Heuwing y una veintena de soldados se trasladaron en automóviles hasta el lago Starnberg, al sur de la ciudad. Su misión consistía en destruir las comunicaciones del Alto Mando de Kempfenhausen. Poco antes de la medianoche, llegaron a una zona de estacionamiento cercana a los cuarteles. Heuwing penetró en los alojamientos, dijo estar buscando a alguien, y examinó cada estancia para comprobar la cantidad de soldados que allí se alojaban. Pero el edificio estaba casi vacío, y regresó adonde estaba su caravana para esperar a las dos de la mañana.
Ya pasada la medianoche, Gerngross y Leiling, seguidos de un pelotón que se trasladaba en camiones, se encaminaron en un «Mercedes» robado hasta el domicilio del general Von Epp. Les detuvieron ante un pequeño puesto de vigilancia, y Gerngross dijo al sargento que deseaba hablar con el comandante Carraciola, que era el ayudante de Epp, y uno de los conspiradores. Aprovechó el momento para sacar el cuchillo y cortar los cables del teléfono.
Los asombrados guardias no opusieron resistencia, al verse enfrentados con los fusiles, y algunos llegaron a ofrecerse para integrar el alzamiento. Cuando Carraciola salió, se mostró impresionado, y dijo:
– ¡Por Dios!; pero, ¿al fin lo han hecho?
Gerngross entró en la vasta mansión en compañía de Leiling. Von Epp se hallaba reunido con algunos funcionarios civiles. Carraciola hizo salir al anciano y aristocrático general al vestíbulo. En 1919 Von Epp había depuesto al Gobierno comunista establecido a la sazón en Munich, y aún era una figura popular.
– Se encuentra usted en poder de la Acción Libertadora de Baviera -dijo Gerngross.
El altivo Von Epp no pareció hallarse impresionado.
– Escúcheme -manifestó Gerngross, con impaciencia-. Tiene usted la responsabilidad de borrar su pasado pardo (nazi), haciendo algo por el pueblo bávaro. Deseamos que firme una declaración por la que rinde el sur de Baviera.
Von Epp se dirigió a su ayudante y le dijo:
– ¿Cómo puedo yo rendirme a un capitán?
Ligeramente divertido, Gerngross sugirió que fuesen a Freising, donde había un comandante llamado Braun que pertenecía a su grupo.
– ¿Y si me niego a ir?-inquirió Von Epp.
– En tal caso me limitaré a retenerle como prisionero.
Gerngross dejó a Leiling a cargo del general Von Epp, y se dirigió en coche bajo la helada llovizna hasta su puesto de mando, situado bajo un puente de ferrocarril, en el sector norte de Munich. Le dijeron que las dos emisoras habían sido tomadas intactas, y salió inmediatamente hacia Radio Munich, con el fin de pronunciar una alocución radiada. Poco antes del amanecer leyó por el micrófono una proclama preparada de antemano, donde señalaba los principales objetivos de la Acción Libertadora de Baviera, y terminaba con una vehemente exhortación a unirse al alzamiento.
Hasta aquel momento todo había transcurrido según los planes previstos. Justamente a las dos de la mañana, Heuwing entró acompañado de diez hombres en los dormitorios de Kempfenhassen, y dijo:
– ¡Levanten las manos!
Tampoco esta vez hubo resistencia, y varios de los detenidos se ofrecieron a destruir las centralitas de teléfono y de telégrafos.
Pero los primeros éxitos resultaron engañosos. A las nueve de la mañana los informes que llegaron a Gerngross indicaban que la conspiración se enfrentaba con serias dificultades. El pelotón que debía capturar al general Westphal se había encontrado con una seria resistencia por parte de una unidad de las SS, y se vio obligado a retirarse. Y cuando el pelotón del teniente Putz descendió hacia el edificio de Gobierno para secuestrar al gauleiter Giesler, se encontró con un intenso fuego de granadas, y tras una dura lucha tuvieron que retirarse sus integrantes, igualmente con las manos vacías.
Pero también llegaban algunas noticias de haberse originado extensos brotes de apoyo popular: las dotaciones del aeropuerto de Schlessheim habían destruido los aviones; una División completa ofreció entregarse, y otras tropas estaban lanzando sus armas a los ríos Amper y Glonn. Para el pueblo de Munich el levantamiento era un éxito. La bandera azul y blanca de Baviera ondeaba sobre la Marienplatz, y millares de civiles, al escuchar la emisión de Gerngross, comenzaron a manifestarse por las calles. Muchos creyeron que Hitler había muerto, y dieron la buena noticia a sus amigos. Las calles estaban llenas de gentes que gritaban: «¡La guerra ha concluido!»
A las 9'56 de la mañana, sin embargo, la emisora de radio de Alemania del Sur interrumpió su programa habitual y el locutor dijo:
– A continuación oirán el mensaje del gauleiter de München-Oberbayern.
– El gauleiter Paul Giesler se dirige a todos los alemanes en relación con las actividades de unos traidores que operan en nuestra zona: Algunos individuos despreciables que pertenecen a una compañía de intérpretes, bajo el mando de un tal capitán Gerngross, tratan de hacer creer que se han apoderado del mando en Munich. Esto es mentira, y los traidores serán castigados.
Quince minutos más tarde Gerngross volvía a emitir otra vez, en una tentativa de desautorizar a Giesler. Dijo que el general Von Epp había rendido ya toda Baviera, y pidió al pueblo que «ayudase a los nuevos dirigentes a normalizar la vida lo más rápidamente posible».
Gerngross hablaba de buena fe, pero el alzamiento había tomado un cariz desfavorable. Von Epp estuvo a punto de capitular ante el comandante Braun, pero oyó la emisión de Gerngross, afirmando que la Acción Libertadora de Baviera pretendía abolir el militarismo. Aquello era más de lo que el viejo general podía soportar, y se negó en redondo a colaborar. El comandante Braun se mostró tan desanimado que envió al «viejo tonto» de vuelta a su casa.
Al mediodía, el alzamiento, que tan auspiciosamente había comenzado, se hallaba a punto de desintegrarse. El Servicio Alemán del Sudoeste inundó los receptores con anuncios acerca de los traidores que se habían apoderado de Radio Munich.
– Los elementos criminales que se hallan bajo la llamada jefatura de un tal capitán Gerngross, se han rendido sin lucha -dijo un locutor, que presentó a Geisler, el cual relató el fallido intento para apoderarse de él.
– No tomen en serio las ridiculeces de ese Gerngross -prosiguió diciendo la emisora-. Ni una palabra de lo que dice es verdad. Yo en cambio os pido que demostréis vuestra lealtad y vuestro amor a la patria, de lo que el pueblo de Munich, en especial, ha dado tantas pruebas en los momentos más duros de la guerra… Esos deleznables truhanes que en las horas más difíciles quieren manchar el nombre de Alemania, no tardarán en ser fusilados y eliminados. El pueblo de Munich nunca se levantará contra los valerosos soldados que están luchando contra el enemigo. El pueblo de Munich recordará siempre a sus muertos, y nunca abandonará su lealtad hacia Alemania y hacia Adolf Hitler. Confiamos en esa lealtad y en ese amor. ¡Viva Alemania! ¡Viva el Führer! Heil!
Giesler recuperaba rápidamente el control sobre la ciudad. Diecisiete prominentes miembros de la Acción Libertadora de Baviera, así como varios familiares de Gerngross, se hallaban encarcelados, y a las dos de la tarde, el mismo Gerngross admitió que toda resistencia resultaba inútil. Hizo correr la voz de que la rebelión había fracasado, y que cada hombre debía valerse por sí mismo. Gerngross, junto con tres de sus ayudantes, huyó de la ciudad en un automóvil que llevaba la matrícula de las SS.
El levantamiento había terminado, pero la inquietud creada por la Acción Libertadora de Baviera no se había disipado. Los cuarteles del Ejército eran escenario de desórdenes que se aproximaban al amotinamiento. Resultaba casi imposible conseguir el apoyo de alguien, como no fuera de los Nacional Socialistas más acérrimos. La situación era tan caótica que algunas unidades del frente de batalla tuvieron que ser retiradas. A medianoche, el propio Geisler se vio forzado a abandonar su propio cuartel general. Las carreteras que conducían al Sur y al Este se hallaban atestadas de tropas y de funcionarios que procuraban escapar de las tres Divisiones de Infantería de Estados Unidos, la 3.ª, la 42.ª y la 45.ª, que convergían sobre la ciudad.