Como Rittberg observase el gesto de consternación de Kernmayr, preguntó:
– ¿Hay algo más?
– Pero, ¿qué vamos a hacer?¿Qué debo informar? Comprenda que se trata de una amenaza sumamente peligrosa sobre nuestro flanco.
– Mi querido amigo -manifestó el conde Rittberg-, no se preocupe. Tienen ustedes al 25.° de húsares húngaros…
Kernmayr le recordó que los húngaros sólo disponían de dos ametralladoras por cada compañía.
– Todo está previsto, querido amigo. El Grupo de Ejército procederá según convenga -concluyó Rittberg.
Pero, lo cierto es que nada se hizo, y el 4 de marzo Hitler ordenó a Woehler por radio que comenzase la ofensiva según se había planeado. Al día siguiente, las tres divisiones de tanques que encabezarían el ataque de Dietrich, se situaron en sus posiciones, seguidas de dieciséis divisiones que irrumpirían por la brecha. Una frase se divulgó entonces de unidad en unidad: «¡Regalar al Führer los pozos de petróleo rumanos, para' su cumpleaños!»
A medianoche el grupo de batalla de Hagen se aproximó a su punto de partida. Los tanques, con el agua hasta la parte inferior de la carrocería, avanzaban lentamente mientras la infantería seguía en silencio y en fila india, a través de la intensa oscuridad reinante. Un gris amanecer reveló después las planicies cubiertas de agua. De pronto, las granadas de los cañones alemanes silbaron sobre sus cabezas en un atronador bombardeo. Los atacantes se miraron con orgullo, y en ese momento la artillería rusa inició a su vez tal fuego que eclipsó por completo el de los germanos. El espectáculo era aterrador y mortífero. Los infantes germanos se vieron atrapados, e incapaces de cavar hoyos en el cieno, quedaron muertos o heridos en su mayoría.
Hagen llamó por teléfono a sus comandantes sugiriendo que no se atacase a las ocho de la mañana, como estaba previsto, sino que se hiciese lo más pronto posible, pues no tenía idea de lo que podía ocurrir más tarde. Los puestos de observación húngaros, instalados sobre plataformas de madera, informaron que no alcanzaban a divisar nada. De todos modos, Hagen dio la orden de poner en marcha los motores de los tanques, pero ninguno arrancó, ya que el combustible se había mezclado con el agua. Algunos voluntarios se arrastraron debajo de los carros de asalto, reteniendo la respiración cuando el agua helada sumergía sus cabezas, y vaciaron la gasolina aguada en los depósitos, en tanto que otros soldados recorrían la zona en busca de más combustible. Al mediodía, el grupo de batalla de Hagen, provisto de nueva gasolina conseguida casi a punta de pistola, de otra unidad, puso en marcha sus motores, disponiéndose a iniciar el ataque.
4
A las nueve de la noche del 4 de marzo, recibió un norteamericano, por vez primera, la orden de cruzar el Rhin, si ello era posible. El coronel Edward Kimball, del Comando de Combate B, perteneciente a la 8.ª División Blindada, recibió la orden de tomar Reheinberg, una pequeña ciudad situada a sólo tres kilómetros del río, en el extremo norte de la línea de Simpson.
– Siga adelante -le ordenaron-, y si la situación no es muy comprometida en Rheinberg, cruce el Rhin y establezca una cabeza de puente en la otra orilla.
Kimball tenía que tomar Rheinberg en la noche del día siguiente, antes de que los alemanes se diesen cuenta del ataque. El coronel americano estaba impaciente por avanzar. Era la primera vez que tenía preferencia en unas operaciones.
Bajo la grisácea luz del amanecer, los primeros efectivos pasaron a través de la línea defendida por la 35.ª División de Infantería, rumbo a Kamp-Lintfort, a trece kilómetros hacia el Noroeste. A otros ocho kilómetros más adelante se encontraba Rheinberg. Encabezaba el ataque la Fuerza de Combate Roseborough, que era esencialmente una unidad de infantería, y que tenía por misión apoderarse de Kamp-Lintfort y avanzar hasta Rheinberg. Por su parte, la Fuerza de Combate Van Housten, unidad acorazada, seguiría a la primera y tendría como objetivo la ciudad de Rheinberg. El optimismo era general entre los americanos, pues según informes fidedignos, entre ellos y el Rhin sólo había trescientos desmoralizados soldados germanos. Por la noche podían estar haciendo historia.
La Fuerza de Combate Roseborough encontró escasa resistencia en Kamp-Lintfort, pero a las tres en punto llegaron a Kimball noticias inquietantes del frente: el capitán Tucker, comandante de las tropas de reconocimiento, informó que «se había desatado el infierno» cuando sus hombres se aproximaban a Rheinberg. Era evidente que la pequeña ciudad se hallaba defendida por algo más que por trescientos soldados y tres baterías. Kimball pensó que era ya demasiado tarde para solicitar un ataque aéreo. La única solución residía en efectuar un rápido y demoledor asalto con los tanques apoyados por la infantería. Kimball manifestó entonces al teniente coronel Van Houten haber encontrado una inesperada resistencia en Rheinberg, y le ordenó que cruzase con el grueso de sus fuerzas a través de las atascadas unidades de reconocimiento, para avanzar y apoderarse luego de la ciudad. No tardó Van Houten en hallarse cargando, por la llanura, con sus tanques. Sin embargo, el terreno no era apropiado para los carros de asalto, ya que había numerosos canales que recorrían sinuosamente el suelo, y sólo se observaban escasos bosquecillos, que apenas si ocultaban la maniobra de ataque.
Pocos minutos más tarde, Van Houten se aproximó al hombre que le había informado acerca de las dificultades surgidas en Rheinberg, el capitán Tucker.
– Duplique los efectivos de reconocimiento, y siga atacando -ordenó Van Houten.
Tucker se dirigió hacia el Este, y casi en seguida atrajo el fuego del enemigo. Pero él contestó y prosiguió adelante. Van Houten le vio dirigirse hacia el Norte, y le ordenó por radio:
– ¡Siga hacia la derecha!
– ¡Estoy matando alemanes a derecha e izquierda! -fue la contestación de Tucker.
Pero los infantes ya no se hallaban detrás de él, y al cabo de media hora sufrieron los embates del fuego enemigo. Cuando Van Houten lo observó, ordenó a Tucker que colocase sus tanques delante de la infantería.
– Diríjase hacia Rheinburg y ataque desde el Sudoeste -añadió Van Houten.
Tucker hizo lo que le ordenaban y avanzó sobre la ciudad bordeando un canal, con los infantes encaramados sobre los tanques, hasta que tuvieron que bajarse a causa del intenso fuego antitanque y de morteros.
A su derecha, la compañía B también estaba atacando Rheinberg. El capitán David Kelley dirigía esta columna en un rápido avance hacia los suburbios del sur de la ciudad. Era un pequeño distrito de calles sinuosas y antiguos edificios rodeados por los restos de una vieja muralla. En cuanto el fuego antitanque comenzó a estallar por todas partes, Kelley retrocedió para reunir a su compañía que, algo desconcertada, se había dispersado a lo largo de la carretera.
– ¿Puedo mantener mi posición en este lugar?-preguntó por radio a Kimball, y añadió que necesitaba ayuda de la infantería, antes de intentar de nuevo el asalto de la ciudad. Sólo le quedaban siete tanques. Kimball se mostró de acuerdo. Un momento más tarde Van Houten llamó a Kimball para decir que no deseaba que los tanques penetrasen en el mismo casco urbano de Rheinberg. Dos habían sido ya alcanzados y estaban bloqueando la carretera. Agregó que enviaba a su ayudante, el comandante Edward Gurney, con los tanques ligeros de otra compañía, a que realizase el asalto de la ciudad por el Oeste.
Había transcurrido un cuarto de hora escaso cuando Kimball recibió una llamada desesperada del mismo Gurney, que manifestó haber perdido nueve tanques y dijo que quedaría aniquilado si no recibía pronto auxilio. Kimball reunió rápidamente cuantos infantes pudo encontrar, y los hizo subir a varios camiones.
– ¡Por Dios, consiga alguna ayuda! -gritó por teléfono Kimball a su ayudante, y saltó al vehículo que tenía más cerca. Llegaron hasta un puesto volado y Kimball ordenó a sus hombres que le siguieran, tras lo cual comenzó a avanzar a pie, entre un denso fuego de morteros, bazookas y fusiles. Delante vio un espectáculo estremecedor: nueve tanques de Gurney estaban en llamas, con cadáveres colgando de las escotillas, como si aún estuviesen tratando de escapar.