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Los norteamericanos pasaron fácilmente a través de las líneas enemigas, sin ser molestados, y siguieron dieciséis kilómetros adentro, cruzándose en algunas ocasiones con tropas germanas que marchaban en sentido contrario.

Al amanecer la fuerza especial pudo divisar el puente, pero en ese momento un soldado alemán que iba en bicicleta, detrás de una columna de tropas, reconoció los uniformes americanos. Estos eliminaron rápidamente la columna alemana, pero al momento una sirena comenzó a difundir la alarma. Cuando el primer tanque americano avanzaba hacia el puente, se produjo una gran explosión, y del río se elevaron cuatro columnas de agua. Cuando desapareció la humareda, la mayor parte del puente había desaparecido.

A su vez, el 3 de marzo, la Segunda División Acorazada de Simpson se acercó aún más para tratar de apoderarse de un puente sobre el Rhin, situado veintitrés kilómetros al norte de Düsseldorf. Además de acelerar en varias semanas el avance de Montgomery hacia Berlín, la captura del puente causaría al Führer un gran disgusto, ya que el mismo llevaba su nombre. El coronel Sidney Hinds, del Comando de Combate B, de la Segunda División Acorazada, expuso su plan al capitán George Youngblood, del 17.° Batallón de Ingenieros Blindados: una compañía de infantería perteneciente a la Fuerza Especial Hawkins avanzaría rápidamente por el puente Adolf Hitler y pondría fuera de combate a los centinelas alemanes de la otra orilla, mientras que los ingenieros de Youngblood procedían a desarmar las cargas explosivas colocadas en el puente. Era una jugada con pocas probabilidades de éxito, pero Hinds comprendió que había que intentarla.

La primera unidad de la Fuerza Especial Hawkins, integrada por la sección de tanques del teniente Peter Kostow, llegó al Rhin hacia el mediodía. Ante Kostow se hallaba el gran puente Adolf Hitler, de tres arcos, que medía unos quinientos metros de largo. Las granadas estallaban en las proximidades de los extremos del puente. Durante quince horas y media, el 92.° batallón de artillería acorazada había conseguido impedir que los alemanes volasen el puente. Kostow bajó de su carro de asalto, y antes de que los alemanes que se hallaban al otro lado se dieran cuenta, corrió hacia el puente y comenzó a cruzarlo, al tiempo que aumentaba su excitación con cada paso que daba. Kostow fue e] primer aliado que cruzó el Rhin. Se trataba de un momento histórico, pero él sólo estaba interesado en regresar para decir a Hawkins que el puente se hallaba intacto.

Cierto es que el puente estaba incólume, pero los alemanes estaban dispuestos a defenderlo a toda costa. Los primeros cuatro tanques que envió Hawkins fueron destruidos antes de que llegaran al puente. Después se enviaron dos batallones de infantería, que alcanzaron el puente, pero fueron eliminados por el fuego concentrado desde la orilla. Avanzó entonces otro grupo de tanques, los cuales se vieron detenidos por un gran embudo de granada, de unos cinco metros de diámetro, que se hallaba en la mitad de la carretera.

En cuanto oscureció, el teniente Miller, del 41.° Regimiento de Infantería, comenzó a avanzar para inspeccionar el puente. La noche era oscura, sin luna. Rodeó el orificio de la carretera y se dirigió hacia el extremo occidental del puente. Como Kostow, cruzó hacia la orilla oriental, donde el alquitrán de la carretera estaba ardiendo a causa de los disparos de la artillería norteamericana. De pronto, de una casa vecina partieron una serie de disparos, y Miller retrocedió corriendo hacia la orilla occidental. De pronto se produjo una explosión, que fue seguida un momento después por otra, la más potente que Hawkins había oído jamás. Pensó que los alemanes habían volado el puente, pero estaba demasiado oscuro para ver lo que pasaba, por lo que ordenó a tres soldados que examinasen la estructura del puente para ver si aún estaba en buenas condiciones.

El capitán Youngblood decidió que no podía esperar por la infantería, y se encaminó hacia el puente con sus ingenieros. Dejó tres soldados a retaguardia, y condujo a los otros entre la oscuridad, que sólo se veía atenuada por las explosiones de las granadas americanas y alemanas. Varias ráfagas cayeron sobre el puente, pero los ingenieros se arrastraron hacia adelante, cortando todos los cables que encontraban e inspeccionando los pilares y las uniones. En la orilla oriental vieron también arder el alquitrán de la carretera, y a continuación emprendieron el regreso. El puente estaba intacto. Aún había una oportunidad de hacer cierto lo que parecía imposible.

Mientras Hawkins reorganizaba a sus hombres para el ataque del amanecer, los alemanes se arrastraron a su vez por el puente y trabajaron febrilmente para reemplazar los cables de demolición cortados. Poco antes del alba se dejó oír una tremenda explosión, a la que siguieron otras más. Los americanos, que se aprestaban a iniciar el ataque, se detuvieron atemorizados, y vieron cómo la mitad oriental del puente se estremecía, derrumbándose luego sobre la corriente del río.

De todos los puentes que aún quedaban en pie sobre el Rhin, el que menos interesaba capturar era, como es lógico, el menos valioso. Durante los extensos preparativos para el ataque del Rhin, el puente ferroviario de Ludendorff, situado en Remagen, a ochenta kilómetros al sur de Düsseldorf, era uno de los que nunca había sido mencionado como posible punto de cruce. Las carreteras que llevaban hacia Remagen desde el Oeste eran deficientes, y una vez al otro lado del puente, los invasores tendrían que vérselas con un talud de basalto de doscientos metros de altura. Además de esto, durante una extensión de unos veinte kilómetros, se veían montes boscosos, atravesados por caminos poco transitables, que hacían casi imposible el avance de las unidades acorazadas. Pero la captura de cualquier puente sobre el Rhin constituiría una de las grandes hazañas militares de la guerra, por lo que el 4 de marzo, el general Hodges discutió esta posibilidad con el general John Millikin, comandante del Tercer Cuerpo. Las probabilidades eran muy remotas, ya que después del episodio de Urdingen los alemanes estarían más alerta que nunca.

El oponente de Hodges, general Gustav von Zangen, se hallaba sumamente preocupado por tal amenaza. Tuvo un presentimiento. Su Ejército, el 15.°, retenía con éxito una extensa sección del muro occidental, a unos cuarenta kilómetros al oeste de Remagen. Pero su vecino del Norte, el Quinto Ejército Panzer, había tenido que retroceder hasta el Rhin, dejando una brecha entre ellos de unos noventa y seis kilómetros. Zangen presentía continuamente que Hodges irrumpiría por su sección para apoderarse del puente de Ludendorff desde atrás. Por consiguiente, habló a su comandante de grupo de ejército, el mariscal de campo Walther Model, acerca de esta posibilidad, y le pidió permiso para retirar tres de sus divisiones del muro occidental para taponar la brecha. Fiero y competente, Model era un celoso discípulo de Hitler, y estaba resuelto a cumplir a toda costa su orden de defender cada palmo de tierra hasta el último momento.

– ¿Cómo puede usted justificar un movimiento tan importante de tropas?-inquirió Model, severamente.

– Los americanos tendrían que ser imbéciles si no aprovechasen la ventaja que les proporciona esta brecha, y no hicieran avanzar los carros de asalto hasta el Rhin. Creo que se lanzarán sobre este valle como la riada de una inundación.

– Eso es absurdo -replicó secamente Model, pensando que sólo un necio cruzaría por aquel punto tan escarpado-. Ninguno de sus efectivos será retirado del muro occidental, general. Sin embargo, algo interesante debió de encontrar Model en el razonamiento de Zangen, ya que un momento más tarde manifestó:

– En realidad, no creo que ocurra nada si se debilita un poco el muro occidental.

Alentado por estas palabras, Zangen sugirió que se enviasen también algunas tropas al puente de Ludendorff, para fortalecer sus débiles defensas.

– No debe usted pensar tanto en la retaguardia -contestó Model ásperamente, de nuevo, prohibiéndole que enviase un solo hombre a Remagen.