Kara le ató al Grad la muñeca derecha a los tobillos, y luego le soltó.
—No intentes desatarte de nuevo —le advirtió.
Carne cruda, pensó, estremeciéndose; pero se le hacía la boca agua. Hild envolvía láminas de carne rosada alrededor de los tallos y le pasó uno al Grad. Este lo mordió.
Su mente se quedó en blanco. Uno puede aprender a apartar del pensamiento hambre en época de escasez… pero, en aquella ocasión estaba definitivamente hambriento. La carne tenía una rara y elástica textura. El condimento era agradable; el picante sabor de la cebolleta invadía su boca.
Le miraron mientras comía. Tengo que hablarles, pensó nebulosamente. Es nuestra última oportunidad. Podemos unirnos a ellas. De otro modo, ¿qué podemos hacer? Quedarnos y ser cazados, o dejar que nos apresen los invasores o saltar al cielo… El pájaro del tamaño de un hombre estaba menguando. A Lizeth parecía satisfacerle el cortar filetes hasta que fue imposible; Debby estaba cortando las cebolletas para envolverlos. Le observaban con irritantes sonrisas. El Grad se preguntó si considerarían los eructos de mala educación, pero eructó de todos modos, y luego siguió tragando. Había aprendido mientras trepaba a lo largo del árbol que un eructó era una mala cosa en caída libre, sin gravedad que llevara el gas a la parte alta del estómago.
Pidió agua. Lizeth le pasó una calabaza llena de su jugo. Echó un buen trago. La cebolleta se había acabado. Sintiéndose placenteramente lleno, el Grad remató la comida con un manojo de follaje.
Nada es enteramente malo cuando uno se siente bien.
Kara, la Cresidenta, dijo:
—Una cosa está clara. Ciertamente eres un refugiado. Nunca he visto hambriento a un cazador de copsiks.
—¿Una prueba? El Grad tomó su tiempo para acabar de comer.
—Listo —dijo—. Ahora que eso está ya establecido, ¿podemos hablar?
—Hablemos.
—¿Dónde estamos?
—En ninguna parte en particular. No quiero enseñarte al resto de la tribu hasta que no sepa quién eres. Incluso allí, los cazadores de copsiks pueden encontrarnos.
—¿Quiénes son esos… cazadores?
—Cazadores de copsiks. ¿No utilizáis la palabra copsik? —Sonó más como corpsik cuando ella lo dijo.
—Es una palabra que sólo se usa para insultar —le contestó.
—No es así para nosotros, ni para ellos. Ellos nos toman como corpsiks, para que les sirvamos el resto de nuestras vidas. Muchacho, ¿qué estás haciendo?
El Grad se había acercado su mochila con la mano libre.
—Soy el Científico de la Tribu de Quinn —dijo con tonos helados—. Pienso que puedo encontrar algún significado para esa palabra.
—Adelante.
El Grad desenvolvió su lectora. Tenía sobre él la total atención de los Estados de Carther. Las mujeres estaban atemorizadas y cautelosas; Lizeth tomó su jabalina y la preparó. El Grad eligió la cassette con las grabaciones, la insertó en la lectora y dijo:
—Prikazyvat Encuentra copsik.
—Prikazyvat Encuentra… —dijo el Grad y acercó la lectora al rostro de Kara. La Cresidenta se asustó, luego le habló al aparato:
—Corpsik.
El Grad dijo:
—Prikazyvat Comentario.
La pantalla se llenó de impresión.
—¿Puedes leerlo? —preguntó el Grad.
—No —dijo Kara dirigiéndose a todos ellos.
—Corpiscilo es un término insultante usado para describir a las personas congeladas con fines médicos. En el siglo precedente a la fundación del Estado, varias decenas de miles de personas fueron congeladas inmediatamente después de la muerte con la esperanza de que pudieran ser revividas y curadas algún día. Se descubrió que aquello era imposible. Pero el Estado, más tarde, empleó las personalidades almacenadas. Los modelos de memoria pudieron ser regrabados a partir de un cerebro congelado, y el ARN extraído del sistema nervioso central. Un cerebro criminal podía ser transformado a una nueva personalidad. Ningún derecho de ciudadanía les fue concedido a aquellos corpiscilos. El tratamiento fue perfeccionado posteriormente y empleado por pasajeros y tripulantes de largos viajes interestelares.
»’La tripulación de la nave sembradora de exploración Disciplina incluía a ocho corpiscilos. Los grupos de memoria eran los de respetados ciudadanos de edad avanzada, con aptitudes apropiadas para una aventura interestelar. Existía la esperanza de que los corpiscilos estarían agradecidos por encontrarse con salud y con cuerpos jóvenes. Esa presunción demuestra…’ No puedo dar un sentido de todo esto. Una cosa, sin embargo, resulta clara.
Un copsik no es un ciudadano. No tiene derechos. Es una propiedad.
—Es cierto —dijo Debby ante el evidente enfado de la Cresidenta.
Así que la Cresidenta no se fía de mí.
—¿Cómo os encuentran? Esto debe ocupar varios klomters cúbicos, y vosotros lo conocéis y ellos no. No entiendo por qué luchasteis.
—Nos encuentran. Ellos nos han encontrado ya en dos ocasiones mientras nos ocultábamos en la jungla —dijo Kara amargamente—. Su Cresidente es mejor que yo. Quizá su ciencia acrecienta sus sentidos. Grad, nos gustaría mucho contar con tu conocimiento.
—¿Nos haríamos ciudadanos?
La pausa duró unos segundos.
—Si lucháis —dijo Kara.
—Clave se ha roto una pierna mientras bajábamos.
—Sólo haremos ciudadanos a aquellos que puedan luchar. Nuestros guerreros están luchando ahora mismo y, ¿quién sabe si podrán rechazar a los cazadores de corpsiks? Si podemos hacerles un poco de daño, quizá no intenten llevarse a nuestros niños y viejos y mujeres que tienen huéspedes.
—¿Huéspedes? Oh, las embarazadas.
—¿Qué pasa con Clave y con las mujeres? ¿Qué les pasará a ellos?
—La Cresidenta se encogió de hombros. —Podrán vivir con nosotros, pero no como ciudadanos. —No era mucho, pero era lo mejor que podía conseguir.
—No puedo decir ni sí ni no. Tendré que hablar con ellos. Kara… ¡ah!
—¿Qué pasa?
—Acabo de acordarme de algo. Kara, hay clases de luz que no puedes ver. Hay máquinas que se usan para ver el calor de los cuerpos. Así es como os encuentran.
La mujer miró a ambos lados aterrorizada. Debby susurró:
—Pero sólo un cadáver está frío.
—Si hay pequeñas hogueras que se encienden en el bosque…, puede que ellos se detengan en cada una de ellas.
—Muy peligroso. El fuego podría… —su voz se apagó—. No importa. El fuego se apaga a menos que se le avente. El humo lo sofocaría. Después de todo, quizás sea posible, al menos cerca de la superficie.
El Grad asintió y buscó más follaje. Las cosas adquirían mejor aspecto. Si algunos de ellos llegaban a ser ciudadanos, podrían proteger al resto. Quizá la Tribu de Quinn había encontrado un hogar…
—Tres grupos, y todos han ido hacia abajo. Las huellas están muy borrosas —dijo la apagada voz del piloto. El mac colgaba detrás del hombro de Patry, el Jefe del Pelotón, apuntando con el arco a la jungla—. ¿Vais a ir tras ellos?
—¿Cuántos individuos componen los grupos?
—Tres y tres y un grupo mayor. El grupo mayor es el primero. Probablemente no los atraparás.
En las manos de los hombres de Patry una masa de verdor se alzaba desde un soporte y flotaba libremente. Patry informó:
—Hemos descubierto dónde están enterrados. De acuerdo, vamos a ir tras ellos. —Se unió a los hombres que esperaban—. Mark, toma el control. El resto de vosotros, seguidme. Hay que rodear la pelusa amarilla, son helechos venenosos.