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Por fin, Mussolini había tomado una decisión. En la prefectura tendió un dedo hacia un mapa y exclamó:

– Abandonamos Milán inmediatamente. ¡Nos vamos a Como! Vestido con el uniforme de la milicia fascista, Mussolini avanzó a lo largo del corredor de la prefectura, seguido por sus ministros. Uno le rogó que no volviese al palacio arzobispal, en tanto que otro le exhortaba a que permaneciera en Milán. Dos más le aconsejaron que huyese a España e inmediatamente otro ministro exclamó:

– ¡No vaya, Duce!

A todo esto, su secretario agitaba delante de él algunos documentos para que los firmase. Parecía una escena de ópera cómica.

Con un pequeño fusil automático colgado del hombro y una voluminosa cartera en cada mano, Mussolini abrazó a dos antiguos camaradas y gritó:

– ¡A la Valtellina!

Eran las ocho de la noche cuando diez coches, cargados con el séquito de Mussolini, incluyendo al mariscal Graziani y a su escolta alemana, salieron del patio de la prefectura, en medio de sentidas frases de despedida, y pusieron rumbo al lago.

– ¿Hacia dónde nos dirigimos?-inquirió uno de los ministros a otro colega.

– Sólo Dios lo sabe. Tal vez a nuestra muerte.

En uno de los automóviles, un «Alfa Romeo» con matrícula española, iba Claretta Petacci.

«Sigo mi destino -había escrito a una amiga-. No sé lo que va a ser de mí, pero no puedo oponerme a mi suerte.»

3

Mientras tanto, Wolff, que se hallaba en Lucerna, aún no había recibido noticias de Dulles. Dijo a Waibel que no podía quedarse en Suiza. Clark seguía avanzando cada vez más en el norte de Italia, y los partisanos exigían tomar una actitud decisiva en Milán. Por otra parte, Dollmann informó que Mussolini estaba actuando de manera un tanto misteriosa.

Wolff regresó a Italia hacia la medianoche, cruzando la frontera por Chiasso. Cansado del viaje, decidió pasar la noche en Villa Locatelli, cuartel general de la policía fronteriza de las SS, en la costa occidental del lago Como. Cuando se disponía a dormir, se presentó el mariscal Graziani, el cual había huido de la caravana de Mussolini en Como, a menos de ocho kilómetros del lago, y buscaba la protección de las SS.

La llegada del mariscal Graziani dio a Wolff la inesperada ocasión de persuadir al anciano de que la rendición de sus tropas era la mejor manera de salvar a Italia. Graziani se mostró reacio al principio, y acusó a Wolff de traicionar al Duce. Pero aquél resultó tan convincente al protestar que siempre había actuado en beneficio de los intereses de Italia, que al fin el mariscal escribió un documento concediendo a Wolff autoridad para concertar la rendición de todo el ejército italiano.

Afuera, en la oscuridad, había otros italianos que no consideraban a las SS como protectores. Eran partisanos armados que acababan de enterarse de la llegada de Wolff. Con todo sigilo comenzaron a rodear la mansión. Al amanecer del día siguiente, 26 de abril, habían establecido un fuerte cerco alrededor de la finca. Sin embargo, se olvidaron de cortar los cables del teléfono.

Cerca del mediodía, el comandante Waibel recibió un informe en el que se decía que un «pez gordo» sería pescado pronto en el lago Como. Algunas investigaciones discretas pronto hicieron saber a Waibel que se trataba de Wolff. Concertó entonces una entrevista con un agente llamado Bustelli, para aquella noche, en la estación de ferrocarril de Chiasso, donde tratarían de hallar algún medio de salvar a Wolff. Luego, Waibel llamó por teléfono a Gaevernitz y le dijo:

– Si no actuamos rápidamente, matarán a Wolff y el asunto habrá concluido -manifestó.

Gaevernitz presentó el problema a Dulles, el cual dijo que lo sentía. Se daba cuenta de la importancia que tenía Wolff, pero tenía órdenes concretas de no establecer más contactos con los alemanes.

– No puedo hacer nada -concluyó.

Gaevernitz le preguntó si al menos podría conseguir la ayuda de Donald Jones, un agente del OSS que pasaba por ser vicecónsul norteamericano en Lugano. Dulles movió negativamente la cabeza y una vez más aseguró que tenía las manos atadas. Gaevernitz decidió entonces actuar por su cuenta, y dijo impulsivamente:

– Me voy a dar una vuelta; regresaré dentro de dos o tres días.

– ¡Adiós! -contestó Dulles.

Y a Gaevernitz le pareció que le guiñaba un ojo significativamente.

Ocho horas más tarde, Gaevernitz y Waibel descendían del tren en Chiasso, donde, ante su sorpresa, les estaba esperando Donald Jones.

– Aguardaba la llegada de ustedes -les dijo éste-. Tengo entendido que quieren liberar a Wolff.

Waibel no tardó en descubrir que Jones no sabía nada del caso, y que se había relacionado con ellos a través de Bustelli.

– En Suiza existe gran interés por salvar a Wolff -manifestó Waibel, pretendiendo que no tenía nada que ver con la oficina de Dulles.

Pidió a Jones que le ayudase, y le recordó los muchos favores que él le había hecho.

– Ahora le pido éste, a cambio -declaró.

Jones accedió rápidamente, y los tres decidieron que la única forma de conseguir algo era llevando a cabo Jones una rápida incursión a través de las líneas de partisanos. Estos le conocían perfectamente con el nombre clave de «Scotti». Llamaron a Villa Locatelli, y se sorprendieron al comprobar que la línea aún seguía intacta. Dijeron entonces a Wolff que dentro de poco, dos automóviles tratarían de liberarle.

A las diez de la noche, la patrulla de Jones salió de Chiasso, dejando a Waibel y Gaevernitz esperando nerviosamente en el pequeño restaurante de la estación, que aparecía débilmente iluminado. En cuanto Jones cruzó la frontera italiana, fue recibido con una lluvia de balas. Jones salió de su automóvil y se colocó junto a las luces del coche.

– L'amicco Scotti! -gritó con fuerza.

Ceso el fuego y «Scotti» fue acogido amistosamente. Gaevernitz y Waibel permanecieron en el restaurante durante dos horas. A medianoche, la tensión se hizo tan insoportable que se trasladaron a la aduana suiza, desde donde podrían observar las luces de cualquier automóvil que llegase de Italia. No vieron nada, pero de cuando en cuando oyeron algún disparo a la distancia. ¿Qué pasaría si Jones fracasaba en la «villa» y le descubrían?

Ya se imaginaba Gaevernitz los titulares de los periódicos:

«UN CÓNSUL NORTEAMERICANO RESCATA AL GENERAL WOLFF, DE LAS SS, DE MANOS DE LOS PARTISANOS ITALIANOS»

¡Y eso en momentos en que Truman y Churchill habían pro metido a Stalin que abandonarían las negociaciones! Los dos hombres regresaron al restaurante y esperaron otra hora llenos de inquietud. Volvieron de nuevo a la frontera. Del lado italiano todo estaba sumergido en la más completa oscuridad. Varias veces oyeron acercarse un coche, pero el ruido del motor terminaba por desvanecerse en otra dirección. A las dos de la mañana, varios puntos luminosos aparecieron en la oscuridad. Un par de automóviles se acercaban a la frontera: era el grupo de Jones. Gaevernitz dio media vuelta y se dirigió hacia su propio coche, pues estaba seguro de que traían a Wolff, y quería pasar inadvertido.

Pero una figura corpulenta apartó a los que estaban junto a él y se dirigió directamente hacia Gaevernitz. Era Wolff, el cual manifestó:

– Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí.

Gaevernitz decidió sacar algún partido de la gratitud de Wolff. Se dirigieron en automóvil a Lugano, y Gaevernitz sugirió a Wolff que escribiese una carta al comandante de las SS en Milán, ordenándole que dejase de luchar contra los partisanos. Wolff no sólo escribió la carta, sino que entregó el documento que había firmado el mariscal Graziani. También prometió utilizar su influencia para evitar la destrucción de propiedades, y para proteger la vida de los presos políticos.

– ¿Qué haría usted si de pronto Himmler apareciese y dijera: «Asumo el mando, queda usted detenido»?-inquirió Gaevernitz.