Allí estaba Lazzaro inspeccionando la caravana de camiones alemanes, cuando oyó los disparos procedentes de la barricada alzada en la carretera. A pesar de sentirse preocupado, siguió examinando los documentos de los soldados alemanes, hasta que oyó que alguien le llamaba con voz excitada:
– ¡Bill!
Este era su nombre como miembro del movimiento de resistencia, y el que lo había pronunciado era Giuseppe Negri, un fabricante de zuecos que había sido encarcelado recientemente durante tres meses por ayudar a los partisanos.
– ¿Qué sucede?-inquirió Lazzaro.
– ¡Tenemos en nuestro poder al Gran Bastardo! -susurró Negri.
– ¡Estás soñando! -dijo Lazzaro.
– No, Bill. Te digo que es Mussolini. Lo he visto con mis propios ojos.
– ¿Dónde está?
– ¡En uno de los camiones, vestido de alemán!
También esto parecía increíble, pero el pulso de Lazzaro se aceleró notablemente.
– Debes de estar en un error.
– Le he visto, y le reconocí al instante. Lo juro, es el propio Mussolini.
Explicó entonces que mientras examinaba los documentos de los alemanes de uno de los camiones, vio a un hombre cerca del conductor, que tenía una manta echada sobre los hombros.
– No pude verle la cara porque se había levantado el cuello del capote y tenía el casco echado sobre el rostro. Fui a pedirle los documentos, pero los alemanes trataron de detenerme, gritando: «Kamerad borracho, kamerad borracho.»
El fabricante de zuecos dijo que se sentó junto al desconocido y le bajó el cuello del capote.
– No se movió. Sólo le vi de perfil, pero le reconocí al momento -añadió-. Bill, es Mussolini, puedo jurarlo. Hice como que no me había dado cuenta, y vine a decírtelo.
Los dos hombres se encaminaron a lo largo de la fila de camiones, hasta que Negri se detuvo y señaló a un soldado que tenía el cuello levantado y un casco alemán sobre los ojos. Lazzaro se acercó al camión y, sin subir, con una mano, dio unos golpecitos al hombre que estaba allí acurrucado.
– Camerata! -exclamó.
Como el hombre ignorase aquel saludo fascista, Lazzaro volvió a decir:
– Eccellenza!
Tampoco obtuvo resultado, y al fin Lazzaro gritó lleno de irritación:
– ¡Cavaliere Benito Mussolini!
La figura se movió en su asiento, y Lazzaro creyó reconocer al Duce.
Un grupo excitado se reunió alrededor del camión, mientras Lazzaro subía al mismo. Se dirigió hacia el sospechoso y le quitó el casco, dejando al descubierto el familiar cráneo afeitado. Lazzaro le quitó las gafas oscuras que llevaba y le bajó del todo el cuello del capote militar. En efecto, era Mussolini, que tenía entre las rodillas un pequeño fusil automático.
Lazzaro le quitó el fusil y le hizo ponerse de pie.
– ¿Tiene alguna otra arma?
Sin decir una sola palabra, Mussolini se desabrochó la chaqueta y entregó al partisano una automática «Glisenti», de cañón largo.
Los dos hombres se miraron unos instantes, y Lazzaro sintió por un momento que perdía sus energías. Aquel era el hombre al que había venerado y maldecido, sucesivamente. La expresión de la cara cerosa de Mussolini indicaba que esperaba algunas palabras del partisano. No parecía atemorizado, sino presa de un gran cansancio.
La multitud comenzó a gritar en tono iracundo. Sólo dos días antes cuatro partisanos del lugar habían sido fusilados por los fascistas.
Lazzaro trató de decir algo que estuviese a la altura de la trascendental ocasión, y todo lo que se le ocurrió fueron estas palabras:
– Le detengo en nombre del pueblo italiano.
El partisano se sorprendió al comprobar lo tranquilo de su respuesta:
– No pienso resistirme -dijo Mussolini, con tono apagado.
– Le doy mi palabra de que mientras esté bajo mi cuidado nadie osará tocarle un solo cabello.
En cuanto hubo terminado de hablar, Lazzaro se dio cuenta de lo absurdo que era decirle eso a un hombre totalmente calvo.
– Gracias -replicó Mussolini.
Cuando Lazzaro acompañaba al Duce, a través de la plaza, hasta la alcaldía, el antiguo Palazzo Mangi, la multitud se aproximó a ellos, lanzando insultos.
Un hombre alto y delgado se acercó a Mussolini y le preguntó bruscamente:
– ¿Se acuerda de mí?
– No -contestó el Duce, y siguió andando.
– Soy Rubini, el hijo del ministro Rubini. ¿No se acuerda que me llamó a Roma tres veces?
El larguirucho Rubini aventajaba ampliamente en estatura al rechoncho dictador, cuyo capote alemán, que llevaba desabrochado, lo arrastraba casi por el suelo.
– Soy el alcalde de Dongo. ¿Me recuerda ahora?
– Sí, sí -contestó Mussolini-. Ya le recuerdo.
Los gritos de la turba adquirieron mayor intensidad, haciéndose amenazadores.
– No se preocupe -le dijo Rubini, con acento tranquilizador-. Aquí nadie le hará daño.
– Estoy seguro de ello -manifestó Mussolini, sin demasiada convicción-. Las gentes de Dongo son generosas.
Cuando entraban en la alcaldía, Lazzaro preguntó a Mussolini:
– ¿Dónde está su hijo Vittorio?
– No lo sé -replicó el Duce.
– ¿Y el mariscal Graziani?
– Lo ignoro; creo que se encuentra en Como.
Seguidos por una docena de curiosos que habían logrado cruzar por entre los guardias, Lazzaro acompañó al Duce hasta una gran estancia sencillamente amueblada que daba a la plaza. Mussolini se quitó el capote y se sentó en un banco.
– ¿Desea usted algo?-inquirió Lazzaro.
– Un vaso de agua, gracias.
– ¿Por qué estaba usted en el camión, con los alemanes, cuando sus ministros iban en el camión blindado?
– No lo sé. Me colocaron allí. Tal vez alguien me traicionase al final.
Lazzaro ordenó que desalojaran la habitación y dijo a un guardia:
– Nadie debe molestar al prisionero. Protéjale, y emplee el fusil, si es necesario.
La puerta se abrió de improviso, y dos partisanos empujaron hacia dentro a Barracu, Casalinovo y Utimpergher. Cuando éstos vieron a Mussolini, se pusieron en actitud de firmes y gritaron:
– Evviva il Duce!
Este asintió levemente, con un gesto ausente.
La multitud se apiñaba contra la puerta, tratando de entrar.
– ¡Échelos a todos! -ordenó Lazzaro.
Luego dijo a un partisano que comunicase a Bellini la noticia de la captura de Mussolini, y a continuación se encaminó de nuevo adonde estaba el convoy alemán.
– Aquí hay un cónsul español que quiere marcharse cuanto antes -le dijo un partisano.
– ¿Ha examinado sus documentos?
– Sí, parecen estar en regla. Dice que tiene que regresar urgentemente a Suiza para celebrar una entrevista. ¿Le dejo marchar?
– Un momento. Voy a verle yo mismo.
Lazzaro se dirigió hacia el «Alfa Romeo» amarillo. El hombre que lo conducía era grueso, rubio y tenía un gran lunar en la carnosa barbilla. Junto a él se hallaba una hermosa joven que miraba nerviosamente a Lazzaro. En el asiento trasero iba otra mujer, que ocultaba a medias su rostro bajo un cuello de pieles, y dos chiquillos. Lazzaro colocó el pie sobre el estribo y preguntó:
– ¿Es usted el cónsul español?
– Sí -contestó Marcello Petacci, con gesto de fastidio-. Y tengo mucha prisa.
Su manera de expresarse, en perfecto italiano, hizo que Lazzaro sintiera sospechas.
– ¿Puedo ver sus pasaportes, por favor?
Petacci protestó, pero al fin entregó tres pasaportes en los que se leía «Consulado Español en Milán». A Lazzaro no le había caído bien el presunto «funcionario español», y se alegró interiormente cuando descubrió que el sello de una de las fotografías estaba impreso y no en relieve.
– Estos pasaportes son falsos -dijo Lazzaro-. ¡Queda usted detenido!