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Bellini manifestó que al fin terminaría por averiguar quién era ella.

Entonces Mussolini miró furtivamente en torno a la habitación, y dijo con un susurro:

– Es la signora Petacci.

Bellini se dio cuenta de que era la amante del Duce, y manifestó:

– Daré su mensaje a esa dama.

– ¡Le ruego que no revele esto a nadie! -dijo Mussolini-. He confiado en usted, y es algo que debe quedar entre los dos. No quiero que ella pueda resultar perjudicada por mi culpa. Tiene que prometerme que nadie más lo sabrá.

Bellini saludó y se marchó.

Mussolini se sintió más tranquilo, y durante la cena relató a los impresionados guardias numerosas anécdotas de su visita a Rusia para entrevistarse con Stalin, y les habló del inminente derrumbe del imperio británico.

– ¡Ah, qué hermosa es la juventud! -afirmó, y como uno de los soldados le mirase sonriendo, añadió-: Sí, sí, la juventud es algo magnífico. Siento afecto por los jóvenes, aun cuando empuñen armas contra mí.

A continuación extrajo su reloj de oro del bolsillo y se lo entregó al sonriente guardia.

– Tenga, guárdelo como recuerdo mío.

En la pequeña estancia de la alcaldía de Dongo, Claretta Petacci acababa de pedir un coñac a uno de los guardias. Pero cuando éste se lo trajo, no tomó más que un sorbo. Aún conservaba el sombrero en forma de turbante y el abrigo de pieles con que había viajado. En la mano derecha llevaba un anillo de casamiento. A continuación pidió un café, lo probó ligeramente y dijo que no era bueno. Preguntó si le podían servir otra copa de coñac.

El guardia le dijo que tomase el que acababa de llevarle. Ella replicó, indignada:

– Le ha caído polvo encima; puede hacerme daño.

Por fin tomó la copa, y después de limpiar el borde, bebió el contenido.

– Espero que no me perjudique -añadió.

Poco después se pinchó un dedo con un alfiler y quiso que llamasen a un médico. Cuando se le rompió una uña pidió que le llevaran una lima. Claretta estaba sola, en el momento en que Bellini entró en la estancia.

– Alguien me ha dado saludos para usted -dijo el partisano, con voz tranquila.

– ¿Saludos para mí?¿Quién era?-inquirió ella, mirándole con un gesto de sorpresa.

– Alguien al que acabo de dejar -declaro Bellini, tomando asiento junto a la mujer-. Uno de mis prisioneros.

– Quizá el caballero español que me trajo en automóvil.

– No. Es otro hombre al que usted conoce muy bien. Es Mussolini.

– ¡Mussolini! Pero si no lo conozco…

Bellini dijo a Claretta Petacci que no era muy buena actriz, y agregó:

– Sé quién es usted, signora. El mismo Mussolini me lo dijo. Bellini se dispuso a marcharse. Pensó que, después de todo, la Petacci no era más que una aventurera.

– Por favor -dijo ella-, ¿puede asegurarme que es cierto, que fue Mussolini quien le dio ese mensaje?

– Le digo que sé quién es usted. Usted es la signora Petacci.

– Sí, es cierto; soy Clara Petacci -replicó ella, suspirando profundamente.

De pronto, comenzó a hacer preguntas. ¿Cuál era el mensaje de Mussolini?¿Dónde estaba él?¿Se hallaba en peligro? Bellini le rogó que tuviese calma. Dijo que él mandaba en la zona y que Mussolini no estaba en peligro…, al menos por el momento.

– ¿Por el momento?-exclamó ella, alarmada-. ¿Por qué dice eso?¿Qué puede ocurrirle?¡Dígamelo, por piedad!

Bellini dijo que no le ocurriría nada a Mussolini si no se hacían tentativas para liberarle.

– ¿Liberarle? Pero, ¿quién puede pensar en eso?¡Si hubiese usted visto lo que yo en los últimos días! ¡Que gentuza! Era una vergüenza ver cómo huían. Lo único que pensaban era en salvar su mísera piel. Nadie pensó un instante en el hombre al que habían jurado lealtad, y por el que se suponía que iban a dar la vida…

Claretta Petacci se puso a llorar y Bellini tomó asiento a su lado, de nuevo, preguntándose si no se habría equivocado al juzgarla.

– ¿Qué le pidió él que me dijese?-preguntó de nuevo Claretta.

– Sólo quería enviarle recuerdos y decirle que no se preocupase por él.

Rogó después que el Duce fuese entregado a los Aliados, y Bellini contestó:

– Los Aliados nada tienen que ver con esto. Al contrario, voy a tratar de que no caiga en sus manos. La suerte de él sólo concierne a los italianos.

Cuando Bellini se puso de nuevo de pie, la mujer preguntó, con tono vacilante:

– Dígame, ¿qué van a hacer ustedes conmigo?

– No lo sé. Ha estado usted muy cerca de Mussolini y es bien conocida. Las autoridades decidirán.

De pronto, Claretta Petacci preguntó a Bellini si creía que se había convertido en la amante de Mussolini por motivos egoístas.

El partisano no supo qué contestar.

– ¡Cielos, también usted! Todos creen cuanto se ha dicho de mí -exclamó ella, sollozando-. Le he querido tanto, que su vida se convirtió en la mía. Sólo me parecía vivir cuando estaba con él, lo que siempre era por poco tiempo. ¡Debe usted creerme!

Bellini pensó durante un momento que ella estaba haciendo una farsa. Pero luego le dijo, suavemente, que creía cuanto le había dicho.

– Es usted muy atento -contestó Claretta, llevándose un pañuelo a los ojos y preguntándole después si podía hacerle un favor.

Bellini dijo que primero tenía que saber de qué se trataba. Acercó un poco su silla, encendió un cigarrillo y la observó, mientras ella parecía ordenar sus pensamientos, con los ojos entrecerrados. Por fin, con voz serena, la mujer afirmó que había conocido a Mussolini en 1926, cuando ella sólo tenía veinte años.

– El era entonces un hombre muy joven de aspecto, que no representaba en modo alguno su edad -siguió diciendo Claretta, y añadió que Mussolini tenía en aquella época cuarenta y tres años.

Se sintió atraída por su fuerte personalidad y por la sensación de osadía y firmeza que de él se desprendían. De todos modos, ella se dio cuenta de que su alegría era forzada. Evidentemente, se hallaba inquieto, y ninguna de las numerosas amantes que tenía le había proporcionado un amor verdadero.

– Todo lo que yo deseaba era que él pudiera considerarme como una amiga fiel a la que pudiese recurrir cuando intentaba evadirse de los problemas diarios.

Preguntó luego Claretta a Bellini si le estaba aburriendo con su larga historia, y él replicó con franqueza que no era así. Le habló entonces del amor que se profesaron ambos, del total desinterés que ella sentía por la política y de que hasta las antiguas amantes de Mussolini acudían a pedirle ayuda.

– Y puede usted creerme -dijo ella-, cuando le digo que yo solía interceder por esas mujeres. Siempre estuve enterada de sus muchos amores, pero, a pesar de eso, no me sentía celosa.

Le comprendía y le perdonaba, y me alegraba de ser la única que mandaba en su corazón y sus sentimientos.

Por esa razón, declaró, no había pensado en abandonarle, al llegar el fin. Entonces, Claretta se inclinó hacia adelante, cogió la mano de Bellini y dijo:

– ¡Déjeme ir con él!

Bellini se estremeció, liberó sus manos suavemente y dijo que los fascistas podían tratar de liberar al Duce, lo que sería un peligro para ella.

– Ahora lo comprendo -dijo Claretta, y lo repitió una y otra vez-. ¡Van ustedes a matarle!

Se secó de nuevo las lágrimas con el pañuelo, y algo más serena, manifestó:

– Debe usted prometerme que si matan a Mussolini podré estar a su lado en los últimos momentos y que me matarán junto a él. ¿Es eso pedir demasiado?

– Pero, signora

– Quiero morir con él. Mi vida no tendrá objeto cuando muera Mussolini. Me moriría, de todos modos, pero más lentamente y con mayores sufrimientos.

La forma en que Claretta trataba de contener sus emociones, conmovió aún más a Bellini que su llanto.