Ahora: un programa en curso que los llevara hasta allí, para estudiarlos…
Apenas tuvo tiempo para la esperanza. Kendy había aprehendido los mecanismos orbitales directamente. Vio al instante que no había combustible, y que la luz del sol no era suficiente para realizar la electrólisis del agua a tiempo. Su propio par de MACs, que le suministraban energía merced a sus colectores solares, no tenían combustible suficiente para arrastrar el MAC de los salvajes, suponiendo que Kendy hubiese querido arriesgarlos a ambos en aquella misión.
Olvidar aquello y probar de nuevo… Podría devolverles al Anillo de Humo en el momento que se produjera la menor distancia entre ellos y el Mundo de Goldblatt. De hecho, el computador del MAC estaba ya trabajando para cambiar el curso. Pero se podría lograr a tiempo. Por entonces, todos habrían muerto.
Dejó intacta aquella parte del programa. Borró las barreras que le impedían comunicarse. Radió hacia el MAC el programa revisado al paso de tortuga que el MAC podía aceptar.
El MAC lo archivó.
¡Funcionaba! Al menos podría echarles un vistazo, darles un poco de conocimiento, antes de que se fueran. ¡Después de quinientos doce años!
El frío había invadido a los gigantes de la jungla. Anthon y Debby e Ilsa estaban acurrucados formando una amistosa, abrazada y estremecida bola, con los ponchos de reserva apretados sobre ellos.
Los demás pasajeros lo aguantaban mejor. Había ponchos para todos, menos para Mark, y sobraban otros dos. Habían desgarrado uno para hacer bufandas. Jinny pasó una bufanda alrededor del cuello de Mark y metió las puntas por el collarín del traje plateado.
—¿Estás cómodo?
El hombre de plata parecía bastante animado, pese a las cuerdas que lo mantenían inmóvil en la silla.
—Estupendo, gracias.
—¿Ese traje es lo bastante grueso?
—Maldita sea, mujer, tú eres la que tiemblas. Este traje mantiene su propia temperatura, lo mismo que el mac. Si alguien necesita mi bufanda… ¿te hace falta a ti?
Jinny sonrió y negó con la cabeza.
—De acuerdo, estaría mucho mejor con mi yelmo cerrado —dijo Mark, y sonrieron ambos como si hubiera dicho algo divertido. Pero había algo que no necesitaba ser dicho: si no podían cerrar la fuga, o si Lawri decidía matarlos de alguna manera, Mark moriría con los demás.
El Grad fabricó una antorcha con una de las bufandas y ralladuras gruesas de la piel del pájaro salmón. Estaba a punto de encenderla cuando notó la niebla ante su rostro. La sopló… humo blanco. Todos salvo Horse estaban expeliendo humo blanco, como si fumaran.
—Si pensáis haber localizado la fuga, ¡echadle el vaho! —anunció—. Contened el aliento. No, Jayan, olvida las puertas. La Voz tiene sensores allí.
Lawri hizo algo en los controles.
—Estoy elevando la humedad del aire… el agua del aire. Así habrá más bruma.
Los ciudadanos se fueron turnando ante el panel de control para encontrar puntos blancos en el diagrama amarillo. El Grad empezó con la incómoda tarea que los demás podían olvidar: arrastrarse entre los asientos, bordeando el frío cadáver del amigo de Gavving, echando el aliento hacia el suelo allí donde se unía con la pared de estribor.
Merril gritó.
—Lo tengo. Es la ventana arqueada.
Una multitud de ciudadanos gateó alrededor del borde del ventanal, echando el aliento, mirando el pálido humo mientras formaba corrientes allí donde la ventana se unía al marco. La ventana estaba floja alrededor de la esquina de babor.
—Mirad con cuidado —ordenó Lawri—. Puede haber más.
Ella misma se dirigió a popa. El Grad se unió a ella en la pared trasera.
—¿Qué estás pensando? ¿Hay algún modo de taponar las fugas?
La Voz empezó una cuenta atrás. Lawri esperó mientras se encendían pequeños chorros de fuego. El grupo de gigantes de la jungla se hundió contra la pared de popa sin separarse. Usa se rió tontamente. Todavía debía estar flotando por los efectos de la droga de la pistola escupidora.
El ruido cesó.
—Quizá —dijo Lawri—. ¿Tenemos algo con lo que transportar agua?
—¡Necesitamos calabazas! —pidió el Grad.
Encontraron tres. Merril las recogió y las llevó hacia abajo. Jayan y Jinny estaban exhalando hacia las ventanas laterales, lo que parecía correcto. Gavving y Minya se movían a lo largo del borde de la ventana arqueada, echando vapor y mirando. La bruma pasaba al exterior y se desvanecía inmediatamente, a lo largo de una curva de la ventana tan larga como el brazo del Grad, del hombro a los dedos.
Lawri giró una válvula. Un agua marrón rezumó de la pared de popa, formando un glóbulo creciente.
—¡Eso es lodo! —dijo Merril con disgusto.
—Estaba en el agua del estanque —dijo Lawri—. El mac rompe el agua pura en hidrógeno y oxígeno, pero deja atrás esta sustancia pegajosa. A menudo tenemos que limpiarla. Hay un sistema de eyección, y podéis estar malditamente contentos por ello.
—No podemos beber esa sustancia. Tendremos que gastar la reserva de agua de Minya.
—Decidle que viviremos tiempo suficiente como para estar sedientos. —Lawri tomó las calabazas y las llenó con el líquido del glóbulo marrón. Merril hizo una mueca, al ver cómo se llenaba cada una de las calabazas.
Lawri se fue hacia adelante con ellas. ¿Iría a tapar la fuga con lodo? Si Lawri fallaba, tendría que hacerlo él solo; pero la necesitaba a su lado, tanto tiempo como fuera posible.
Lawri extendió el agua embarrada a lo largo del marco del ventanal.
La bruma se quedó fuera. El cristal empezó a empañarse. El agua se quedó donde ella la había puesto, en una gran burbuja marrón. Durante los siguientes minutos —en los que Lawri sólo se dedicó a vigilar los controles— el agua se redujo y espesó tornándose en un marrón más oscuro. En aquellos momentos, empezó a endurecerse.
—¿Grad? —dijo Clave—. ¿Funciona?
El Grad parecía de hielo. Aquello era tan irreal para él como los gases licuados de los tanques. Miró a Lawri.
Lawri cruzó su mirada y le dijo:
—No aceptaré el puesto de Aprendiz del Científico.
Después de aquella actuación, ¿sería ella quien los dirigiera? Clave fue el primero en hablar, y lo hizo apresuradamente.
—Estoy seguro de que habrá sitio para dos Científicos en la Tribu de Quinn. Especialmente, en estas circunstancias.
—Yo os he salvado. Ahora quiero volver al Árbol de Londres. Eso es todo lo que quiero.
Ella se lo ha ganado, pensó el Grad, pero…
—Pon rumbo allí —dijo Clave.
El mac había bajado la nariz hacia el Anillo de Humo. Más cerca de ellos estaba la forma tormentosa que rodeaba y envolvía Gold, una turbulenta espiral de nubes, con una joroba en el centro. Toda la forma derivaba hacia el este a una velocidad que parecía escasa, pero que debía ser mayor de lo que podían imaginarse. Los brazos del Anillo de Humo se extendían en ambas direcciones. Podía verse el flujo de las corrientes de nubes, que aceleraban al acercarse a Voy, derivando hacia atrás al acercarse el mac. Detalles menores —como árboles integrales— eran invisibles en su pequeñez.