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– Por favor, no se inquiete de ese modo. Le juro que no tengo la menor intención de matar a Mussolini -aseguró el conde. Claretta le miró fijamente y él sonrió para tranquilizarla.

– Le creo -dijo ella, suspirando.

– Procuraré hacer lo que pueda -afirmó Bellini, en el momento de marcharse.

El conde se trasladó a otra estancia, y dijo a los dos partisanos comunistas, Moretti y el capitán Neri, que la mujer que se hallaba en la habitación contigua era Claretta Petacci. Les contó lo que ella le había pedido y añadió:

– No creo que haya nada de malo en eso. Estuve a punto de acceder, pero antes quise conocer la opinión de ustedes.

Tanto Nero como Moretti declararon que no tenían ningún inconveniente, y entonces Bellini volvió a donde se hallaba Claretta Petacci.

– Bueno, señora -dijo él, alegremente-. Vamos a acceder a su petición. Puede usted ir a su lado. ¿Está contenta?

– ¡Gracias, muchas gracias! -exclamó ella, y trató de besarle la mano, pero Bellini la retiró, visiblemente azorado.

A las once de la noche, Bellini, Neri y Moretti aún no habían recibido instrucciones del cuartel general de los partisanos, en Milán. En consecuencia, decidieron proseguir con sus planes de ocultar a Mussolini. Bellini dijo que saldría en seguida hacia Germasino, para ir a buscarle.

Estaba lloviendo intensamente cuando el conde salió a la plaza de la población. El lago tenía una apariencia espectral, entre las tinieblas. Era una noche perfecta para trasladar al Duce, se dijo Bellini. Ordenó entonces a su conductor que se encaminase hacia el cuartel de los finanzieri.

El partisano que estaba de guardia, un tal Buffelli, condujo a Bellini hasta una celda donde se encontraba el Duce acostado sobre un catre.

– ¿Está usted dormido?-inquirió Bellini suavemente.

– No, no -contestó Mussolini, echando la manta a un lado-. Sólo estaba descansando.

– Siento molestarle, pero es necesario que se levante. Vamos a llevarle a otro lado. Queremos trasladarle a un lugar más seguro.

– Lo esperaba -dijo el Duce, que comenzó a tiritar, por lo que el conde le recomendó que se abrigase bien.

– Le traeré su abrigo -manifestó Bellini, y se acercó a la silla sobre la que se hallaba el capote alemán.

– No, no quiero esa prenda. Ya he terminado con los alemanes. Me traicionaron tres veces y no deseo nada de ellos. Prefiero otra cosa.

Bellini le proporcionó un capote de finanzieri y le colocó una capa sobre los hombros. Después dijo al Duce que sería conveniente vendarle la cabeza para que no le reconociesen.

– ¿Le importaría?-añadió Bellini.

– No, si usted lo considera necesario.

Vendaron el rostro del Duce, a excepción de los ojos y la boca, y salieron de regreso hacia Dongo.

– Dígame -manifestó Mussolini, con tono vacilante-, ¿pudo usted hablar con la dama?

– En efecto.

– ¿Cómo se encuentra?

– Bastante bien, teniendo en cuenta la situación. Desde luego, está algo deprimida, y preocupada por el futuro.

Bellini observó que la figura vendada que estaba a su lado permanecía en silencio.

– Ahora voy a darle una sorpresa que creo que le gustará -agregó-. Esa señora me pidió que la dejase estar junto a usted. Tanto me rogó y suplicó, que al fin consentí en ello.

– ¡Cómo! -exclamó Mussolini, visiblemente conmovido. El Duce se aflojó un poco el vendaje, y después de aclararse la garganta varias veces, inquirió:

– ¿Puedo saber a dónde me llevan ahora?

– A un lugar en las cercanías de Como, donde podrá permanecer en secreto y con toda seguridad.

En Como, mientras tanto, el coronel Giovanni Sardagna, comandante local de los partisanos, acababa de recibir un telegrama del cuartel general de Milán, que decía así:

«Traiga a Mussolini y a sus jerarcas a Milán cuanto antes.»

Sardagna llamó a Milán y manifestó que era demasiado arriesgado llevar allí al Duce. En consecuencia, se decidió trasladarlo en lancha hasta Blevio, un pueblo de la costa oriental del lago situado unos seis kilómetros al norte de Como, donde podrían ocultarle temporalmente en una apartada finca, perteneciente a Remo Cademartori, un industrial de la región.

Informaron a Cademartori que pronto tendría un invitado, un oficial inglés herido. Pero el industrial dedujo que se trataba de Mussolini y se trasladó al embarcadero, donde esperó a la lancha en compañía de su anciano jardinero.

Mussolini y sus dos acompañantes se iban aproximando a Dongo. Al trasponer una curva, vieron un automóvil estacionado cerca de un puente y se detuvieron. Moretti salió del coche y dijo al conde que todo estaba dispuesto. Bellini vio al capitán Neri y a Claretta, que salían asimismo del vehículo, y dijo a Mussolini que podía ir junto a ellos.

– Buenas noches, Eccellenza -dijo Claretta, saludándole protocolariamente.

– Buenas noches, signora -contestó Mussolini.

Ambos se miraron en silencio, mientras la lluvia caía sobre ellos.

– ¿Por qué me has seguido?-dijo al fin Mussolini.

– Porque así lo deseaba. Pero, ¿qué te ha ocurrido? ¿Te han herido?

– No, no es nada -declaró Mussolini, arreglándose nerviosamente el vendaje de la cabeza-. Una simple precaución.

– Debemos irnos -manifestó Bellini-. Por favor, vuelva al coche, señora.

– Pero, ¿por qué no podemos quedarnos los dos juntos?-inquirió Claretta-. Recuerde que me lo prometió.

Bellini dijo que era más seguro ir en coches separados. Entonces Gianna, una muchacha partisana que había ayudado a vigilar a Mussolini, se acercó a Bellini esgrimiendo una pistola de gran tamaño.

– No te preocupes -afirmó-. No se irá de mi lado. Si advierto algo sospechoso, le pego un tiro.

Bellini declaró que no tenía que disparar, a no ser que él diera la orden.

– Está bien -contestó la muchacha-. Pero si te ocurre algo, le mato en el acto.

Colocaron a Mussolini entre ellos, en el asiento posterior, y el capitán Neri abrió la marcha en el otro automóvil. Los partisanos situados en cada puesto de vigilancia de la carretera les conocían y les dejaron pasar. Cuando se acercaban a Menaggio, Mussolini pronosticó que aquel año habría una cosecha excelente, especialmente de cereales y uvas. De improviso se oyó una descarga de ametralladora.

Bellini ordenó al conductor que se refugiase bajo una gran roca que sobresalía hacia la derecha de la carretera, y Neri salió del coche, identificándose, con lo que cesaron los disparos. Pero los partisanos del puesto siguiente, tres kilómetros más adelante, no le reconocieron. Sin embargo, al ver a Bellini, uno de ellos gritó:

– ¡Pedro! ¡No puedo creerlo! ¡Aún estás con vida!

Bellini, cuyo nombre en la resistencia era Pedro, explicó que el hombre vendado que se sentaba junto a él era un partisano herido.

– Le llevamos a Como urgentemente. Procura abrirnos paso lo más rápido que puedas.

En la plaza de Moltrasio, unos ocho kilómetros antes de llegar a Como, oyeron disparos a lo lejos, y un hombre del lugar les dijo que los Aliados estaban eliminando partidas de fascistas en las calles de Como.

Tras un rápido cambio de impresiones, decidieron regresar. Neri dijo que tenía un buen lugar para ocultar a Mussolini, cerca de la carretera situada frente al lago. En consecuencia, dieron la vuelta y después de veintidós kilómetros de marcha llegaron a Azzano.

– Salgan todos, por favor -dijo Neri-. Tenemos que ir andando un trecho.

Comenzaron entonces a ascender por un escarpado camino de pedruscos que cruzaba el pueblecillo. Pronto dejaron atrás las casas y se encontraron en el campo. El suelo era resbaladizo, sobre todo para Claretta, que llevaba tacones altos. Bellini cogió un pesado bulto que ella llevaba y se lo entregó a un guardia. Mussolini, que iba envuelto en una manta, la cogió por un brazo, y Bellini lo hizo por el otro. Durante casi un kilómetro ascendieron penosamente por una colina, hasta llegar al villorrio de Bonzanigo.