El tiempo pasó, no sé si despacio o deprisa, pero sentí su torturante y dolorosísimo paso. No temía por mí, pues aquella gente nos quería vivos o, al menos, no tenían la intención de matarnos. Sin embargo, ¿qué era la vida para mí? Habíamos hecho todo aquello porque Lavien creía, creía con todas sus fuerzas, que la supervivencia del país dependía de que llegáramos a Filadelfia a tiempo de que Hamilton tranquilizara los mercados. Había dejado de lado su humanidad y había matado a un hombre indefenso porque creía que, si no llegaba lo antes posible a Filadelfia, la ruina de Duer sería la chispa que encendería la destrucción de aquel nuevo y frágil país. Simplemente, no podía permitir que me retuvieran, ni quedarme pasivo mientras triunfaban las fuerzas de la destrucción.
Al final, noté que unas manos me ponían en pie. Eran unas manos suaves y capté el aroma floral de la carne femenina.
– Vamos, capitán Saunders -dijo la señora Maycott-. Por aquí.
– Lavien -gruñí. Tenía sed pero no le iba a pedir bebida.
– Está herido -dijo-. Le ha caído el caballo encima de la pierna, pero Dalton asegura que es una fractura limpia. En la guerra aprendió algo de cirugía y también en el Oeste. Ya le ha entablillado el hueso y dice que se curará bien. Lo han llevado de regreso a la casa.
– ¿Qué casa?
La señora Maycott me condujo y la seguí despacio, atreviéndome a confiar en su guía.
– Está a media milla de aquí, junto al río. Es preciosa, por cierto.
– ¿Qué quieren de nosotros?
– Como nuestros hombres de Nueva York no han conseguido detenerlos, tendremos que hacerlo nosotros. Lo único que queremos es que sean nuestros invitados -dijo-. Hasta esta noche, por ejemplo, en que ya será demasiado tarde para Hamilton. Entonces podrán marcharse.
Yo callé y eso pareció no gustarle.
– Había dos grupos cuyo objetivo era detenerlos. Cinco hombres en total. ¿Cómo han podido dejar atrás al señor Whippo y a los demás?
– No los hemos visto. -Sacudí negativamente la cabeza-. Debemos de haberlos adelantado sin darnos cuenta.
– Tal vez hayan adelantado a los hombres de Whippo, pero ¿qué hay de Mortimer? Su compañero y él tendrían que haberlos interceptado en Nueva Jersey.
– Pues no los hemos visto. -Sacudí la cabeza de nuevo.
– Bueno, pues supongo que ya aparecerán -suspiró-. De momento, vayamos a la casa.
No repliqué. No había nada que decir.
Caminamos y caminamos, y luego el terreno, sembrado de traiciones en forma de piedras y malévolas raíces de árboles, dio paso a un camino de gravilla. Nuestros pies crujieron sobre ella unos minutos y después Joan Maycott me hizo subir un tramo de escaleras y oí el sonido de una puerta que se abría. Subí otro tramo, seguido de otro más. Husmeé el aire, tratando de descubrir algo de mi entorno, pero no percibí nada más que la humedad de la capucha y mi propia sangre.
Me percaté de que se abría otra puerta y, a continuación, me obligaron a sentarme en una silla. La puerta se cerró, oí que accionaban el cerrojo y, finalmente, me quitaron la capucha.
Me hallaba en una habitación pequeña, sin más muebles que la silla en la que estaba sentado. Las marcas en el suelo y en las paredes indicaban que la sala había contenido previamente otros muebles y tapices que habían desaparecido. No pude por menos de preguntarme si los habían quitado por mí, por miedo de que convirtiera una silla o un cuadro en un arma letal.
Ante mí estaba Joan Maycott, muy atractiva con su vestido rosa pálido y un corpiño blanco. Sonrió y tal vez fue por el sol que se colaba por la ventana, pero vi las arrugas que rodeaban sus ojos. Por primera vez, me pareció una mujer que había dejado atrás la juventud.
– Oh, qué sucio va… -Me limpió la cara con el pañuelo. El tejido tenía un tacto duro, áspero y caliente.
– Así que se trata de esto -dije-. Esto es lo que ha perseguido todo este tiempo. Quería arruinar a Duer y me enredó para que la ayudara.
– Duer es malvado -replicó mientras me limpiaba la sangre del labio superior con toques suaves-. Merece la ruina.
– ¿Y el banco?
– El banco es un instrumento de opresión -dijo-. Sus valores se desplomarán con el inminente pánico y ya no volverán a recuperarse. Hamilton creó el impuesto sobre el whisky para financiar el banco sin pensar ni un instante en el daño que hacía. Y que todavía hace.
– ¿Y qué hay del país? -inquirí-. ¿No ha pensado en eso?
– He pensado en poco más, capitán Saunders -dijo-. Soy una patriota, como usted. El país empezó con un destello de brillo, pero mire lo que ha pasado. Nuestro gobierno hace oídos sordos al sufrimiento de los vasallos humanos, y un pequeño grupo de hombres ricos decide las políticas nacionales. En el Oeste, la gente muere, sí, señor, muere por culpa de esta codicia. Mi marido no luchó en la Revolución para esto. Y me temo que usted tampoco. Y ahora yo lucho para cambiar esas cosas.
– ¿Y si del caos surge algo peor?
– Entonces, el mundo tendrá que seguir esperando la llegada de un gobierno justo -respondió-. Mejor la anarquía que una nación injusta disfrazada de faro de la igualdad. Eso sería peor que la tiranía.
– Bien -dije-. Esto es ciertamente interesante y ha salido muy airosa de la discusión. Me pregunto si no se le ha pasado por la cabeza desatarme y si podría darme algo de comer y beber. Si voy a ser su prisionero, me gustaría tener, al menos, ciertas comodidades.
– Le pediría que me diera su palabra de que no cometerá ninguna maldad, pero creo que no se sentiría obligado a cumplirla. ¿Qué opina usted?
Al principio, pensé que esa pregunta iba dirigida a mí, pero entonces noté que hablaba con alguien que estaba detrás de mí y a quien yo no había visto todavía.
– El capitán Saunders es un hombre de honor, pero de una especie única. No se considerará atado a la palabra dada si cree que incumpliéndola hace un bien mayor.
El hombre se acercó y se detuvo al lado de Joan Maycott, donde podía verlo. Era Leónidas.
Verlo allí no podía sorprenderme, sobre todo después de que hubiese querido engañarme con una caja de jerez para que me lanzara a una expedición empapada en alcohol camino de la frontera del Oeste. Aun así, me inquietó su presencia.
– Le ruego que nos conceda unos minutos -le dijo a la señora Maycott.
La mujer asintió y salió de la habitación. Cuando se hubo marchado, Leónidas sacó un cuchillo y cortó las cuerdas que me ataban las manos. La libertad de movimientos me sentó de maravilla y me froté las muñecas.
– Esta vez te ha tocado a ti liberarme -dije.
– Usted me hizo esperar más de lo que me habría gustado. Es hora de que le devuelva el favor. -Contuvo una sonrisa y, pese a la locura de las circunstancias, no pude por menos de alegrarme de volver a verlo pues entendí que, aunque me había traicionado, no había roto nuestra amistad.
– Dios mío, Leónidas, ¿por qué te has unido a esa gente?
– Por dinero -respondió-. Y por la promesa de libertad.
– Pero ¡si ya eres libre! -grité.
– Sí, pero yo no lo sabía. Ethan, ¿no oye sus propias palabras? ¿De qué me sirve ser libre si yo y el mundo no lo sabemos? Tengo una mujer, tendré una familia, y debemos tener libertad. La señora Maycott me ha ofrecido dinero suficiente para vivir libremente y me prometió que a usted eso no le perjudicaría en absoluto.
No dije nada, pues no podía perdonar ni condenar.
– No tiene que preocuparse por el señor Lavien -añadió-, porque he hablado con él y se encuentra bien. Es una fractura limpia y se curará. Ni siquiera tendrá fiebre. Ninguno de los dos sufrirá ningún daño. Lo que dice la señora Maycott es cierto.
– Todavía queda tiempo -dije-. Podrías dejarme marchar.
– No, Ethan, no lo dejaré. Aparte del dinero, creo en la causa. Es mejor pegar fuego al edificio que permitir que se sostenga sobre unos cimientos podridos.