– Soy una víctima de mi propia estupidez -manifestó.
Y reveló a continuación que el Duce se hallaba en la columna que estaba detenida en la carretera.
Mientras se hallaban hablando, se acercó otro hombre con un muchacho, y dijo:
– Soy Romano, ministro del Gobierno. Este es mi hijo. Quiero dejarlo a su cargo, porque no sé lo que puede ocurrirme.
No bien acababa el sacerdote de llevar al muchacho a su casa, cuando un grupo de funcionarios oficiales -entre ellos, los ministros Mezzasomma y Paolo Zerbino-, llamaron a la puerta. Uno de ellos dijo:
– Somos personas importantes. Le rogamos que hable en favor nuestro.
Bellini regresó adonde se hallaba Kisnatt, sin revelar las presuntas órdenes que había recibido de sus jefes. Todos miraron llenos de expectación a Bellini, y éste se dio cuenta de que no podía seguir fingiendo más.
Mirando firmemente a Kisnatt a los ojos, manifestó:
– Estas son nuestras decisiones: Primero: sólo se concede permiso para seguir adelante a los vehículos y los soldados alemanes; todos los italianos y los vehículos civiles nos serán entregados. Segundo, los vehículos alemanes deberán detenerse en Dongo, para ser registrados, y sus ocupantes tendrán que presentar los documentos de identificación. Tercero, deberán ustedes detenerse en Ponte del Passo, a esperar una nueva autorización para seguir adelante.
Kisnatt vaciló y dijo que no podía abandonar a sus aliados italianos «en un momento de peligro». Pero Bellini se mostró irreductible, y el alemán solicitó media hora para consultar con sus oficiales.
Bellini asintió. Cuando se sentaba sobre un pequeño muro para encender un cigarrillo, se le acercó un sacerdote murmurando en voz baja. Era don Mainetti.
– ¿Qué ocurre?
– ¡Mussolini está aquí! No les deje marchar, porque estamos seguros de que se halla aquí.
Bellini no podía creer lo que le decían. De todos modos, pidió a Lazzaro que investigase. Lazzaro echó a andar hacia la caravana, pero consideró que el rumor era absurdo y no cumplió la orden que le habían dado.
Kisnatt regresó adonde se hallaba Bellini y dijo que aceptaría las condiciones si éstas resultaban también convincentes para los ocupantes del camión blindado.
Bellini se encaminó a un grupo que se hallaba junto al vehículo blindado, el cual ocupaba el centro de la carretera.
– ¿Quién manda aquí?-inquirió.
Un anciano civil, que lucía la medalla de oro de los mutilados de guerra, se destacó de los demás.
– Mi nombre es Francisco Barracu, y soy subsecretario del Gobierno.
A continuación presentó a los dos hombres que estaban más cerca de él, el teniente coronel Casalinovo, ayudante militar de Mussolini, y un Camisa Negra llamado Utimpergher.
Bellini contestó al saludo fascista de los demás con un breve saludo militar, y preguntó:
– ¿Qué piensan hacer?
– Seguir con los alemanes, desde luego -respondió Barracu, algo sorprendido-. La pregunta resulta innecesaria.
Bellini les aconsejó que se rindiesen.
– No, debemos continuar adelante a toda costa. Lo repito: seguiremos a la columna alemana.
La actitud gallarda del anciano Barracu pareció impresionar a Bellini, pero éste declaró que había llegado a un acuerdo con los alemanes para dividir la caravana.
– No piensen que los alemanes van a luchar por defenderles. Ellos ya no quieren combatir más. Eso está claro.
– Aun así, deseamos seguir adelante.
Bellini contestó que no era posible, y añadió:
– ¿A dónde irían ustedes?
– Es usted un soldado, y parece actuar como tal -dijo Barracu, persuasivamente-. Entonces comprenderá a un viejo militar, como yo. Vamos a defender Trieste de los eslavos de Tito. Si podemos llegar allí, estoy convencido de que organizaremos la resistencia, y salvaremos ese trozo de nuestro país, por el cual tantos italianos derramaron su sangre.
Bellini escuchó cortésmente y dijo que si dejaba seguir la columna, otros partisanos la detendrían posteriormente. Y en cuanto al futuro de Trieste, era un asunto que se encargarían de arreglar los Aliados.
– ¿Qué clase de italianos son ustedes?¿Se han olvidado ya de que nuestros padres murieron en Trieste?-exclamó Utimpergher, lleno de excitación.
– Por lo que se refiere al amor a mi patria -contestó secamente Bellini-, nada tengo que aprender de ustedes, o de los que, como ustedes, abrieron las puertas de nuestro país al invasor extranjero, que deportó y asesinó a nuestros propios compatriotas.
– Creo que cada uno cumplió con su deber a su modo -interrumpió Barracu, conciliador, y una vez más solicitó permiso para seguir adelante.
– Ya ve que los alemanes se están impacientando -dijo Bellini-. Como no hemos llegado a un acuerdo, creo que lo mejor será que los alemanes sigan hasta Dongo y luego podremos reanudar las discusiones.
Barracu afirmó que estaba conforme, ante la sorpresa de Bellini, el cual pidió a Kisnatt que retirase del paso el camión blindado, a fin de que la caravana pudiese seguir adelante. En uno de los camiones abiertos, sentado entre los soldados, se hallaba Mussolini vestido con un capote militar, para pasar inadvertido.
Sólo se permitió a un coche civil que siguiese a los alemanes: era el «Alfa Romeo», de matrícula diplomática española, que portaba la bandera de España. En su interior iba Marcello Petacci, con su mujer, sus hijos y su hermana Claretta. Marcello aparentaba ser cónsul español.
A continuación, Barracu reanudó sus ruegos, pero Bellini se mostró firme. Por fin, Barracu preguntó si podría volver a Como para explicar a su jefe el motivo que les impedía seguir hacia Trieste.
– ¿A su jefe?¿A Mussolini?¿Y dónde espera encontrarle?-preguntó Bellini.
– No hablo de Mussolini, sino del mariscal Graziani, que sé dónde se encuentra.
Como Bellini siguiera negándose, Casalinovo y Utimpergher comenzaron a gritar airadamente.
– ¡Cállense de una vez! -contestó Bellini-. Esto lo resolveremos nosotros. Escuchen si quieren, pero con la boca cerrada.
Los dos hombres se dirigieron entonces hacia el camión blindado y empezaron a hablar llenos de excitación con alguien del mismo. Bellini recordó entonces lo que le había dicho el sacerdote. ¿Era posible que Mussolini estuviese allí?
Sin esperar más, Bellini entró por la puerta trasera del vehículo y examinó a los que estaban en el interior del mismo.
– ¿Ha mirado bien?-inquirió Utimpergher, sarcásticamente-¿A quién esperaba hallar?
Bellini decidió dar permiso a Barracu para que se dirigiese a Como, ya que al fin y al cabo era un mutilado de guerra. Dijo que podía ir en el coche blindado, para regresar dentro de veinte minutos, y añadió:
– Pero le aseguro que si tratan de trasponer la barricada abriremos fuego.
El conde advirtió a los partisanos que se hallaban sobre el gran peñasco que el vehículo blindado iba a dar la vuelta, y que sólo debían hacer fuego si pretendía seguir adelante, en dirección a Dongo.
A las tres y cuarto, el camión blindado comenzó a maniobrar para dar la vuelta en la carretera. Pero los partisanos que había sobre la roca creyeron que trataba de dirigirse hacia Dongo y comenzaron a disparar. Tras algunas descargas, una granada estalló en el interior del vehículo, de cuya torrecilla salieron algunos disparos. Pavolini saltó por la portezuela trasera y corrió terraplén abajo, hacia el lago. El Camisa Negra que portaba los documentos de Mussolini le siguió con las carteras. Barracu fue alcanzado en el brazo derecho por un trozo de metralla, y a Casalinuovo y Utimpergher los capturaron en la carretera.
La plaza principal de Dongo habría constituido un escenario perfecto para representar una ópera romántica. Se hallaba flanqueada en tres de sus lados por edificios medievales, con las cumbres nevadas de los Alpes y el lago Como a lo lejos, como fondo ideal.