Por fin, Dulles cedió. Dijo que enviaría un telegrama a Alexander, quien, a su vez, solicitaría a los jefes conjuntos que reanudasen los contactos con Wolff.
Waibel no estaba seguro que poder tener a sus tres huéspedes en su casa hasta que se recibiera la respuesta. A la mañana siguiente, todos se hallaban extremadamente impacientes. Wolff dijo que no podía permanecer lejos de su puesto de mando durante mucho tiempo, a causa de un cambio repentino en la situación militar. Durante varios meses hubo escaso movimiento en la Línea Gótica, la cual corría desde el mar de Liguria hasta el Adriático, un poco al sur de Bolonia, y estaba defendida por veinticinco divisiones alemanas y cinco italianas. Pero el teniente general Mark Clark acababa de lanzar su 15.° Grupo de Ejército en un ataque de grandes proporciones. Ya había irrumpido a través de las defensas germanofascistas, para tomar Bolonia y cruzar el río Po. Después de eso, las tropas de Clark se extenderían sin trabas por las llanuras del valle del Po.
Para empeorar las cosas, Wolff recibió un telegrama de Himmler enviado con tal apremio que le fue trasmitido a Wolff telefónicamente a la casa de Waibel. Decía así:
«Es imprescindible que el frente italiano continúe intacto. No deben celebrarse negociaciones de ninguna clase.»
No obstante, Wolff dijo a Waibel que aún tenía intenciones de seguir adelante con la Operación Amanecer. Pero conforme transcurría el día iban siendo menores las esperanzas de recibir noticias del cuartel general de los Aliados en el sur de Italia. La situación de Wolff era aún más precaria de lo que él imaginaba. También había estado negociando la rendición alemana con el Comité Nacional de Liberación, pero estas conversaciones sólo eran una cortina de humo destinada a mantener quietos a los partisanos mientras se realizaba la Operación Amanecer.
El día en que Wolff entró en Suiza con los dos emisarios, el cardenal Schuster advirtió al coronel Dollmann que todos los contactos con los partisanos quedarían rotos a menos que el mismo Wolff se presentase en seguida en Milán. Dollmann llamó por teléfono a Wolff acerca de este nuevo problema. Le dijeron que diese largas al asunto y que manifestase al cardenal que Wolff aceptaba los términos de los partisanos, y que se encaminaría a Milán «en cuanto pudiese».
El cardenal Schuster contestó a Dollmann diciéndole que había concertado una entrevista con los partisanos para el 25 de abril, es decir, tres días después, en el palacio arzobispal de Milán, y que era indispensable que Wolff estuviese presente. También pidió el cardenal que asistiera Mussolini a la entrevista, pero éste aún no estaba decidido sobre el partido que debía tomar. Le habían sugerido media docena de maneras de huir, pero no mostraba entusiasmo por ninguna de ellas, ni siquiera por la oferta de trasladarse, junto con Claretta Petacci, a España.
En la mañana de la entrevista en el palacio arzobispal, el mariscal Graziani trató de obtener el permiso de Mussolini para retirar las tropas italianas que se debatían ante el ataque de Clark, llevándolas a nuevas posiciones en el Norte, pero el Duce se negó a discutir el asunto. Dijo que tenía una cita con el cardenal Schuster a las seis, y que iba a «evitar al Ejército más sacrificios», rindiéndose al Comité Nacional de Liberación.
Poco después del mediodía, una serie de fuertes toques de sirena de las fábricas anunciaron la iniciación de una huelga general, y los partisanos comenzaron a patrullar abiertamente las calles cuando Mussolini salía del cuartel general de la Prefectura, para entrar en un antiguo automóvil que lo llevaría al palacio arzobispal. El Duce ni siquiera se molestó en decir a su escolta personal, el SS obersturmführer (teniente) Fritz Birzer, que se marchara. En el último momento, Birzer corrió a través del patio y entró rápidamente en el automóvil. Cuando éste partió, Birzer iba incómodamente sentado, casi sobre las rodillas del Duce.
Al entrar Mussolini en la sala de recepciones del palacio arzobispal, el cardenal Schuster vio «a un hombre abrumado por una catástrofe tremenda». El cardenal trató de alegrarle un poco el ánimo, pero no tuvo éxito. Manifestó Schuster que Mussolini debía evitar a Italia una destrucción innecesaria rindiéndose cuanto antes, pero Mussolini declaró que lucharía hasta el fin en la Valtellina, con tres mil Camisas Negras.
– Duce, no se haga ilusiones -contestó el cardenal.
Y le dijo que la cifra de Camisas Negras más se aproximaría a los trescientos que a los tres mil.
– Tal vez sean más -afirmó Mussolini, sonriendo-. Pero no muchos. No me hago ilusiones.
Cuando el cardenal le recordó la caída de Napoleón, los inexpresivos ojos de Mussolini parecieron cobrar vida momentáneamente.
– Mi imperio de cien días está también a punto de expirar -manifestó-. Debo enfrentarme resignadamente con mi destino, como Bonaparte.
A continuación se hizo entrar en la habitación a los tres delegados de los partisanos: el general Raffaele Cadorna, representante militar del Comité Nacional de Liberación; Achille Marazza, abogado, cristiano demócrata, y Riccardo Lombardi, ingeniero perteneciente al Partido d'Aziene. Los recién llegados besaron el anillo del cardenal y fueron presentados a Mussolini, el cual sonrió y se dirigió hacia ellos con la mano extendida. Los delegados se la estrecharon con aspecto de no sentirse muy satisfechos.
La atmósfera se enrareció aún más cuando entró el mariscal Graziani en compañía de otros dos ministros de Mussolini. El cardenal señaló una mesa ovalada que había en el centro de la habitación y dijo:
– ¿Nos sentamos aquí?
– Y bien -manifestó a continuación Mussolini, con impaciencia-. ¿Cuáles son las proposiciones?
– Mis instrucciones son limitadas y precisas -declaró el portavoz de los partisanos, Marazza-. Sólo tengo que solicitar su rendición y aceptarla.
Mussolini reaccionó instantáneamente.
– ¡No he venido aquí para eso! Se me dijo que íbamos a discutir las condiciones. A eso vine, a ocuparme de mis hombres, de sus familias y de la milicia fascista. Tengo que saber lo que va a ser de ellos. Las familias de los miembros de mi Gobierno deben recibir protección. También se me aseguró que la milicia sería entregada al enemigo en calidad de prisioneros de guerra.
– Eso son detalles -interrumpió otro partisano-. Creo que tenemos autoridad para establecerlos.
– Muy bien -dijo el Duce-. En tal caso, creo que podremos llegar a un acuerdo.
En ese momento, el mariscal Graziani se puso de pie y exclamó:
– ¡No, no, Duce! Permítame recordarle que tenemos obligaciones con nuestros aliados. No podemos abandonar a los alemanes, negociando una capitulación independientemente de ellos, como en este caso. No podemos firmar un convenio sin los alemanes. ¡Debemos tener presentes las leyes del deber y el honor!
– Me temo que los alemanes no sientan los mismos escrúpulos -dijo el general Cadorna-. Hemos estado tratando con ellos los términos del armisticio durante los cuatro días pasados. Estamos de acuerdo en los detalles, y esperamos noticias del tratado en cualquier momento.
Marazza advirtió un gesto de dolor en el rostro de Mussolini, y le preguntó:
– ¿Se molestaron ellos en informar a su Gobierno?
– ¡Eso es imposible! -exclamó el Duce-. ¡Enséñeme ese tratado!
Ciertamente, Mussolini sabía mucho más de lo que aparentaba, pero su sorpresa e indignación parecieron genuinas a los que se hallaban allí presentes.
– ¡Los alemanes han hecho esto a mis espaldas! -añadió poniéndose violentamente de pie, y anunciando que no tomaría decisión alguna hasta después de haber hablado con el cónsul alemán-. ¡Esta vez podremos demostrar que Alemania ha traicionado a Italia!
Afirmó que denunciaría por radio al mundo la jugada de los alemanes y salió de la estancia con paso enérgico.