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A unos ochenta y cinco kilómetros de distancia, en el cuartel general de Wenck, un operador de radio estaba en esos momentos enviando el siguiente mensaje para Weidling: «El contraataque del 12.° Ejército se ha detenido al sur de Potsdam. Las tropas están dedicadas a una fuerte lucha defensiva. Sugiero que ataque hacia nosotros, Wenck.»

El operador esperó para que le confirmasen la recepción del mensaje, pero no se produjo respuesta alguna.

En el cuartel general que Doenitz tenía instalado en el norte de Alemania, el conde Schewerin von Krosigk escribió una larga nota en su diario, la cual en realidad era la nota necrológica del Nacional Socialismo. Su punto de vista era privado, desde luego, pero reflejaba las conclusiones de innumerables alemanes que anhelaban una solución para aquella guerra, que ya estaba perdida. La nota decía así:

«Es una lástima que un hombre con el talento, la autoridad y la popularidad de Goering no haya utilizado todas esas cualidades durante la guerra, en lugar de desdeñar muchos asuntos para dejarse dominar por su pasión hacia la caza y el coleccionismo… Entretanto, descansaba sobre los laureles que había conquistado su Luftwaffe, en los primeros años de la guerra. Sólo él fue el responsable de la incapacidad de suministrar aviones de caza a tiempo para proteger al Reich del terror aéreo. Puesto que perdimos la guerra militarmente, como resultado del fracaso de la Luftwaffe, Goering debe ser considerado como el responsable del desastre que se ha abatido sobre el pueblo alemán. La responsabilidad principal en el campo político pertenece a Ribbentrop. Fue él quien con su engreimiento y falta de moderación, nos enajenó la voluntad de las potencias naturales…

»Entre los responsables de otros fracasos hay hombres como Erick Koch. Su falsa y criminal política en el Este, nos hizo aparecer como opresores, en lugar de libertadores. Como resultado de ello, los naturales de Ucrania y de otras partes de Rusia se negaron a colaborar y a luchar con nosotros. En lugar de eso se convirtieron en guerrilleros y lucharon fanáticamente contra nosotros. Por fin, individuos como Bormann, al que yo considero como el espíritu maligno del Führer, como la «eminencia gris»… Bormann dio al Partido excesiva preeminencia. El Partido fue autorizado a organizar las Volkssturm con los resultados que todos conocen. Las rivalidades dentro del seno del Partido se exacerbaron por el deseo de alcanzar el poder, y las divergencias políticas entre sus miembros, a veces de carácter dudoso, crecieron sin límites… Así pues, al fin, gran parte de la valiente y leal población alemana acogió a los ejércitos invasores occidentales como libertadores, no sólo del terror de los bombardeos, sino de otros terrores…»

3

Munich, cuna del Nacional Socialismo, era la ciudad más importante que quedaba en el sur de Alemania. Al anochecer del 27 de abril, la ciudad se enfrentaba con dos amenazas: una era interior, y la otra exterior. El Séptimo Ejército de general Patch se aproximaba rápidamente, en tanto que en el puesto de mando del Distrito VII, un reducido grupo de soldados alemanes se preparaba para apoderarse de Munich a fin de rendirla a los Aliados.

El jefe de estos militares era el capitán Ruprecht Gerngross, comandante de una compañía de intérpretes, que había regresado en 1941 del frente ruso, herido por segunda vez. Fue nombrado jefe de un grupo de 280 intérpretes de la zona de Munich, y desde entonces se había dedicado a organizar, con toda cautela, un grupo de resistencia.

Gerngross era un hombre alto, de fuerte complexión, pero culto y de modales afables, combinación ésta que resultaba singular para un revolucionario. Había nacido en Shanghai, si bien su familia se trasladó a Munich cuando él tenía diez años de edad. Estudió Leyes en la Universidad de Munich; luego asistió a la Escuela de Economía de Londres, estudiando con el profesor Harold J. Laski, y recibió su doctorado en 1939.

Empleando a sus 280 intérpretes como núcleo de una unidad clandestina, que en 1944 recibió el nombre de «Acción Libertadora de Baviera», Gerngross buscó prosélitos entre los intelectuales y los profesionales. Sostuvo entrevistas regulares en su propio domicilio, y con la ayuda de dos colaboradores, Leo Heuwing y Otto Heinz Leiling -como él, jóvenes oficiales heridos en Rusia-, estableció contacto con otros círculos semejantes de Munich, entre cuyos integrantes se contaban abogados, profesores, jueces, funcionarios municipales, médicos y dentistas.

Además de su propia compañía de intérpretes, Gerngross controlaba unas cuantas unidades militares más, así como trabajadores de las fábricas Agfa, Steinheil y Kustermann, pero se dio cuenta de que iba a resaltar difícil apoderarse de la ciudad, ya que había que capturar primero al gauleiter de Munich, así como al jefe del Estado Mayor de Kesselring y al general Franz Ritter von Epp, jefe ejecutivo del Reich en Baviera. Por otra parte, había que tomar también las estaciones de radio y los principales periódicos.

Era un plan complicado, pero Gerngross estaba convencido de que podría salir bien si se contaba con la colaboración del general americano Patch. Ya se habían enviado dos mensajeros a Patch con el fin de informarle del alzamiento proyectado, y para pedirle el cese de todas las incursiones aéreas sobre Munich, a fin de que se pudieran hacer con mayor facilidad los preparativos para la rebelión. Las incursiones aéreas cesaron, con lo que Gerngross se dio cuenta de que Patch estaba al corriente de su plan, y supo que entraría en Munich en cuanto la Acción Libertadora de Baviera se apoderase de la población, declarándola ciudad abierta.

En la noche del 27 de abril, Gerngross permanecía sentado en el dormitorio de su cuartel, hondamente abstraído en sus pensamientos, en tanto que un empleado escribía a máquina las últimas órdenes. Ya se había dado la noticia a todos los sectores relacionados, de que la operación militar «Buena caza» daría comienzo a las dos de la madrugada del día siguiente.

Durante mucho tiempo Gerngross y su familia vivieron en el constante temor de ser descubiertos. En esos momentos, la esposa de Gerngross, que se hallaba encinta, y su hijito, se ocultaban en una choza de la montaña. El mismo Gerngross había tomado precauciones especiales. Debajo de su cama había siempre una cuerda con la que pensaba deslizarse por la ventana, si venían a buscarle. En varias ocasiones Heuwing se sintió tentado de dar la alarma, sólo por ver al corpulento Gerngross descender haciendo equilibrios por la soga.

A las siete de la tarde se reunió la compañía de intérpretes. El sargento mayor, sonriendo ampliamente, miró dentro de la habitación de Gerngross y dijo:

– La compañía está dispuesta para defender Munich, señor. Gerngross salió e inspeccionó a sus hombres.

– Ha llegado el momento -manifestó-. Vamos a hacer algo para terminar con esta lucha insensata y con la devastación de nuestro país. Si alguien desea retirarse, puede hacerlo ahora, pero los que me sigan, deberán permanecer junto a mí hasta el fin. En este momento os libro del juramento prestado a Hitler.

La respuesta fue unánime. Hasta los pocos nazis que intencionadamente se habían mantenido en la compañía para alejar sospechas, se dejaron llevar por el entusiasmo general, y se agregaron al grupo. Unos a otros se pasaron bandas de tela blanca, que a las dos en punto se colocarían todos en el brazo izquierdo, como distintivo.

Por toda la ciudad los grupos militares de conspiradores comenzaron a colocarse en posición. El teniente Betz y un pelotón del Batallón 61 avanzaron hacia Pullach para apoderarse del general Westphal. El teniente Putz y su pelotón del Batallón 19 se encaminaron al edificio de Gobierno para detener al gauleiter Paul Giesler. Otras unidades salieron hacia Rathaus, sede de los periódicos, el Munchner Neueste Nachrichten, y el Völkischer Beobachter, órgano del partido Nacional Socialista. También había que ocupar dos emisoras de radio: Radio Munich, en el norte de la ciudad, y otra emisora situada treinta kilómetros al nordeste de Munich.