Llevaba aventando los carbones durante medio día. Su pierna estaba soldada. Cuidadosamente, cambió de posición.
Kara la Cresidenta pasó casi rozándole. Hundió el rezón entre el follaje y se detuvo cerca de Clave.
—¿Qué estás haciendo?
—Qué crees tú? ¿Te parece que está bien el fuego?
Ella lo miró.
—Sigue así. Echa otra rama dentro de cien latidos a partir de ahora. ¿Cómo va la pierna?
—Mejor. ¿Podemos hablar?
—Tengo otros fuegos que vigilar.
La Cresidenta de los Estados de Carther era el equivalente del Científico. Quizá aquella palabra había significado Presidente en otros tiempos. Parecía tener más poder que el jefe político, el Comlink, que pasaba la mayor parte de su tiempo averiguando lo que deseaban los demás. Ganarse su atención merecía la pena.
—Cresidenta —dijo Clave—, soy un habitante de árbol. Vamos a atacar un árbol. ¿No vas a utilizar mis conocimientos?
Kara lo consideró.
—¿Qué puedes decirme?
—Mareas. No estáis acostumbrados a las mareas. Yo sí, y también esos cazadores de copsiks. Si tú…
La mujer sonrió irónicamente.
—¿Podrías encargarte de nuestros guerreros?
—No es eso lo que pretendo. Atacad el centro del árbol. Haz que vayan allí a por nosotros. Los he visto luchar en caída libre, y vosotros sois mejores.
—Lo pensaremos… —Kara vio la mueca de Clave—. No, no te pares. Me alegra que estés de acuerdo. Hemos vigilado el Árbol durante décadas, y dos de los nuestros lograron escapar en una ocasión. Sabemos que los copsiks viven en la mata interior, pero que el carguero está protegido en el centro del árbol. ¿Iríamos allí primero?
La ciencia al nivel del carguero, contrastando con la de la caja voladora, hizo que Clave se sintiera a disgusto. Intentó apartar aquel sentimiento…
—Vi cómo usaban esa cosa. Pueden llevar a sus propios guerreros donde quieran y dejar a los nuestros forcejeando en el aire. Sí. Coge primero el carguero, aun en el caso de que no puedas hacerlo volar.
—De acuerdo.
—Cresidenta, no sé cuáles son tus planes para atacar.
Si quieres decirme algo más, quizá tenga mejores respuestas. —Clave ya lo había propuesto antes sin obtener respuesta. Era igual que hablar con el árbol.
Kara liberó el rezón con un chasquido del gancho de la cuerda. Empezó a moverse.
¡Comida de árbol!
—Una cosa —añadió Clave—. Si conozco al Grad, a estas alturas ya sabrá cómo se hace volar el carguero, si es que ha tenido oportunidad. O puede que Gavving haya visto algo y se lo haya contado al Grad.
—No hay forma de que sepamos eso.
Clave se encogió de hombros.
—Tomaremos el carguero y probaremos con el Grad.
Clave empujó hasta los carbones una rama espinosa y volvió a hacer ondear la manta.
—Tú mismo te llamas Cresidente… —dijo Kara—. Presidente de un pueblo destruido. Confío en que sepas lo que es ser un líder. Si sabes cosas que no debieran ser conocidas por los enemigos… si vas a la guerra con la primera oleada de guerreros… ¿qué les dirías a mis ciudadanos si estuvieras en mi lugar?
Estaba lo suficientemente claro.
—Clave no vivirá para ser capturado e interrogado. Cresidenta, tengo muy poco que perder. ¡Si no puedo rescatar a mi pueblo, mataré cazadores de copsiks!
—¿Merril?
—Luchará conmigo. Aunque no bajo las mareas. Y… no le digas nada. Yo no quiero matar a Merril si es capturada.
—Demasiado bonito. Llamáis al embudo «la boca del árbol»…
—Yo estaba equivocado, ¿verdad? La jungla no puede alimentarse de ese modo. Aquí no hay viento suficiente. ¿Por qué?
—Así es como se mueve la jungla. Los pétalos también forman parte de ella. El otro lado de la jungla es más seco, allí el embudo está de frente. Los pétalos reflejan la luz del sol y hacen que la jungla gire en esa dirección.
—Hablas como si la jungla fuese una criatura completa, que piensa.
Kara sonrió.
—Eso no es muy exacto. Ahora estamos bromeando. Los fuegos hacen que la jungla se seque por un lado.
—Oh.
—Hay decenas de formas de vida en la jungla. Una de ellas es una especie de… espina. Ese ser vive en las profundidades, y se alimenta de musgo muerto que se aparta del centro. En la jungla todo contribuye a algo. El follaje está formado por varios tipos de plantas que arraigan en las concentraciones del corazón de la jungla, pero que pudren y alimentan el corazón de la jungla y lo escudan si algo grande golpea contra ella. Nosotros también hacemos nuestro trabajo. Bajamos fertilizante —hojas muertas y basura y a nuestros propios muertos— y matamos a los parásitos en sus madrigueras.
—¿Cómo se mueve la jungla? El Grad no lo sabía.
—Los pétalos plateados giran la jungla para colocar el embudo en la parte donde la jungla es más seca. Si siempre estuviera seco, el embudo expulsaría vapor caliente.
—¿Así?
—Clave, ya es hora de apagar los fuegos. Tengo que decírselo a los otros. Volveré.
Minya siguió a Dloris a través de los retorcidos túneles enramados. La presión de Minya en el brazo de Jinny se había aflojado; la volvería a sujetar si Jinny hacía cualquier otra locura. Pero la boca del árbol, y cualquier oportunidad de saltar hacia el cielo, se alejaban con cada paso que daban.
El camino entre los túneles se retorcía, Minya no sabía exactamente dónde estaba. Entre las ramas medias, pensó; y la mata podía estrecharse hasta la punta. No podía ver madera sólida más que desde el camino que señalaban las ramas espinosas, con la rama muy por debajo y a la izquierda. Más adelante pasó junto a un túnel espinoso y pudo escuchar las risas de los niños y los gritos de los decepcionados adultos: las escuelas. Podría volver a encontrar aquel sitio de nuevo.
La boca de una choza tejida se abrió sobre ella. Dloris se detuvo.
—Minya. Si alguien pregunta… tanto tú como Jinny creéis que estáis preñadas. Así el Aprendiz del Científico os examinará a las dos. Jinny, voy a hablar de ti con tu hermana, y espero que nadie se entere de mis asuntos.
Alcanzaron la choza. Dloris las empujó dentro. En el interior había dos hombres, uno vestido de azul, de la Armada, el otro…
—¿Tú quién eres? —preguntó Dloris.
—¿Señora Supervisora? Soy Jeffer, el Aprendiz del Científico… otro aprendiz. Lawri está ocupada con otras cosas.
Encontrarse con Jinny y con Minya era más de lo que Grad había esperado.
Presentó a las mujeres a su escolta de la Armada: Ordon parecía bastante interesado. Ordon y Dloris se quedaron mientras el Grad preguntaba a Jinny. No podía estar embarazada, se había equivocado en las cuentas, y así se lo dijo. Ella y Dloris asintieron como si lo esperasen y se marcharon de la choza por la parte trasera.
El Grad la hizo a Minya las preguntas adecuadas. Había menstruado doce sueños antes de que se desmantelase el Árbol de Dalton-Quinn. El Grad se dirigió al hombre de la Armada.
—Tengo que examinarla.
Ordon entendió la indirecta.
—Esperaré fuera.
El Grad explicó lo que necesitaba. Minya se quitó la lazada del poncho, lo levantó y se colocó encima de la mesa. El Grad la palpó el abdomen y los pechos. Comprobó las secreciones de su vagina con los jugos de plantas que Klance le había enseñado a utilizar. Había practicado ligeramente la técnica de examen en la Mata de Quinn, con la supervisión del Científico, como parte de su entrenamiento. Una vez.