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El día anterior, apenas, me había rendido: había considerado la muerte algo sin importancia. Ahora, deseaba vivir y me sentía completamente vivo. Con sus ardides y sobornos, sus intrigas y esfuerzos para comprar mi lealtad -y lo que era más insidioso, con su predisposición a subvalorarme-, aquellos hombres, quienesquiera que fuesen, habían despertado al dragón dormido que ahora se desplegaba para mostrar su poder.

– Usted me toma por idiota, irlandés -dije, volviéndome de espaldas al edificio de la prisión-. Sea quien sea y haga lo que haga, persigue el secretismo. Precisamente por eso, no quiere que busque a Pearson. Adelante, haga una señal a su hombre para que me mate por cincuenta dólares. Ya ve que no me muevo.

– Se equivoca -replicó con expresión sombría-. Somos más de los que cree y estamos en lugares que ni siquiera imagina. Estamos decididos y no nos vencerán.

– En este caso, tendrán que conocer la victoria con cincuenta dólares menos -me levanté del banco y eché a andar. Por aquello de guardar las formas, ay de mí, no vi lo que sucedió a continuación, aunque lo oí con suficiente claridad. El irlandés se puso en pie y trató de seguirme, pero apenas había dado medio paso cuando, de repente, algo lo obstruyó y le impidió continuar. Tuvo un momento de desorientación, durante el cual no comprendió lo que había ocurrido, y luego cayó de bruces. Oí el satisfactorio golpe de aquel irlandés entrado en años contra la nieve del suelo.

Vomitar no había sido más que una pequeña farsa para atarle el cordel a los tobillos. No quedaría inmovilizado mucho rato, pero me bastaría.

Me volví y vi que se levantaba y regresaba al banco para examinar mi truquito. Se le había caído el sombrero y comprobé que, efectivamente, era calvo y su cráneo parecía un huevo liso y bronceado. Sacudió la nieve del sombrero y se lo puso de nuevo, aunque no le proporcionó la dignidad que él esperaba.

– Creo que es usted el que se ha equivocado, irlandés -dije-. No temo el dolor ni la muerte. Lo único que temía esta mañana era no poder encontrar treinta dólares en ningún sitio del mundo -saqué del bolsillo los billetes y los moví ante sus ojos con aire de burla-. Ahora, me sobran veinte. Así que márchese y que el fusilero le cubra la retirada, no me importa. Encontraré a Pearson y luego lo encontraré a usted.

En realidad, no llegué a terminar la frase porque, cuando estaba diciendo que encontraría a Pearson, otra persona me atacó por la espalda y me derribó al suelo, golpeándome la cabeza. Una vez desplomado, el irlandés se desató el cordel y su amigo me arrancó los billetes de la mano. Los dos se alejaron corriendo y yo me quedé tendido en la nieve, aterido y desalentado. La única nota de felicidad era que me hubiera dejado la botella de aquel excelente whisky.

Capítulo 6

Joan Maycott

Primavera de 1789

Nos dijeron que teníamos que limitar nuestras pertenencias a lo estrictamente necesario. Las carreteras, explicaron, no eran aptas para carros o carretas y todo lo que precisáramos nos sería entregado cuando llegásemos a Libertytown. Lo vendimos casi todo y nos llevamos algo de ropa, las herramientas de Andrew y algunos objetos queridos, como los libros, aunque no tantos como me habría gustado.

Nos reunimos en Filadelfia, desde donde nos guiarían el señor Reynolds y dos hombres más, montados a horcajadas en unos caballos viejos, lentos y desarrapados, de ojos reumáticos y con llagas rojas e hinchadas que sobresalían del pelaje como rocas en marea baja. Con la reata de mulas que llevaban nuestro equipaje, viajamos a su indolente paso por caminos de tierra que a veces eran anchos y estaban limpios y otras no eran más que un asomo de abertura en el bosque, a veces tan blandos y cenagosos que había que ayudar a los animales para que no tropezasen. En los lugares peores, tuvieron que poner maderos para que el camino fuese transitable y en los empinados caminos que cruzaban los montes Alleghenies, las bestias corrieron a menudo el peligro de desplomarse por la pendiente.

Sin contar los guías, éramos veinte. Reynolds iba vestido con ropa más burda que la primera vez que lo habíamos visto, confeccionada con tela hilada en casa y sin teñir, y se tocaba con un sombrero de ala ancha que llevaba calado hasta los ojos. En nuestro salón, Reynolds había parecido un caballero rural que se había asilvestrado, la suerte de arcilla tosca que el experimento americano había moldeado en forma de respetabilidad republicana. Ahora se nos revelaba como algo mucho menos amistoso. No nos mostró familiaridad ni cordialidad y actuó como si no recordase nuestros previos encuentros. Los esfuerzos de Andrew para conversar con él encontraban por respuesta rudos ladridos y, a veces, yo lo descubría mirándome con una fría intensidad depredadora. La cicatriz que tenía en el ojo, y que yo había considerado una prueba de su entrega revolucionaria, ahora me parecía mucho más la marca de Caín.

De los otros dos hombres, Hendry tendría unos cuarenta años, era esbelto, tenía la voz aguda, la nariz larga, los ojos estrechos, los labios finos y una cara que parecía hecha para llevar gafas, aunque no las utilizaba. En el atuendo, Reynolds se asemejaba a un granjero curtido, pero Hendry parecía la parodia de un rústico de obra de teatro campestre. Y sin embargo, supe que aquella forma de vestir era la auténtica del hombre de la frontera: un gorro de piel de mapache, unos calzones de ante y una prenda llamada camisa de cazador, una suerte de túnica de gamuza con flecos que le llegaba hasta los muslos. A algunos hombres, aquella vestimenta les quedaba masculina, incluso heroica, pero en Hendry, con su cara de zorro, se veía absurda.

En Nueva York o en Filadelfia y con otra ropa, habría podido pasar por un erudito pobre. En aquel territorio virgen, no me parecía más que una criatura vulgar y astuta, cruel y despiadada, y más maloliente que cualquier otra clase de hombres. Como la mayoría de la tribu del Oeste, no aprobaba, o todavía no conocía, los usos de la cuchilla de afeitar, pero en su cara mezquina solo crecían, aquí y allá, unos afloramientos de pelos rubios y, claramente visible debajo de sus ralas cerdas, tenía una piel en el más lamentable de los estados, que le proporcionaba un aspecto enrojecido y sarnoso.

Aquello debía de causarle mucha incomodidad porque se rascaba casi sin cesar, a veces con un interés ausente y otras con la furia repetitiva de un gato al que le pica la oreja.

El tercero de ellos, Phineas, no era más que un muchacho, o lo que en otros ambientes más civilizados habríamos calificado de tal. Contaba quince o dieciséis años, calculé, y tenía el pelo rubio, la piel quemada del sol y una cara estrecha en forma de pala. También vestía una indumentaria fronteriza pero, debido a su demacrada constitución, era como si nadase dentro de aquella camisa de cazador, que le llegaba tan abajo que casi parecía una falda.

Phineas se encariñó conmigo enseguida. Tal vez veía en mí a una madre o quizá notaba que yo lo miraba con compasión. Cada día, cabalgaba una porción del camino a mi lado y, si no hablaba, disfrutaba de aquel silencio en compañía. A la hora de las comidas, se aseguraba de que a mí me tocase una ración superior y, a menudo, reservaba el lugar más blando y seguro para que me sentara. Miraba a Andrew con indiferencia, pero sin hostilidad. Para Phineas, era como si mi marido no existiera.

De los colonos, once eran americanos y el resto, franceses. Andrew había aprendido un francés pasable durante la guerra y se enteró de que aquellas personas habían navegado desde París, atraídas por los agentes de William Duer, para que se establecieran en las tierras de la Pensilvania occidental. Estos peregrinos franceses nos dieron la primera causa auténtica para desconfiar de la veracidad del señor Reynolds. Este nos había dicho que todos los habitantes de Libertytown eran veteranos. ¿Quiénes eran, entonces, aquellos franceses? Nos había contado que las cosechas que crecían en sus fértiles tierras les habían permitido vivir con desahogo, pero ¿de dónde salía el dinero? Si no había carreteras aptas para carros o diligencias, ¿cómo llevaban las cosechas al mercado? No las podían enviar hacia el Este sin que se estropearan y tampoco las podían mandar hacia el Oeste porque los españoles no permitían tráfico americano en el Mississippi.