Se me aceleró el pulso y respiré hondo. Tenía miedo. Llevaba semanas viviendo en un miedo permanente, temerosa de lo que sería de nosotros, de nuestra falta de seguridad, pero aquello era algo mucho más urgente y agudo. Miré a Andrew, que esbozó en sus labios una sonrisa tranquilizadora. Si él también tenía miedo, no daba muestras de ello.
Andrew avanzó un paso, inclinándose hacia delante lo justo para que su gesto fuese una reverencia cortés, pero no servil.
– Soy Andrew Maycott y esta es mi esposa, Joan. Tenemos muchas ganas de ver nuestra parcela, así que, por favor, diga qué quiere de nosotros.
Ante las palabras de Andrew, la expresión del viejo coronel se volvió sombría. Sonrió, mostrando de nuevo los dientes manchados de tabaco y, como para demostrar el origen de aquella coloración, sacó de la casaca un rollo de tabaco y mordió un trozo considerable.
En aquel preciso momento, las puertas del salón se abrieron y entró una negra de grandes dimensiones y edad indeterminada aunque, desde luego, no era ni demasiado vieja, ni demasiado joven.
– Veo que tiene compañía, coronel. ¿Quiere un té, o quizá un pedazo de la tarta que he hecho esta mañana?
– ¿Te he llamado, acaso? -El coronel golpeó el suelo con la escopeta-. No te presentes si no te llamo. Y ahora, vete, Lactilla.
Supe después, a través de las habladurías, que aquella negra era propiedad del coronel desde hacía veinte años. La primera vez que había entrado en casa de Tindall, tenía los pechos henchidos de leche, porque la habían separado de un niño que aún no contaba dos años, debido a la muerte de su anterior amo. Al coronel, aquella situación se le había antojado divertida y había decidido llamarla Lactilla.
– No utilice ese tono conmigo cuando no he hecho nada malo -le plantó cara la mujer-. Lo único que hago es cumplir con mi deber, que es servir té y tarta.
– Vas a volver ahora mismo a tu maldita cocina, negra asquerosa. -Tindall blandió el arma-. Lo único que queda por ver es si lo harás entera o llena de orificios de bala.
– Mírenlo -se rió ella, señalándolo-, un viejo con una escopeta… -Se volvió hacia mí y añadió-: Cuando haya terminado, pásese por la cocina, querida, y le daré un poco de tarta. Y a ese marido tan guapo que tiene, también.
La mujer encogió sus macizos hombros y se marchó de la sala caminando pesadamente.
– Maldita sea esa vieja zorra… -Tindall volvió a apoyar la escopeta en el suelo con un golpe, pero no la soltó y, mirando a Andrew, dijo-: En cuanto a usted, no crea que he olvidado su impertinencia. Parece que no sabe cuál es su sitio, pero ya llegará a entender su error. Pregunte por ahí, Maycott, y todo el mundo le dirá lo mismo. Soy generoso con la ciudad y con sus pobres. Puedo hacer lo que quiera con mi dinero y creo que los que tienen medios deben ayudar a los que no tienen ninguno. Sin embargo, no toleraré de buen grado la insolencia.
– ¿Y no es insolencia por su parte que nos pida que nos quedemos de pie mientras usted está sentado? -inquirió Andrew.
– No, no lo es, porque esta es mi casa y mi ciudad y porque la tierra en la que van a establecerse es mía.
– Creo que es mía -replicó Andrew-. La compré.
– Ya habrá tiempo para examinar esa creencia. Por ahora, basta con que escuche lo que le digo y deje de pensar en todas esas estupideces igualitarias que se derivan de haber comprendido mal la última guerra. Conozco bien los principios de la Revolución porque luché en ella.
– Yo también -dijo Andrew.
– ¿Y qué? No se puede vaciar una cárcel, un burdel o un correccional sin dejar desamparados a un montón de veteranos. Sería mejor que se preocupara de cuestiones más inmediatas, como su tierra, por ejemplo. -Levantó dos rollos de escrituras, ambos con la mano izquierda, visiblemente reacio a soltar la escopeta-: Uno de estos documentos es la escritura de su tierra, el contrato que ha firmado, hábilmente redactado por nuestro amigo Duer, que está muy acostumbrado a ello. Y me temo que no es una parcela favorable.
– El señor Duer nos aseguró que era un terreno muy fértil. -Di un paso al frente.
– Duer mintió, bonita. Por lo que yo sé, la tierra será fértil para el maíz, pero antes tendrán que limpiarla de árboles y de piedras, y luego ya se verá lo que produce. Si tuvieran unas mulas y unos cuantos negros, en dos años podrían hacerlo.
– Espere un momento… -dijo Andrew.
– No espero nada. -Tindall nos enseñó de nuevo los dientes-. Duer los ha engañado. Ahora ya lo saben. Les habló de las maravillas de Libertytown y ustedes se preguntan cómo puede ser un paraíso el asentamiento cuando Pittsburgh es un lugar tan miserable. Su parcela no es tierra de labor, sino bosque salvaje. Probablemente, se dejarán la vida domesticándolo.
Ninguno de los dos dijo nada porque, por terribles que fuesen aquellas revelaciones, no eran ninguna novedad pues, como Tindall había apuntado, hacía tiempo que nos habíamos percatado de la estafa de Duer. Sin embargo, no habíamos sido conscientes de ella hasta tal punto. No dijimos nada por pura y simple sorpresa. Estábamos aturdidos. Una cosa era engañar a alguien y otra distinta, refocilarse en ser un timador.
– Ahora -prosiguió-, la otra escritura que tengo en la mano se asemeja más a lo que Duer propuso. No es exactamente lo mismo, comprendan, pero se parece más. Es una parcela ya limpia, con una casita en ella, y que se ha cultivado sin orden ni concierto, a la manera que suele hacerlo esta purria del Oeste. Es una parcela mejor, mucho más cultivable. Quizá les gustaría pensar si prefieren cambiar lo que tienen por algo más conveniente. Mide exactamente lo mismo, por eso no deben preocuparse.
Andrew no dijo nada. ¿Qué iba a decir? Estábamos a cientos de millas de casa, humillados y estafados, en manos de un perturbado déspota de la frontera cuyo mayor placer era maltratar a los que estaban bajo su poder. Tindall tenía todas las ventajas sobre nosotros y lo único que estaba en nuestras manos hacer era resistirnos a acatar aquel poder.
– He llegado a acuerdos de este tipo con otros colonos, que siempre los han encontrado ventajosos -explicó Tindall-. ¿No le gustaría que llegáramos a un acuerdo, señor Maycott?
– Eso dependerá de las condiciones, ¿no le parece? -Andrew mantuvo la voz firme. Me di cuenta de que tenía miedo, por mí y por nuestro futuro, pero estuve segura de que no lo demostraría.
– No es eso lo que le he preguntado -su voz pasó de la dulzura a la dureza-. No le he hablado de las condiciones, solo le he preguntado si quiere unas condiciones ventajosas. Responda, ¿sí o no?
– Escucharé su oferta -dijo Andrew- y si la encuentro sensata, la meditaré. No voy a llegar a un acuerdo sobre una propuesta teórica. Sería una estupidez por mi parte.
Tindall golpeó varias veces el suelo con la culata de la escopeta de caza, como un juez aporreando con la maza.
– Estoy harto de su insolencia. No colme mi paciencia, Maycott. Ya ha oído mi oferta; considérese afortunado de que aún le dé la oportunidad de aceptarla. A cambio, deseo que la señora Maycott venga a atenderme una vez a la semana y que tal vez se quede a dormir. No es nada extraordinario; en realidad, se trata de una cosa insustancial, no sé si conoce la palabra. Y, a cambio de ello, puede ser suyo algo verdaderamente sustancial.
Andrew se quedó callado unos momentos. No me cabía en la cabeza que nadie que tuviese que afrontar aquella diabólica y contundente petición fuese capaz de acceder a ella; me resultaba inconcebible que hubiese en el mundo hombres y mujeres tan rastreros y con un sentido tan bajo de su dignidad como para consentir en aquellas condiciones del mismo modo que aceptaban el precio de una libra de harina. Me vinieron a la mente imágenes de los embrutecidos y deteriorados habitantes de Pittsburgh y me pregunté si acaso ellos eran capaces de aceptar tales condiciones. Me parecía que, una vez que la vida los había derrotado de aquel modo, no harían otra cosa que ceder, del mismo modo que el cordero se somete al degüello.