Выбрать главу

– ¿Podría al menos beber algo? -pregunté tras un suspiro.

– No espere una botella de cristal. -Salió de la estancia y volvió a los pocos minutos con un pellejo de vino y un vasito de peltre-. A Lavien ni siquiera se lo daría, pero creo que usted no puede hacer mucho daño con esto.

– No había pensado nunca que bebería vino en peltre.

– Es whisky -anunció-. Beba todo el que quiera. Cuanto más borracho esté, más tranquilos nos quedaremos nosotros.

Lo que Leónidas había dado a entender me sentó mal, pero aun así me serví un trago. Sin embargo, al cabo de pocos minutos, oí ruidos fuera de la habitación, lo cual me distrajo del esfuerzo de excusar mi inacción. La puerta se abrió y esperé ver a Leónidas, a la señora Maycott o quizá a Dalton, pero era Lavien.

Se sostenía sobre una pierna y la otra la llevaba entablillada y envuelta en un grueso vendaje. Utilizaba un rifle largo como muleta y, bajo la sombra de la barba, su tez se veía pálida, pero los ojos le brillaban de dolor y, pensé, del placer que le daba no prestar atención a este.

– ¿Está preparado para salir? -me preguntó. Torció los labios en una mueca de burla o tal vez respingó de dolor.

Tardé unos instantes en encontrar las palabras adecuadas.

– Debo decir que estoy conmovido de que se haya tomado la molestia de rescatarme.

– Es que creo que no podré bajar la escalera sin ayuda -dijo, con una especie de encogimiento de hombros. Su voz era tranquila, como si discutiera algo de importancia, pero advertí su mirada en mí, apremiante y desesperada, y noté algo más, algo más grande, intenso y ardiente. Aquel, comprendí, era el lugar y el momento de Lavien. Era una bala de cañón disparada hacia Filadelfia y no había pared, cuerpo humano, ni fuego capaz de detenerlo.

Me puse en pie, salí al pasillo y el júbilo y el asombro se desvanecieron. Allí, en el suelo, yacía un hombre pálido y ensangrentado, con unos ojos abiertos como platos en un rostro de expresión desvaída. No lo había visto nunca, pero era un hombre de aspecto tosco y que, en vida, debía de haber sido atractivo. Ahora tenía el cuello cortado y, por primera vez, me fijé en el cuchillo que Lavien llevaba al cinto.

– Dios, ¿quién es ese? -pregunté en voz baja.

Lavien ni lo miró, pero ¿por qué iba a hacerlo? Yo solo podía hablarle de un hombre.

– Un tirador. Lo llamaban Jericho. Probablemente fue el que disparó a nuestros caballos. Ahora ya está muerto. Vámonos.

– ¿Y cómo vamos a salir de aquí? ¿Qué haremos con los rebeldes del whisky?

Su mirada se endureció y se volvió más sombría al tiempo que sus labios enrojecían de expectación.

– Mataremos a todo aquel que se nos oponga.

– Espere -susurré. De repente, tuve la sensación de que no conversaba con un hombre, sino con una tormenta desatada.

– Yo no voy a matar a Joan Maycott. Y Leónidas está con ellos.

– Ya lo he visto -asintió-. Aprecio a Leónidas pero, si se opone a mí, lo mataré.

– Por Dios, señor Lavien, ¿merece la pena? ¿Tantas muertes solo para salvar el banco de Hamilton?

– ¿Cuántas veces debo decirle que no se trata del banco? -replicó-. Se trata de evitar las algaradas, el caos, los derramamientos de sangre y otra guerra fratricida. Este país es un castillo de naipes y no costaría mucho que se viniera abajo. Y, ahora, vamos.

Avanzó por el pasillo a la pata coja, apoyándose en el rifle y, sin embargo, iba más deprisa que yo. Llegamos al primer tramo de escaleras. Miré hacia el segundo rellano, no vi a nadie y se lo dije a Lavien.

– Creo que están todos abajo -dije-. Oigo voces lejanas.

Lavien asintió.

– Por cierto, ¿de quién es esta casa? ¿Dónde estamos? ¿Quién los ayuda?

– He oído decir que estamos a las afueras de Bristol -respondió.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Allí no, por favor. ¿Por qué allí?

– La casa de Bristol. Pearson hizo correr la voz de que la había vendido, pero no es así. Han estado aquí desde que se marcharon de Filadelfia. Cynthia y los niños probablemente también estén aquí. Por el amor de Dios, tenga cuidado con lo que hace.

Lavien asintió y noté al instante que él ya sabía que aquella era la casa de Pearson o lo sospechaba. Simplemente había preferido no decírmelo.

Bajamos los peldaños despacio, de uno en uno. Lavien se sostenía apoyando la culata del rifle en el siguiente escalón y balanceándose hasta llegar a él. Lo hizo una y otra vez en absoluto silencio, sin permitir siquiera que crujiese la madera. Al final llegamos al descansillo del primer piso. Delante teníamos el tramo hasta la planta baja; a la izquierda, una pared de la que colgaba un gran retrato de un puritano, y a la derecha, un pasillo con dos puertas a cada lado y una al fondo. Mientras estábamos allí, la puerta del fondo se abrió y apareció un hombre de entre cincuenta y sesenta años, barbudo, de pelo cano y dotado de una extraña elegancia. Lo reconocí de inmediato. Era el escocés que había conocido en la taberna de la City.

Al vernos, puso unos ojos como platos de sorpresa y terror. Desde detrás, Lavien se impulsó y dio un salto enorme con su pierna buena, cayendo sobre ella de nuevo y utilizando el rifle para mantener el equilibrio pero, no sé cómo, impidiendo que golpeara el suelo. En dos pasos imposibles, saltó sobre el individuo y lo agarró por el gaznate, presionándolo contra la pared al tiempo que sacaba el cuchillo.

Me apresuré a alcanzarlo.

– Detenga esa sanguinaria mano -le susurré lo más fuerte que osé.

No le veía la cara, por lo que no supe cómo respondió, pero me obedeció.

– Dijo que no matara a la mujer ni a Leónidas. De este tipo no mencionó nada.

– No tenemos que matarlos, solo huir de ellos. No son enemigos, Lavien, sino patriotas; patriotas confundidos, tal vez, pero hacen lo que hacen por su amor al país y, si puedo evitarlo, no les causaré ningún daño.

– No tengo tiempo -dijo jadeante y exasperado-. No tenemos tiempo para andarnos con subterfugios o astucias. Solo queda tiempo para la violencia. -Eso fue lo que dijo pero, de todos modos, no mató al pobre hombre. Siguió estrechándole el cuello hasta que la tez se le puso púrpura debajo de la barba canosa, pero no utilizó el cuchillo.

El corazón me latía con tanta fuerza que notaba las palpitaciones en la clavícula. Cerré los puños de rabia y traté de pensar en algo para salvarle la vida a aquel hombre, aquel intrigante que había ido contra mí durante semanas. La cabeza, que notaba blanda y esponjosa, no respondía a mi reclamo. Tenía que haber algo, me dije, y sin saber lo que iba a decir, me lancé a hablar. Eso siempre era lo mejor.

– ¿Se acuerda, Lavien, de cuando mantuvimos aquella primera conversación en su casa? ¿Recuerda que me contó cómo me había descrito Hamilton?

– Dijo que podía convencer al diablo de que le vendiera el alma a usted -asintió.

– Entonces, déjeme hacerlo.

– Pero no dijo que pudiera hacerlo a toda velocidad -siseó Lavien.

– Déjeme intentarlo, maldita sea. -Sentí un leve asomo de optimismo pero también de terror porque, si me brindaba aquella oportunidad, no sabía cómo aprovecharla.

Bajó el cuchillo y aflojó la fuerza con que sujetaba al escocés.

– ¿Ha oído todo esto o estaba demasiado ocupado pensando que lo mataban? -le pregunté.

El tipo asintió vigorosamente, lo cual, por conveniencia, decidí que significaba que había escuchado.

– Bien, pues. Le acabo de salvar la vida, hombre. Eso, normalmente, vale algo. ¿Le parece a usted que lo vale?

– Sí -respondió el escocés-, pero no traicionaré a mis amigos.

– No, no se trata de ninguna traición, se lo prometo. Solo queremos una forma de salir de aquí. Es lo único que queremos.

– Es una traición porque correrán a contárselo a Hamilton.

Meneé la cabeza, desesperado por encontrar qué más decir.