– Me gustaría ayudarlo en el caso. En pocas palabras, me gustaría que el gobierno me empleara para poner a su servicio, en este y en otros asuntos, las habilidades que demostré durante la guerra.
Hamilton mantuvo su rostro considerablemente inexpresivo.
– Ya entiendo.
– El capitán Saunders ya está materialmente implicado -intervino Leónidas-. Ha sufrido una agresión física y la pérdida de su domicilio. Está involucrado personalmente en el asunto y también está en posesión de ciertas habilidades no muy corrientes, según tengo entendido.
– Y usted es, sin duda, un abogado convincente, Leónidas -dijo Hamilton, que parecía encantado de poder hablar con alguien que no fuera yo-. Pero no puede ser.
– ¿Por qué no? -inquirí.
– No ignoro el pasado. En una época, usted tuvo relación con la señora Pearson, ¿no es verdad?
– Es la hija de Fleet -respondí. «¿Recuerda a Fleet, a quien usted condujo a la muerte?», estuve a punto de añadir.
No llegué a decirlo. No soy tan estúpido.
– Lo sé muy bien y eso solo ya haría delicado el asunto. Pero se comenta también que usted y ella estuvieron comprometidos para casarse.
– Nunca llegamos a algo tan formal, aunque quién sabe cómo habrían podido ir las cosas si usted no nos hubiera expulsado del ejército y, después, no hubiera arruinado mi reputación. Desde luego, si no hubiera actuado así, Fleet quizá seguiría vivo.
– Capitán -respondió Hamilton-, mal servicio se hace usted al lanzar estas acusaciones.
– ¿Hay algo que pueda decir que me preste buen servicio?
– No, ya he tomado una decisión firme en este asunto.
– Entonces, me siento en total libertad de calificarlo a usted como el villano que es.
Leónidas posó la mano en mi brazo y se volvió a Hamilton.
– El capitán Saunders no pretende ser tan bronco, pero su necesidad es grande.
– Oh, claro que lo pretende. Con los años, me he convertido en objetivo conveniente de su rencor y de sus acusaciones. No crea que no he oído que cuenta por ahí cosas de mí que lesionan, y no poco, mi propia reputación, pero debo aclarar un par de puntos. Bien sabe, capitán, que licenciarse del ejército fue la única manera de salvar la vida. Estaba bajo mi mando cuando se presentaron las acusaciones contra usted y el capitán Fleet. Si no hubiera accedido a expulsarlos, lo habrían sometido a un consejo de guerra y, probablemente, lo habrían ejecutado.
– No debería haber permitido que me convenciera de destruir mi propia buena fama.
– Las pruebas contra usted eran firmes -dijo él-. Quizá fue un truco de los británicos. Tal vez se cansaron de sus jugarretas y decidieron que nosotros mismos nos encargáramos de usted, llevándonos a descubrir pruebas falsas, pero recuerde el estado de ánimo del ejército en esos días, el agotamiento y las demoras que habíamos sufrido. Los hombres todavía estaban muy sensibles a la traición del general Arnold y, en aquel momento, el descubrimiento de otro par de oficiales conchabados con los británicos habría sido muy mal recibido.
Tal vez era injusto culparlo de la muerte de Fleet -según todos los testimonios, mi amigo había iniciado una pelea y había salido malparado-, pero yo lo acusaba de ella de todos modos. Y, por supuesto, había más.
– ¿Qué hay de mi reputación? Entonces me prometió que nadie se enteraría de lo sucedido, pero cuando volví a Filadelfia ya era de dominio público.
– Lo sé -respondió Hamilton blandamente-. Sin embargo, no fue cosa mía. Juro que mantuve el secreto, pero en un ejército no hay secreto que dure mucho tiempo. Pasé casi una semana intentando averiguar quién se había ido de la lengua, pero no descubrí nada. Si quiere, capitán, puedo hacer que comparezca ante usted una decena de oficiales que recordarán, diez años después, el miedo que les metí con este asunto.
– Entonces, ¿no fue usted quien arruinó la reputación del capitán Saunders? -preguntó Leónidas.
– Claro que no -dijo él-. ¿Por qué habría de hacerlo? Ha desperdiciado el tiempo odiando a quien no debía. Dios mío, Saunders, ¿por qué no se limitó a preguntarme? Usted siempre fue capaz de olerse una falsedad. Si yo hubiera intentado engañarlo, seguro que lo habría sabido.
Sí, yo era capaz de oler una mentira, tenía razón. Por eso me quedé allí sentado, mudo de perplejidad, y di crédito a lo que estaba oyendo en aquel momento. Hamilton hablaba con una voz tan franca, tan relajada, tan vacía de culpa, que no tuve más remedio que creerle. Durante diez años había maldecido su nombre, lo había considerado un villano y enemigo, y ahora parecía que no lo era. Me sentí mareado, estúpido y borracho. E, igual que la noche anterior con la señora Lavien, me sentí avergonzado.
Guardé silencio, intentando pensar en todo y borrar cualquier recuerdo… y ambas cosas a la vez. Mientras le daba vueltas en la cabeza a aquella revelación, tan desconcertado y furioso que era incapaz de articular palabra, Leónidas se ocupó de mantener la conversación. Yo observé a Hamilton, sin saber apenas qué pensar de aquella larga cara patricia que tenía ante mí. Durante diez años, había odiado a aquel hombre como causante de mi ruina y, cuando todo el país -por lo menos la parte jeffersoniana- había empezado a detestarlo también y a acusarlo de ser el agente central de la corrupción de nuestro gobierno, yo no había podido por menos de sentir que, por fin, el universo venía a darme la razón. Pero ahora resultaba que, al parecer, yo apenas sabía nada de aquel hombre.
Cuando presté atención al diálogo que Hamilton mantenía con mi ex esclavo, me dio la impresión de que estaban hablando de mis problemas con la casera.
– ¿Y eso sucedió la misma noche que la señora Pearson se puso en contacto con él? -preguntaba Hamilton-. Suena sospechoso, en efecto. Capitán, no puedo costear sus gastos, pero puedo enviar un representante para que hable con su casera y le pida, en nombre del gobierno, que le conceda tres meses para poner en orden sus asuntos. ¿Bastará con eso?
– Es muy amable… -reconocí a regañadientes, aunque intenté no parecer hosco. A nadie le gusta ver que un hombre al que se ha odiado tanto se muestra magnánimo-. Se lo agradezco, pero debo insistir en que me ponga usted a trabajar, que haga uso de mis habilidades.
– Sus habilidades son formidables y no me iría mal contar con alguien como usted -respondió-, pero no puedo permitir que investigue un asunto que implica a unas personas con las que tiene una vinculación tan estrecha. No solo no contrataré sus servicios, sino que debo pedirle además que no intervenga en absoluto en el asunto. No se entrometa en el camino de Lavien.
– No puede esperar que me desentienda de la zozobra de la señora Pearson -protesté.
– Se mantendrá usted alejado de ella -replicó Hamilton. Su voz se había hecho áspera.
– Tengo entendido que dentro de unos días se celebra una reunión en la casa Bingham -dije, sin hacerle caso-. Estoy seguro de que la señora asistirá, pues ella y la señora Bingham son buenas amigas. Tal vez pueda abordarla en algún momento.
– Maldita sea, Saunders, se mantendrá usted a distancia de la señora Pearson en esta investigación. No se trata de ningún juego. Hay espías por todas partes y arriesgamos en esto más de lo que imagina.
– ¿Espías? ¿De quién? ¿De los británicos? ¿De los españoles?
Hamilton exhaló un profundo suspiro.
– De los jeffersonianos.
Al oír aquello, solté una carcajada.
– ¿Teme usted a un miembro de su propia administración?
– Ríase si quiere, pero la ambición de Jefferson no conoce límites y haría cualquier cosa, destruirme a mí, la economía americana o incluso la reputación de Washington, si ello contribuyera a sus propios fines. ¿Ha echado alguna vez un vistazo a su vil periódico, el National Gazette, que escribe esa sabandija, Philip Freneau? Está plagado de las mentiras más groseras. ¿Tanto ha olvidado usted el pasado que no le parece mal que se calumnie a Washington?