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El gatito descubrió a Joe, y éste pensó que sus ojos debían de tener aquella mirada cuando su padre le pegaba.

Se acercó a Daryl.

– Torturar a un gato indefenso es de mamones.

Daryl sonrió con los dientes apretados y luego le dijo a la chica:

– Enciéndelo, coño. Luego le voy a enseñar a este imbécil lo que es bueno.

La chica encendió otra cerilla y fue rápidamente hacia el gato.

Joe Pike tuvo la sensación de que estaba mirando el mundo que le rodeaba a través de una lupa, aunque con un efecto inverso al habitual. Estaba tranquilo, sereno, cuando agarró el palo y corrió decidido hacia Daryl. Al darse cuenta de que iba a atacarle, Daryl se puso a gritar y se irguió para repeler la embestida. El gato, libre de repente, se escurrió entre los árboles y desapareció.

– ¡Que se escapa! -gritó la chica, como si se hubiera acabado su pequeño espectáculo y se hubiera perdido la mejor parte.

Joe arremetió como una locomotora, pero el palo estaba medio podrido y se rompió contra los antebrazos de Daryl con un chasquido.

Daryl empezó a dar puñetazos sin orden ni concierto, como un molino, y alcanzó a Joe en la frente y en el pecho, y entonces el otro chico se colocó detrás de Joe y empezó a golpearle con toda su fuerza. Joe notaba los golpes, pero curiosamente no sentía dolor. Era como si estuviera en lo más profundo de su ser, como si fuera un niño pequeño en un bosque oscuro que observara lo que sucedía sin intervenir.

La chica había superado su decepción y se había puesto a dar saltos y a lanzar puñetazos en el aire como si estuviera animando a su equipo a marcar un último tanto y ganar el partido.

– ¡Matadle! ¡Matad a ese cabrón!

Joe seguía en pie entre los chicos, los dos mayores que él, que seguían golpeándole como locos. El del cigarrillo le dio con fuerza tras la oreja derecha, pero cuando se dio la vuelta para mirarle, Daryl le atizó en la parte de atrás de la rodilla y le derrumbó.

Daryl y el del cigarrillo le machacaron a golpes la cara, la cabeza, la espalda y los brazos, pero él seguía sin sentir nada.

Eran corpulentos, pero su padre era más corpulento.

Eran fuertes, pero su padre era más fuerte.

Joe se dio la vuelta y consiguió ponerse de rodillas. Notaba sus puñetazos y sus patadas, pero se puso en pie, tambaleándose.

Daryl Haines le golpeó con fuerza en la cara una y otra vez. Joe intentó responder, pero casi todos sus golpes se quedaban cortos. Entonces alguien le puso la zancadilla y volvió a caer al suelo.

Daryl Haines le pateó, pero su padre le pateaba con más fuerza.

Joe se incorporó.

La chica seguía gritando, pero cuando Joe volvió a ponerse en pie Daryl Haines tenía una cara extraña. El chico del cigarrillo respiraba entrecortadamente, sin aliento tras haber dado tantos golpes, y tenía los brazos caídos junto al cuerpo. Daryl también respiraba jadeando, y miraba a Joe como si no creyera lo que veía. Tenía las manos bañadas de rojo.

– ¡Pégale, Daryl! ¡Pégale bien fuerte! -gritaba la chica.

Joe intentó golpear a Daryl, quiso darle en los ojos, pero falló y se cayó de lado.

A su lado, Daryl decía, con las manos chorreando sangre:

– Quédate en el suelo, chaval.

– ¡Tienes que molerle a golpes, Daryl! ¡No pares!

– Quédate ahí.

Joe se puso de rodillas, clavando las manos en el suelo. Intentó ver bien a Daryl, pero todo estaba borroso y teñido de rojo, y se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de sangre.

– ¿Estás loco? Quédate en el suelo y no te muevas.

Joe se puso en pie tambaleándose y dio un puñetazo con todas sus fuerzas. Daryl lo esquivó, dio un salto hacia adelante y alcanzó a Joe de lleno en la nariz. Éste oyó el crujido y lo sintió, y se dio cuenta de que se la había roto. Ya había oído aquel ruido en otra ocasión.

Se derrumbó, pero inmediatamente intentó volver a ponerse en pie.

Daryl le agarró de la camisa y le lanzó contra el suelo.

– ¡Serás idiota! Pero ¿qué cojones te pasa?

El del cigarrillo se había llevado las manos al costado, como si le hubiera dado una punzada.

– Vámonos de aquí, tío. No quiero seguir.

– Voy a pegarte una paliza -consiguió decir Joe. Tenía los labios partidos y le costaba hablar.

– ¡Se acabó!

Joe intentó golpear a Daryl desde el suelo, pero el puñetazo pasó a más de un palmo de él.

– ¡Se acabó, joder! ¡Estás destrozado!

Joe intentó darle otra vez y le faltó un metro para rozarle.

– No se acaba… hasta que gano yo.

Entonces Daryl dio un paso atrás, con el rostro encendido por la rabia.

– Muy bien, gilipollas. Te he avisado.

Tomó impulso y le propinó una patada tremenda. Joe sintió que le estallaba el mundo entre las piernas. Entonces vio las estrellas y luego todo se quedó a oscuras.

Les oyó marcharse, o eso le pareció. Tuvo la impresión de que tardaba horas en poder moverse, y cuando por fin logró ponerse de rodillas, el bosque estaba en silencio. Le dolía la entrepierna y sentía náuseas. Se tocó la cara. Le quedó la mano roja. La camiseta estaba salpicada de sangre medio seca. Tenía más sangre por los brazos.

Tardó varios minutos en volver a oler el aguarrás, y entonces vio al gato de una sola oreja, que le miraba desde debajo de las ramas podridas de un árbol caído.

– Hola, gato.

El animal desapareció.

– No pasa nada. Ya no corres peligro.

Le pareció que el gato debía de estar asustado y pensó en lo extraño que era que él no lo estuviera.

Al cabo de un rato se fue a casa.

* * *

Tres días después, Daryl Haines miró el sobre y frunció el ceño.

– Me cago en la puta.

Eran las ocho menos cinco de la tarde y estaba en la gasolinera Shell, sentado en la silla que tenía fuera, junto a la máquina de Coca-Cola. Se había reclinado como siempre, con el mono ajustado del trabajo, y estaba de mala leche por lo de la carta. Era una notificación del ejército para que fuera a pasar la revisión médica.

A sus dieciocho años, y sin el lujo de una prórroga de estudios, Daryl Haines era carne de infantería. El sábado tenía que tomar el autobús para ir a la ciudad a que le metiera un dedo por el culo algún médico maricón del ejército y le mandaran a Vietnam.

– Qué mierda.

Quizá sería mejor alistarse en el ejército del aire.

Su hermano mayor, Todd, ya estaba allí. Tenía un chollo de destino y trabajaba en una base aérea cerca de Saigón, reparando camiones. Decía que tampoco estaba tan mal. Podías hacer gilipolleces todo el día, fumarte todos los porros que quisieras y tirarte por veinticinco centavos a las vietnamitas, que estaban la mar de buenas. Por lo que decía su hermano casi parecía Disneylandia, pero Daryl pensaba que con la mala suerte que tenía seguramente le tocaría disparar y le pegarían un tiro.