Gavving gritó a través del vacío.
—Esta es Minya, de la Tribu de Dalton-Quinn. Quiere unirse a nosotros.
—No os acerquéis. ¿Está armada?
—Lo estaba.
—Quiero sus armas. —Clave lanzó otra cuerda. Un bulto sorprendentemente grueso volvió con ella. Clave estudió el botín: un cuchillo tan largo como su propio brazo, como más pequeño, un manojo de miniarpones y dos armas para lanzarlos, una de madera y otra de metal.
Le gustó más la de madera. La cosa de metal parecía haber sido hecha para otro uso. De momento estaba adivinando qué era lo que tendrían que hacer, y le gustaba la idea.
—Ella intentó matarnos a todos —dijo Alfin.
—Verdad. —Clave le alargó al Grad la última vaina surtidor, con cierta mala gana—. Detén nuestro giro. Espera. ¿Ves aquella capa de corteza, lejos de nuestro alcance y que no se mueve muy deprisa? Intenta detener nuestro giro y hacer que nos acerquemos.
Alfin insistió.
—¿Qué pretendes hacer con la prisionera?
—Reclutarla, si está dispuesta a ello —contestó Clave—. Una tribu de siete ciudadanos es algo ridículo.
—Aquí no hay ningún sitio donde encerrarla.
—¿Piensas pasar aquí el resto de tu vida?
La vaina surtidor esparció gas y semillas.
—Así no vamos a llegar hasta la corteza. No hay suficiente empuje.
Alfin todavía no había acabado de preguntar. Clave le dijo:
—A no ser que hayas descubierto que te gusta caer, supongo que desearías vivir en la mata de un árbol integral Hemos hecho un prisionero que vive en una mata. Tenemos la oportunidad de ganarnos su gratitud.
—Tráela.
Nueve — La balsa
El estanque era una pequeña y perfecta esfera a veinte klomters de la Mano del Controlador; una gota gigante de agua que arrastraba un tallo de bruma en dirección hacia el sol. Cuando el sol brillaba tras él y lo atravesaba, como hacía en aquel momento, Minya vislumbraba unas sombras que se agitaban en su interior.
Estaba yendo a la deriva.
Los extremos del árbol estaban muy lejos y todavía separándose: la Mata de Dalton-Quinn derivaba hacia afuera y hacia el oeste, la Mata Oscura hacia dentro y hacia el este. El rastro de humo que las unió empezaba a desdibujarse, salvo por oscuras corrientes que no eran más que indecisas nubes de insectos.
Algo surgió del estanque, y el estanque se onduló y convulsionó. La criatura era grande incluso a aquella distancia. Era difícil distinguir su forma, pero parecía algo así como una boca con aletas. Minya la observó a disgusto. No parecía dirigirse hacia ellos. Aleteaba hacia la pista de humo.
Un perdido grupo de ciudadanos flotando sobre la Mano del Controlador. Todos no podían agarrarse a ella. No había sitio, y el hongo no podía acogerlos a todos a la vez. Usaban púas y ronzales y parecían sentir cierta desgana por acercarse demasiado a Minya.
El más viejo, Alfin, colgaba del tallo. Había perdido su expresión aterrorizada, pero no hablaba, ni se movía.
El Grad estaba observando a Minya. Le dijo:
—Miin Ya. ¿Es así?
—Casi. Minya.
—Ah. Minya… si alcanzamos tu extremo del árbol, ¿nos ayudarás para que nos unamos a tu tribu?
Todos los ojos estaban puestos en ella. Los del más viejo parecían desesperados. Bueno, al fin había llegado el momento. Minya habló.
—Tenemos sequía. Demasiadas bocas para alimentar.
—Es probable —dijo el Grad—, que tu sequía se acabe ahora. Allí hay agua.
—¿Tú eres el aprendiz del Científico de la Tribu de Quinn?
—Así es.
—Lo acepto porque lo dices. ¿Desde cuándo nueva agua hace crecer nueva comida? En ningún…
—Ahora habrá pájaros devoradores en el viento…
—¡Yo no quiero volver! —Bien, lo había dicho.
—¿Has cometido algún crimen? —preguntó Clave.
—Estaba pensando cometer un crimen. Lo había cometido. ¡Por favor!
—Dejémoslo. Pero si nos pasamos aquí toda la vida, ésta no va a ser muy larga. Cualquier familia triuna que pase puede pensar que somos un apetitoso bocado de champiñón. O aquella boca voladora que salió del estanque hace un minuto…
—¿No podemos buscar otro árbol, uno en el que no haya nadie? Sé que ahora no podemos ir a ninguna parte, pero si podemos intentar ir a la Mata de Dalton-Quinn, ¿porque no intentar ir a otro árbol? No los convencería Pero quizá lograra distraer su atención. De todas formas, siempre será mejor que lo que estamos haciendo ahora. Podemos comernos la Mano, pero, en ese caso, no podríamos agarrarnos a ella. Necesitamos un sitio donde amarrarnos.
Minya señaló.
—Aquello.
Aquello era una desgarrada plancha de corteza, de diez metros de largo y la mitad de ancho, a su altura y a unos cien metros de distancia. La mayor parte de su velocidad de giro se había perdido con la fricción del aire. Clave (¿el Presidente?) dijo:
—La he estado observando todo el día. No está lo suficientemente cerca. ¡Comida de árbol, si pudiéramos movernos, iríamos a por el estanque!
—Quizá —dijo el Grad— el árbol haya dejado un vacío parcial. Eso podría arrastrarnos. Podemos esperarlo.
—Podemos hacer más que eso. Podemos acercarnos más a la corteza. —Minya buscó sus armas.
Una mano se aferró a su muñeca, los dedos la rodeaban casi dos veces.
—¿Qué piensas que estás haciendo? Largos, fuertes dedos que no sentían escrúpulos por tocar a otro ciudadano. Había hombres como Clave en la Mata de Dalton-Quinn. Ellos habían empujado a Minya al Pelotón de Triuno… Minya sacudió la cabeza, violentamente. Estaba prisionera y había llegado hasta allí como una asesina. Habló lenta, cuidadosamente.
—Pienso que puedo clavar una flecha enlazada en aquel pedazo de madera.
Clave dudó, luego la soltó.
—Adelante, inténtalo.
Minya utilizó el arco metálico de Sal. La flecha se fue ralentizando mientras volaba, y luego empezó a desviarse. Lo intentó nuevamente. Dos flechas colgaron a los extremos de flácidas cuerdas. Hubo murmullos de disgustos cuando Gavving empezó a enrollar los cabos.
—Me gustaría intentarlo —dijo Clave tomando el arco. Cuando disparó, la cuerda le rozó el antebrazo y maldijo. La flecha se detuvo enseguida.
Minya nunca se ponía nerviosa. Tomaba decisiones rápidamente, importantes o no: aquello también la había ayudado a meterse en el Pelotón de Triuno.
—Mantén el brazo izquierdo recto y rígido —dijo— Tira tan fuerte como puedas. Retuerce la cuerda un poco a la derecha y así no te darás en el brazo. Mira a lo largo de la flecha. Ahora, no te muevas.
Levantó el bucle de cuerda y lo arrojó tan fuerte como pudo en dirección a la plancha de corteza. La flecha no tendría que arrastrar ya tanto peso.
—Cuando estés dispuesto.
La flecha avanzó a toda velocidad. Se clavó en una esquina de la corteza y allí se quedó. Clave empezó a hacer presión sobre la cuerda, lenta. Se acercaba lentamente. La flecha se soltó.
Clave repitió el ejercicio sin dar signos de impaciencia. La corteza estaba ya unos cuantos metros más cerca. La alcanzó nuevamente y tiró de la cuerda como si estuviera luchando con algún gran pájaro devorador.
La corteza se acercaba a ellos. Clave clavó otra flecha profundamente en la madera. Cruzaron por la cuerda. Minya notó el suspiro de Alfin al encontrarse de nuevo a salvo atado a la madera.
Y también se dio cuenta de lo que hacía Clave.
—Bien hecho, Minya. —Pero se quedó con el arco.
—Usaremos el otro lado de la corteza como aseo —les instruyó Clave—. De momento, la corteza es todo lo que tenemos, así que no es cosa de tenerla sucia. Cuando deis de comer al árbol, el fertilizante que se vaya hacia afuera.