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—¿Eso es cuanto vas a hacer? —preguntó Alfin.

—Todo lo que necesito —dijo el Grad—. La cassette que hemos empleado es de grabación reciente. Se solía usar para cuestiones médicas, pero el Científico se quedó sin material y la borró. No podremos volver a usar el resto del material de ningún modo. Los hombres de las estrellas sufren enfermedades de las que nunca hemos oído hablar y usan medicinas de las que nadie tampoco ha oído hablar… Estas cassettes contienen formas de vida, es una cosmología, contiene viejas grabaciones. Totalmente clasificadas, claro.

—¿Clasificadas?

—Secreto. —El Grad empezó a guardar el equipo.

—Para —dijo Clave.

El Grad le miró.

—¿Está en tu conocimiento clasificado lo que podemos necesitar saber para seguir vivos? —Clave se detuvo, pero no lo suficiente como para que el Grad pudiera contestar—. Si no es así, ¿por qué debemos guardar ese material, o dejar que lo arrastres contigo si te caes? —Pausa—. Si es así, estás ocultando un conocimiento que necesitamos. ¿Por qué deberíamos protegerte?

El Grad se quedó boquiabierto.

—Grad, eres valioso. Somos ocho para caer, no podemos perder a ninguno. Pero si sabes por qué necesitamos un Científico más que un aprendiz de cazador, harías muy bien en enseñárnoslo ahora. Era como si el Grad se hubiese quedado congelado con la boca abierta. Luego… asintió con la cabeza espasmódicamente. Eligió una cassette y la colocó en el borde de lo que no era un espejo.

—Prikazyvat Encontrado moby: eme, o, be, y.

La pantalla se encendió y luego se llenó de impresión. El Grad leyó:

—El moby es una criatura del tamaño de una ballena con una boca inmensa y vertical cuyos carrillos son porosos, y utilizados como filtros. Se alimenta volando a través de nubes de insectos. Tamaño: setenta metros. Masa: aproximadamente ochocientas toneladas métricas. Un ojo principal. Dos ojos más pequeños, mejor protegidos y probablemente muy adecuados para actuar a corta distancia, a ambos lados de un único brazo. Permanece siempre cerca de los estanques o de las junglas de algodón hilado. Prefiere estar girando continuamente, para estabilizarse y para vigilar la llegada de predadores, pues no hay ninguna dirección segura en un entorno de caída libre. Los moby evitan a las criaturas mayores y también se asustan de nuestros MACs. Cuando son atacados luchan como el Capitán Ahab: su único brazo está rematado por cuatro dedos, y los dedos rematados por arpones que crecen como garras.

Clave echó una mirada por encima del hombro. Pudo ver una lejana imagen de la boca volante. A pesar del enjambre de insectos que había cerca de la balsa, daba vueltas a su alrededor.

—¿Aquello?

—Creo que sí.

—¿Macs? ¿Capitán Ahab? ¿Tamaño de ballenas?

—No sé lo que son ninguna de esas cosas.

—No importa, lo adivino. Algo así. Es tímido, y come escarabajos, no ciudadanos. No suena como la descripción de una amenaza.

—Y por eso necesitáis un Científico. Sin las cassettes no sabríais nada de todo eso.

—Quizá —dijo Gavving— no nos gusta que dé vueltas a nuestro alrededor.

Lo dijo tambaleándose un poco. Nadie se rió. Quizá estaban demasiado sedientos. Clave estudió al macizo devorador de insectos, frunció los labios, asintiendo…

Clave se detuvo mientras Minya lo colocaba, agarrando Clave el arco de metal con la mano izquierda, tensando la cuerda del arco hasta medio camino de su mejilla. En lugar de colocar uno de los miniarpones de Minya, ante él asomaba metro y medio de uno de sus propios arpones.

El moby le estaba mirando. Esperó hasta que el giro de la criatura colocó su ojo principal en el lado más lejano.

—Lanza la cuerda —dijo.

Gavving arrojó la cuerda enrollada hacia el moby. Clave la dejó que se desenrollara por un momento, luego envió el arpón tras ella.

El arpón se bamboleó en su vuelo, hasta que la cuerda que arrastraba se tensó nuevamente. Con el arco de acero y los músculos de Clave para propulsarlo, el impresionante arpón podía llegar volando hasta donde estaba el moby. No lo hizo. Ni siquiera se acercó.

—Recoge y enrolla la cuerda —le dijo a Alfin. A los otros les pidió—: Flechas. Clavad algunas flechas en la bestia. Que enloquezca. Llamad su atención.

La flecha del Grad se desvió mucho y Clave le detuvo para que no malgastara otra. La de Gavving y la de Minya volaron alineadas y chocaron entre sí cuando Clave dijo—: Basta. Queremos que se vuelva loco, no herirlo ni irritarlo. Grad, ¿hasta qué punto se supone que es pacífico?

—Te leí todo lo que sé.

¡Clasificado! En la primera oportunidad que tuviera, Clave buscaría toda la información que contuvieran todas aquellas «cassettes». Haría que el Grad se las leyera.

La diáfana cola del moby estaba en movimiento. Había percibido el rumbo de los arpones y se encaminaba hacia otro lado. Entonces la alcanzaron las primeras flechas. Una golpeó en la aleta, otra en el carrillo, ninguna con mucha fuerza.

El moby se convulsionó. Sus aletas batieron y se dio la vuelta. Una tercera flecha se incrustó muy cerca de su ojo principal. Volvió la cara hacia ellos.

—Alfin, ¿has recogido ya la cuerda?

—Todavía no.

—¡Pues date prisa, copsik! ¿Estáis todos atados?

El cielo se había abierto en una boca; bostezaba y se hacía inmensa. Un brazo esquelético se plegó hacia adelante, presentando cuatro arpones.

—¿Debemos dañarlo ahora? —preguntó Alfin.

—Comida de árbol. Voy a ponerle esto en la cola.

El moby le hizo un favor. Su cola chasqueó hacia adelante —y sintieron el viento que levantó mientras daba vueltas para examinar la situación. Cuando la cola estuvo a su alcance, Clave disparó. El arpón se hincó sólidamente en la parte carnosa, por encima de la abierta y traslúcida aleta. El moby se estremeció y siguió avanzando.

La «mano» latigueó hacia adelante. Gavving gritó y saltó entre los cercanos y afilados arpones, hacia el cielo, hasta que su ronzal se tensó y le arrastró hacia el borde de la corteza. Minya vociferó y acuchilló la «mano».

—Parece hueso —informó y se dio la vuelta nuevamente.

Clave cogió otro arpón y saltó hacia la tremenda cara.

Pinchó los labios de la criatura antes de que la cuerda hubiera tirado de él. Los grandes dedos esqueléticos se encresparon alrededor y detrás suyo. La espada de Minya golpeó en una de las articulaciones y uno de los dedos como arpones echó a volar libremente.

El moby echó la mano hacia atrás. Su boca se cerró y se quedó así. La criatura retrocedía utilizando las aletas laterales.

Gavving se ató a la corteza sin ayuda. Observó cómo el moby daba vueltas, cómo se retiraba.

La balsa de madera se levantó. El moby se detuvo, se dio la vuelta para mirar hacia atrás. La balsa lo seguía. Empezó a bambolearse duramente contra el aire.

Un punto de luz solar relucía cerca del borde del estanque. Brisas errantes rizaban su superficie. Las sombras se movían en su interior. Una distante semilla de vainas enviaba zarcillos a lo largo de un klomter de espacio hacia el agua. Gavving frunció los labios y suspiró.

Decenas de miles de toneladas métricas de agua se evaporaron ante él.

Clave maldecía obsesivamente. Se detuvo y dijo:

—Lo siento. El moby se va a zambullir en el agua para intentar perdernos.

Gavving abrió la boca, lo reconsideró… y dijo algo.

—Fue idea mía. ¿Por qué no me echáis la culpa?

—La culpa ha sido mía. Yo soy el Presidente. ¡Además, valió le pena el intento! Sólo quisiera saber hacia dónde nos arrastra la bestia.

Esperaron a saberlo.