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– ¡Nosotros, los partisanos, no podemos erigirnos en jueces de todos los desafueros que los fascistas y los alemanes han cometido! -exclamó Bellini-. ¡Contestar a la maldad con más maldad, no haría otra cosa que perjudicar nuestra causa, colocándonos al mismo nivel que nuestros enemigos!

A medianoche, Bellini ya tenía bajo su control dieciséis kilómetros de la carretera que circundaba el lago, desde el puente hasta Dongo. Un kilómetro al sur de Dongo ordenó bloquear la carretera con troncos, bloques de piedra y alambre de púas. A un lado de la estrecha carretera, un talud caía casi verticalmente sobre el lago, en tanto que por el otro lado se alzaba un gran peñasco cubierto de arbustos: la Roca de Musso. Luego, agotado por la agitación de la jornada, Bellini se echó a dormir.

Pavolini acababa de llegar al «Hotel Miravalle» en un camión blindado. La lluvia todavía goteaba por su rostro cuando dijo a Mussolini que la mayoría de los Camisas Negras se habían rendido a los partisanos. Cuando el Duce le preguntó cuántos hombres habían llegado con él para luchar en la Valtellina, Pavolini vaciló un instante, y al fin dijo:

– Doce.

Al amanecer, Mussolini y lo que aún quedaba de su comitiva se unieron a un convoy alemán de veintiocho camiones que ascendía por la carretera del lago. En el camión blindado iba Pavolini junto con varios funcionarios del Gobierno, y dos grandes maletas de cuero llenas de documentos y dinero. Cerca del fin del convoy, en el «Alfa Romeo» amarillo de matrícula española, iba Claretta y el hermano de ésta, con otros familiares.

Mussolini viajaba solo en el «Alfa Romeo» que iba en cabeza. Al llegar a los alrededores de Menaggio, preguntó a un transeúnte si había partisanos por las cercanías.

El hombre le contestó:

– Los hay por todas partes.

Entonces el Duce ordenó detener el coche, descendió del mismo y subió al camión blindado. Eran casi las seis y media cuando la caravana pasó por Musso, a menos de dos kilómetros de Dongo. De pronto, un kilómetro más adelante, surgió en la carretera una barricada de troncos, rocas y alambre de púas. Era el obstáculo que había ordenado colocar Bellini.

Los partisanos dispararan al aire con sus ametralladoras, en señal de advertencia. El camión blindado contestó con fuego efectivo, dando muerte a un viejo campesino que iba hacia Dongo. Pero de uno de los automóviles de la caravana surgió una bandera blanca, y los disparos cesaron. Dos partisanos se asomaron detrás de la barricada y a ellos se les aproximó un oficial alemán que solicitó ver a su comandante.

En Domaso, despertaron a Bellini diciéndole que una columna alemana se dirigía hacia Dongo.

– Que detengan la columna -ordenó Bellini-. Nadie debe moverse, ocurra lo que ocurra.

Bellini envió dos emisarios al Norte, para pedir refuerzos, y en compañía de Lazzaro se dirigió a toda velocidad hacia Dongo. Por el camino dio instrucciones a Lazzaro para que colocase las fuerzas en posición favorable, sobre la gran roca que dominaba la carretera, mientras él negociaba con los alemanes.

Ya en Dongo, un carabiniere dio a Bellini los últimos informes acerca de la caravana detenida. El conde echó a andar por la carretera, y en pocos minutos llegó adonde se hallaba el camión blindado, cerca del cual había tres oficiales alemanes. El comandante alemán se presentó, en un italiano bastante aceptable, como hauptmann (capitán) Otto Kisnatt.

– Tengo órdenes de llevar a mis hombres a Merano (cerca de la frontera austríaca). Desde Merano me trasladaré a Alemania y seguiré la lucha allí contra los Aliados. No tenemos intención de combatir a los italianos -dijo el alemán.

– Por mi parte, me han ordenado que detenga a todas las columnas enemigas -dijo Bellini, que no había recibido tal orden, pero que creyó con ello impresionar a los alemanes- Por consiguiente, le pido que se rinda, y le garantizo un salvoconducto para usted y sus hombres.

– Sin embargo, nuestro Alto Mando y el de ustedes han llegado a un acuerdo -dijo Kisnatt, mintiendo a su vez-. Los alemanes no debemos atacar a los partisanos, y éstos, por su parte, nos dejarán pasar libremente.

– No tengo órdenes semejantes.

– Hemos llegado desde Milán hasta aquí sin disparar un solo tiro. Eso prueba que existe un convenio.

– Si han llegado hasta aquí, eso sólo demuestra que no han encontrado partisanos en el camino, o bien que los que hallaron no tenían fuerzas suficientes para detenerlos -aseguró Bellini, prosiguiendo con el juego de embustes-. Tenemos dominada toda la zona; estamos bien situados y tengo fuertes efectivos. Se encuentran ustedes bajo la mira de ametralladoras y morteros. Puedo destruirles en quince minutos.

Lazzaro llamó aparte a Bellini y le informó que había veintiocho camiones llenos de soldados alemanes, un camión blindado, el automóvil del comandante alemán, y otros diez coches llenos de civiles. En cada camión, dijo Lazzaro, había una ametralladora pesada y varios cañones antiaéreos livianos.

Comprendió Bellini que no podría contra tales fuerzas, en caso de desatarse la lucha. Pensó minar el puente de Vall'orba, unos cientos de metros más allá, en dirección a Dongo. Pero esto requería tiempo. Volvió el conde adonde estaban los alemanes, y declaró:

– En primer lugar, debemos comprobar quiénes son los que viajan con ustedes, y si hay italianos entre ellos.

Kisnatt admitió que había algunos italianos en el camión blindado y otros pocos en los automóviles.

– No soy responsable de ellos. Sólo me preocupan mis propios hombres. ¿Cuál es su decisión?

– Hemos decidido que no podemos cargar con la responsabilidad de dejarlos pasar, sin haber recibido órdenes en tal sentido. Nuestro cuartel general se encuentra a dos o tres kilómetros de aquí, y tenemos que ir a recibir instrucciones. Será aconsejable que nos acompañe uno de ustedes para establecer contacto con ellos.

Bellini no tenía idea del lugar donde estaban sus jefes; sólo quería alejar a Kisnatt de sus hombres, para que éstos no pudiesen actuar.

Cuando el partisano dijo que tardarían una hora y media, aproximadamente, Kisnatt contestó:

– Es demasiado tiempo. No podemos perder un momento… ¡Decídase aquí, ahora mismo!

– Imposible. No puedo dejarles pasar.

Por fin, Kisnatt accedió a acompañar a Bellini al cuartel general, aunque con la condición de que fuesen con otros en un coche alemán.

En voz baja, Bellini dijo a Lazzaro que hiciese una demostración de fuerza, haciendo salir a todos los partisanos a la carretera, y vistiendo a los campesinos que había por allí con algo rojo, a fin de que pareciesen también guerrilleros.

Al entrar en Dongo, el automóvil pasó ante barricadas y tropas de aspecto heterogéneo que llevaban brazaletes rojos. Llegados al puente situado al fin del lago, Bellini llamó a un partisano y le preguntó:

– ¿Están colocados todos los efectivos? ¿Se hallan dispuestas las minas?

El partisano se mostró algo desconcertado, hasta que vio el guiño que le hizo Bellini. Entonces contestó:

– Todo está preparado. Hágame saber cuándo debo entrar en acción.

Bellini siguió hacia el Norte. Cuando Kisnatt llegó al límite de su paciencia, Bellini detuvo el coche e hizo como que iba solo hasta su cuartel general. Dijo que regresaría con la decisión de sus superiores.

Mientras tanto en la localidad de Musso, no lejos de donde se hallaba detenida la caravana, el párroco del lugar, don Mainetti, se dirigía a su casa cuando fue abordado por un hombre barbudo que le dijo:

– ¡Debo hablar con usted, reverendo! No quiero que mi captura provoque ningún trastorno. Iré con usted a su casa. Puede llamar a algún partisano y me entregaré.

Se trataba de Nicola Bombacci. Treinta años antes, él y Mussolini habían actuado como revolucionarios socialistas. Luego, Bombacci se hizo un destacado dirigente comunista, pero al fin fue expulsado del Partido. En esos momentos era uno de los consejeros de Mussolini.