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Neri se encaminó hacia la primera casa, un edificio de tres pisos pintado de blanco, y llamó a la puerta trasera. El dueño, Giacomo de María, bajó las escaleras, abrió la puerta y parpadeó, aún no del todo despierto. Neri le pidió refugio para «un hombre herido», y el grupo fue invitado a pasar. Giacomo les condujo por unas estrechas escaleras hasta la cocina, donde su mujer, Lía, estaba encendiendo el fuego en una gran chimenea de leña.

El matrimonio accedió a tener a Mussolini y Claretta durante unos días, en el más absoluto de los secretos, y enviaron sus hijos a la montaña, a fin de tener sitio para alojar a los recién llegados. Lía preparó un buen jarro de café de malta. Mussolini no lo probó, pero Claretta, que había rechazado un café mejor en Dongo, bebió el suyo con gesto satisfecho.

Bellini y Moretti ascendieron al piso superior para examinar la habitación de los muchachos. Era pequeña, y en ella se veían dos baúles, un lavabo, dos sillas, un pequeño armario y un lecho de dos plazas con una llamativa imagen sobre la cabecera. Mirando por la ventana, Bellini vio que la altura era de unos siete metros hasta el suelo. Por allí no había posibilidad de huída.

Mussolini y Claretta se hallaban sentados tranquilamente junto al fuego, disfrutando de la tibia temperatura, cuando regresó Bellini. Dijo a dos de los guardias que siguieran vigilando hasta que fuesen relevados, y prometió a Claretta que le enviaría su maleta desde Dongo. Al marcharse, Bellini se volvió para echar una mirada final a la pareja. Mussolini, aún con la cabeza vendada, tenía las manos sobre las piernas y estaba recostado en el respaldo de su silla, mirando fijamente al fuego. Claretta estaba inclinada hacia delante, con los codos sobre las rodillas y la barbilla apoyada en una mano.

Pocos minutos más tarde Claretta pidió ir al baño, y Lía la condujo hasta un rústico cobertizo. Uno de los guardias se quedó vigilando en las proximidades. Cuando Lía regresó a la cocina, Mussolini se había quitado las vendas. Sus rasgos eran tan conocidos que la mujer llevó aparte a su marido y susurró:

– Se parece a Mussolini, pero no puede ser. ¿Qué haría el Duce en casa de unos granjeros?

Supusieron que se trataría de algún prisionero alemán, pero no tenían idea de quién podía ser la guapa señora.

Lía enseñó la habitación a Claretta, y después de algunos instantes ésta volvió y dijo a Mussolini:

– Ven a ver. Nos han preparado una habitación para los dos.

El Duce palpó el colchón, como si fuera un turista de vacaciones, y dijo a Lía:

– Está bien, muchas gracias.

Claretta preguntó si podían llevarles otra almohada, y explicó:

– El suele dormir con dos almohadas.

Lía trajo lo que le pedían, y les deseó que pasaran una buena noche. Cuando bajaba por las escaleras, pensó: «¡Qué gente más agradable!»

2

En Milán, mientras tanto, un grupo de dirigentes de los partisanos se reunió y decidió enviar a Walter Audisio, cuyo nombre en el movimiento de resistencia era el de «coronel Valeria», en busca de Mussolini. La reunión se postergó para el día siguiente, pero los comunistas siguieron hablando y se enteraron de que Palmiro Togliatti, jefe del Partido Comunista Italiano, había ordenado en secreto la ejecución sumaria de Mussolini y su amante. Sin la menor objeción se convino enviar al coronel Valerio para que diese muerte a los prisioneros en cuanto se les identificase. Valerio era un comunista acérrimo, que había luchado en la guerra civil española.

Para evitar cualquier tentativa de los Aliados de capturar a Mussolini con vida, los comunistas enviaron el siguiente telegrama al cuartel general de los Aliados, en Siena:

«El Comité de Liberación lamenta no poder entregar a Mussolini, el cual, habiendo sido juzgado por un tribunal popular, fue ejecutado en el mismo lugar donde quince partisanos fueron fusilados por los fascistas.»

Valerio salió de Milán poco después del amanecer del 28 de abril, con una escolta de unos quince guerrilleros bien armados. Una hora más tarde, el grupo se vio detenido por los partisanos de Como, que se oponían a que Mussolini fuese llevado a Milán, pues querían tener el orgullo de recluirle en su propia cárcel.

Por fin, Valerio -un individuo alto, robusto, de unos cuarenta años- empuñó una pistola e insistió en que le tenían que dejar llamar por teléfono a su cuartel general de Milán. Se hizo la llamada y al fin llegóse a un acuerdo: Valerio podía seguir hasta Dongo para apoderarse de Mussolini, pero deberían acompañarle dos partisanos de Como, llamados Sforni y Angelis.

A la una y media un partisano corrió lleno de agitación hasta donde se hallaba Bellini y le dijo que un coche negro y un camión acababan de llegar a la plaza de Dongo. Unos hombres armados que aseguraban ser partisanos, estaban rodeando la Alcaldía, y su jefe exigía ver al comandante local.

Bellini temió que se tratase de un plan para liberar a los prisioneros. Llamó a Lazzaro, que se hallaba en Domaso, y le ordenó que mandase refuerzos inmediatamente. Después se encaminó hacia la plaza. Formando una fila se hallaban en el centro de la misma quince hombres armados con fusiles ametralladores. Con sus uniformes de color caqui, bien planchados, aquellas gentes tenían un raro aspecto, para ser partisanos. Un hombre alto, ligeramente calvo y de rostro atezado, se presentó como el coronel Valerio, enviado especial del Cuartel General del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, y dijo con acento imperioso a Bellini:

– Tengo que hablar con usted en privado sobre un asunto de la mayor importancia.

Bellini le contestó que le acompañase a su despacho, y añadió:

– Deje a sus hombres aquí y sígame.

– Mis hombres deben venir conmigo -manifestó Valerio.

Inquirió Bellini a los acompañantes de Valerio si tenían hambre, y como contestasen afirmativamente, les envió a la cocina. Examinó luego Bellini los documentos de identificación de Valerio y los encontró en regla. Pero había algo en el coronel que no le gustaba, y dijo que prefería entregar los prisioneros en su propio cuartel general.

– Al fin y al cabo, nosotros los capturamos -agregó.

– Eso no tiene ninguna importancia -replicó Valerio, sin rodeos-. He venido a matarlos.

Bellini se estremeció.

– La sentencia ha sido decretada por el Comité Nacional de Liberación, y es una orden del cuartel general. Me han encomendado que la lleve a cabo, y estoy dispuesto a hacerlo. Bellini dijo que tenía que hablar con sus compañeros. Neri, Moretti y Giana, la muchacha partisana -todos ellos comunistas, como Valerio-, pensaron del mismo modo que Bellini.

– No debemos entregarlos -repetía incesantemente Gianna. Sin embargo, a ninguno se le ocurría una justificación.

– Bien, le entregaremos los prisioneros -dijo por fin Bellini a Valerio-, pero nos declaramos en contra de lo que usted se dispone a hacer.

Valerio miró despectivamente al conde y pidió una lista de los prisioneros.

– Benito Mussolini, ¡muerte! -leyó, e hizo una cruz con un lápiz, al margen-. Clara Petacci…, ¡muerte!

Bellini dijo que era inadmisible que se diese muerte a una mujer.

– Fue consejera de Mussolini, en el aspecto político, durante muchos años -aseguró Valerio.

– ¡Era sólo su amante!

– ¡Sé bien lo que estoy haciendo! -gritó Valerio, irritado-. ¡Y soy el único que debe decidir!

Agregó que tenía prisa y que debía volver a Milán antes del anochecer con los cadáveres. Bellini insistió en que la sentencia debía ser anunciada por un tribunal debidamente constituido, pero al fin accedió a reunir a todos los prisioneros en la Alcaldía. En ese momento llegó un partisano con la noticia de que dos hombres, llamados Sforni y Angelis, manifestaban haber sido enviados por el Comité Nacional de Liberación de Como para detener la actuación de Valerio y para hacerse cargo de Mussolini. Sin embargo, no pudieron presentar las debidas credenciales, y Bellini tuvo que permanecer inactivo mientras Valerio ordenaba que les encerrasen.