos prisioneros recientemente capturados se enteró de que le estaban atacando dos o tres ejércitos soviéticos de tanques, y al menos otros dos ejércitos de infantería. Llamó por teléfono a Krebs y le dijo que el enemigo acababa de efectuar profundas penetraciones en la ciudad por el este, el sudeste y el oeste. Ni siquiera esto logró desanimar a Krebs, quien pronosticó que Wenck rompería el frente en unas pocas horas. Cuando anocheció, Weidling salió a dar otra vuelta por Berlín. La Potsdamerplatz y la Leipzigstrasse se hallaban bajo tal fuego de artillería pesada que el polvo de los ladrillos pulverizados se levantaba en el aire como una pesada niebla. Las calles, sembradas de escombros y de enormes cráteres, estaban desiertas. El avance en automóvil se hacía tan difícil que el general salió del vehículo y echó a andar. Al aumentar la intensidad del fuego enemigo, Weidling descendió al U-bahn (el ferrocarril metropolitano) y avanzó por las vías hasta la siguiente estación, que estaba atestada de atemorizados civiles.

Con miedo o sin él, los berlineses aún tenían esperanzas. ¡Wenck iba a rescatarles! Su excitación se elevó manifiestamente cuando la radio fue dando una serie de noticias que evidenciaban su lento aunque constante avance.

Pero lo cierto era que sólo un Cuerpo, el XX, estaba atacando en dirección a la capital, y su limitada misión consistía en llegar a Potsdam para proporcionar a la guarnición de Berlín un pasillo por donde pudieran retirarse. El grueso de los efectivos de Wenck aún seguía atacando hacia el este, para salvar a las tropas de Busse.

– Una vez que hayamos hecho eso -dijo Wenck al coronel Reichhelm, su jefe de Estado Mayor-, retrocederemos hacia el Elba y volveremos nuestros ejércitos contra los norteamericanos. Esa será nuestra última misión.

Los ataques aéreos de los aviones norteamericanos e ingleses se habían interrumpido de improviso, y Wenck sintió interiormente la esperanza de que aquello significase que el Occidente estaba a punto de unirse a ellos en un ataque contra los bolcheviques.

Cerca de cincuenta kilómetros al este de Wenck, el Noveno Ejército de Busse, rodeado por el enemigo, avanzaba hacia el oeste lenta y trabajosamente, y sus exhaustos integrantes sólo se sentían espoleados por la responsabilidad que para ellos entrañaban los miles de fugitivos civiles que se amparaban en su centro, y por la esperanza de poder encontrarse pronto con Wenck.

Busse tampoco prestó atención alguna al despacho del Alto Mando, que le ordenaba unirse a Wenck en el ataque hacia Berlín. En esos momentos sus tropas constituían una enorme «bolsa» ambulante, y sería un verdadero milagro si llegaban siquiera a entrar en contacto con el ejército de Wenck. Por fortuna, Busse conocía bien el terreno boscoso del sur de Berlín, desde la época de su instrucción militar, y diestramente guió sus tropas a través de la espesura, al amparo de los bombardeos y los tanques enemigos.

Dentro de la «bolsa ambulante» de Busse se desplazaba una comunidad completa, integrada por hombres, mujeres, niños, caballos, carros, camiones, y enseres y provisiones de todas clases. Por raro que pueda parecer, no había pánico. Los civiles sabían que estaban rodeados, pero al menos se hallaban vivos; el tiempo era benigno, disponían de alimentos y tenían plena confianza en los militares que los defendían.

Entre los integrantes del grupo de Busse se hallaban los supervivientes de Francfort del Oder. Cuatro días antes, Biehler, que había sido ascendido recientemente a general, logró atravesar los efectivos soviéticos que le rodeaban, y treinta mil soldados heridos y civiles del Festung pudieron unirse al grueso del Noveno Ejército.

Durante dos días el general Von Greim estuvo tratando de llegar a la asediada Berlín para informar a Hitler. Por fin, a las seis de la tarde se sentó ante los mandos de un «Fiesler-Storch», y comenzó a recorrer la pista, maltratada por las bombas, del aeropuerto de Gatow. En el asiento trasero iba Hanna Reitsch, la conocida piloto de pruebas, que era tan partidaria del Nacional Socialismo como Greim. El pequeño aparato despegó al fin de la pista, y rozando casi la copa de los árboles, puso proa a la Cancillería, situada a unos veinticuatro kilómetros de distancia. Por encima, el cielo se veía cubierto de nubecillas producidas por los proyectiles antiaéreos al estallar. De pronto apareció un orificio en el suelo de la cabina, y Greim se desplomó sobre los mandos. Cuando el avión perdía altura, al quedar sin control, Hanna se echó por encima de Greim y se apoderó de los mandos. Consiguió a duras penas enderezar el «Storch», y aterrizó poco después en la gran avenida que corre a través de la Puerta de Brandeburgo. Detuvo un coche y ayudó a entrar en él a Greim, que sólo se hallaba herido.

La primera persona que saludó a Hanna al llegar al bunker fue una antigua amiga, Magda Goebbels, que le expresó su asombro y admiración porque alguien tuviera aún el valor y la fidelidad suficientes como para acudir junto al Führer, cuando todos desertaban de su lado.

Hanna se dirigió al dispensario, donde el propio médico de Hitler estaba atendiendo a Greim, cuyo pie izquierdo había recibido una profunda herida. Poco después se presentó el Führer, con un gesto de profunda gratitud pintado en el rostro.

– ¿Sabe por qué le he llamado?-preguntó a Greim.

– No, mi Führer.

– Porque Hermann Goering ha desertado; me ha traicionado y a nuestra patria. A mis espaldas ha establecido contacto con el enemigo, lo que demuestra lo solapado que es.

Hitler tenía las manos temblorosas y la cabeza algo ladeada. Mostró a Greim el telegrama de Goering, y afirmó:

– ¡Es un ultimátum, un ultimátum declarado! Mire por todo lo que tengo que pasar: no se respetan las promesas, ni el honor tiene valor alguno; no existe decepción ni traición que yo no haya tenido que sufrir, y por último, este golpe.

El Führer dejó de hablar, visiblemente abrumado. Miró a Greim con los ojos entrecerrados, y dijo en voz muy baja:

– En este momento le declaro sucesor de Goering, como Oberbefehlshaber de la Luftwaffe. En nombre del pueblo alemán, le estrecho la mano.

Tanto Greim como Hanna le rogaron que les permitiese quedarse en el bunker para compensar la deserción de Goering. Conmovido, Hitler les dijo que podían quedarse. Su decisión, manifestó el Führer, quedaría impresa en la historia de la Luftwaffe.

A últimas horas de la noche, Hitler mandó llamar a Hanna a sus habitaciones.

– Hanna -le dijo con voz casi inaudible-, usted figura entre los que van a morir conmigo. Cada uno de nosotros dispone de una ampolla como ésta.