Entregó entonces el Führer un par de ampollas a Hanna, una para ella y otra para Greim, y añadió:
– No quiero que ninguno de nosotros sea capturado por los rusos, ni que encuentren nuestros cuerpos. Cada uno debe ordenar lo oportuno de modo que su cuerpo quede irreconocible. Eva y yo vamos a hacer que nos quemen. Usted puede disponer el procedimiento que mejor le parezca.
Hanna prorrumpió en lágrimas, y dijo con voz suplicante:
– ¡Póngase a salvo, mi Führer, eso es lo que desean todos los alemanes!
Hitler movió negativamente la cabeza, y contestó:
– Como soldado, debo obedecer mi propio mando, defendiendo a Berlín hasta el fin.
Luego comenzó a pasear por la habitación, con paso vacilante y con las manos unidas a la espalda.
– Quedándome aquí -añadió- creí dar un ejemplo a las tropas de la patria, y pensé que acudirían al rescate de la ciudad. Pero, Hanna, aún tengo una esperanza -dijo volviéndose hacia ella, con el rostro sonriente-. El ejército de Wenck está avanzando desde el sur. Tiene que rechazar a los rusos lo suficiente para salvar a nuestro pueblo. ¡Luego iniciaremos la resistencia!
2
Al amanecer del día siguiente, 27 de abril, Berlín se hallaba totalmente rodeada, y los dos últimos aeropuertos -Gatow y Tempelhof- cayeron en poder de los soviéticos. Pero un aleteo de optimismo se esparció por todo el bunker cuando llegó un radiograma de Wenck anunciando que su XX Cuerpo había alcanzado Ferch, pocos kilómetros al sur de Potsdam.
Goebbels hizo proclamar inmediatamente por radio que Wenck había llegado al mismo Potsdam, y que pronto se hallaría en Berlín. Si Wenck lograba entrar en Berlín, ¿por qué no había de hacerlo Busse?
– La situación ha cambiado decisivamente a nuestro favor -se dijo a los berlineses-. Los americanos marchan hacia Berlín. El gran cambio de la guerra se aproxima. Hay que sostener a Berlín hasta que llegue el ejército de Wenck, sin que importe el precio.
El comunicado diario del Ejército, que también fue difundido por radio, divulgaba más detalles:
«El Cuartel General Supremo del Ejército anuncia:»En esta heroica batalla de Berlín, la lucha por la vida contra el bolchevismo se muestra, una vez más, abiertamente ante los ojos del mundo. Mientras la capital se defiende en una forma nunca antes conocida en la historia, nuestros tropas en el río Elba han cambiado la dirección del ataque y acuden en ayuda de los defensores de Berlín. Estas Divisiones procedentes del oeste hacen retroceder al enemigo con fuertes ataques, a lo largo de un extenso frente, y han llegado hasta Ferch.»
Wenck no podía creer que su situación fuese revelada de manera tan torpe.
– ¡Mañana no podremos dar un solo paso hacia delante! -manifestó a su jefe de Estado Mayor. Los rusos habían escuchado sin duda la misma emisión, y concentrarían sus efectivos sobre Ferch. Wenck dijo que aquello era casi una traición.
Después de la conferencia del mediodía, Hitler colgó una medalla del pecho de un muchacho de corta estatura que había volado un tanque soviético. El chico se volvió en silencio y se encaminó al pasillo, donde se acurrucó en el suelo, para quedarse dormido al momento. Los dos ayudantes de Krebs, Freytag von Loringhoven y Boldt, se sintieron tan impresionados por la escena, que comenzaron a lamentarse de lo insostenible de la situación. Bormann se les acercó y les colocó los brazos familiarmente alrededor de los hombros. Les dijo que aún quedaba alguna esperanza: Wenck estaba en camino y no tardaría en liberar a Berlín.
– Ustedes, que se han quedado aquí y han tenido fe en nuestro Führer, aún en las horas más oscuras -añadió Bormann-, serán investidos con la más alta jerarquía del Reich, cuando esta lucha termine victoriosamente, y recibirán grandes propiedades como recompensa a su fidelidad.
Los dos hombres miraron con gesto de incredulidad a Bormann, pues «jamás habían escuchado algo semejante». Como militares, siempre habían sido tratados con el mayor recelo por parte de Bormann y su gente.
Hanna Reitsch pasó la mayor parte del día en las habitaciones de Goebbels. Este parecía incapaz de olvidarse de la traición cometida por Goering.
– Ese bastardo siempre se hizo pasar por el más fiel partidario del Führer, y ahora no tiene valor de permanecer junto a él -manifestó Goebbels.
Le llamó luego incompetente, y afirmó que había destruido la patria con su estupidez, y que ahora pretendía mandar a la nación.
– Con esto, sólo demuestra que nunca ha sido uno de los nuestros, sino que su espíritu siempre fue débil y que era un traidor -agregó, al tiempo que se situaba detrás de una silla, y proclamaba desde allí, como si estuviera dirigiéndose a las multitudes, que los que se encontraban en el bunker estaban haciendo historia, y morían por la gloria del Reich, a fin de que el nombre de Alemania pudiese perdurar eternamente.
Hanna pensó que Goebbels se mostraba excesivamente teatral; en cuanto a su esposa, su actitud resultaba admirable. En presencia de los niños, siempre se mostraba alegre y animosa, y cuando creía que iba a perder el control de sí misma, abandonaba la habitación donde ellos estaban.
– Mi querida Hanna -le dijo-. Tienes que ayudarme a quitar la vida a los niños. Pertenecen al Tercer Reich y al Führer, y si estos dos dejan de existir, para ellos no habrá lugar en el mundo. Tienes que ayudarme. Mi mayor temor es que en el último momento me sienta demasiado débil.
Hanna contó a los niños los sucesos que le habían ocurrido como aviadora, y les enseñó canciones que luego ellos cantaban a «su tío, el Führer». Este les aseguraba que los rusos pronto serían vencidos, y que dentro de poco podrían volver a jugar en el jardín.
También hablaba Hanna con Eva Braun, a la que consideraba como una mujer superficial, que pasaba la mayor parte de su tiempo arreglándose las uñas, cambiándose de vestido y peinándose.
– Pobre Adolfo -decía Eva, una y otra vez-. Abandonado por todo el mundo, traicionado por todos. Es mejor que muriesen diez mil personas, antes de que él se perdiese para Alemania.
La conversación telefónica entre Churchill y Truman fue estrictamente secreta, pero algunos detalles se filtraron, y los periódicos anunciaron que «un grupo de altos dirigentes nazis, actuando a espaldas de Hitler, pero con el apoyo del Alto Mando Militar, ofrecían rendirse a Occidente».
El nombre de Himmler no se mencionó, y la fuente del informe tampoco fue revelada.
Por la noche, Weidling trató de hacer comprender a Hitler que Berlín se hallaba totalmente rodeada, y que el círculo defensivo se reducía rápidamente. Comenzó a hablar del sufrimiento de los civiles, pero Krebs le interrumpió iniciando su propio informe. El ayudante de Goebbels, doctor Naumann, fue llamado al teléfono e informó de la pretendida rendición al Occidente. Luego volvió al salón de conferencias y susurró algo a Hitler, el cual intercambió algunas palabras, rápidas y en voz baja, con Goebbels.
Retiróse Weidling, y en la antesala encontró a Bormann, Burgdorf, Axmann y Hewel, así como a los ayudantes militares del Führer y a dos secretarias, que charlaban despreocupadamente. Decepcionado por la conversación que había sostenido en la sala de conferencias, Weidling contó al grupo que estaba en la antesala todo lo que Krebs y Hitler se habían negado a oír. Dijo que la única esperanza que aún les quedaba era abandonar Berlín antes de que fuese demasiado tarde. Para romper el cerco, lo único que podía hacerse era llevar a cabo un ataque simultáneo desde el exterior, y la proximidad de Wenck en Postdam obligaba a efectuarlo dentro de las siguientes cuarenta y ocho horas. Todos se mostraron de acuerdo, incluso Bormann.
Esto animó a Weilding, que repitió su sugerencia a Krebs, en cuanto éste salió de la sala de conferencias. También él pareció comprender, y dijo que presentaría el plan al Führer en la noche siguiente.