A mí me costó sentirme cómoda, pero Andrew parecía no tener dificultades. Aquella gente del Oeste valoraba por encima de todo la capacidad y, aquel día, mi marido impresionó a nuestros vecinos con su destreza. De aquellos hombres, me interesaron dos en particular. Uno de ellos tenía mi edad, más o menos: aún no había cumplido los treinta, calculé, y era de los pocos que tenían la cara limpia de patillas o bigote, quizá porque fuese barbilampiño. Era guapo, dotado de un atractivo algo tosco, y tenía unos ojos grandes que siempre parecían sumidos en reflexiones. Había colaborado en el duro trabajo de construir el refugio de troncos y había exhibido una fuerza extraordinaria. Durante la tarea, en más de un momento, alguno de los hombretones más robustos del grupo lo había llamado porque requería la ayuda de aquel hombre, más menudo, para hacer rodar un tronco o para mover una palanca que se resistía. Con todo, aunque mostraba de mil maneras que poseía mucha fuerza y no tenía ninguna aversión a usarla, carecía de la abierta desenvoltura que la mayoría cíe aquellos hombres exhibía en su trato con los demás. A veces, el señor Dalton y él intercambiaban alguna frase en voz baja, pero la mayor parte del tiempo permanecía callado y, ahora que había llegado el momento de la diversión y el relajo, no comió ni bebió tanto como los demás, sino que se limitó a sentarse al lado de Dalton, tomando whisky a pequeños sorbos cuando los demás bebían tragos largos y sonriendo amablemente ante los chistes, mientras que los otros soltaban unas carcajadas que parecían rebuznos.
El otro hombre también me llamó la atención porque se salía de lo común. No era mayor que el señor Dalton pero, mientras que la fuerza del irlandés lo hacía parecer eternamente joven, este tenía cierto aire de erudito y se me antojaba casi viejo. No vestía las ropas burdas de un hombre de la frontera, sino los prácticos calzones, camisa y casaca de un próspero comerciante de clase media. Llevaba los cabellos, canosos, muy largos y la barba corta, y sobre el puente de su nariz pendían unos pequeños anteojos redondos.
El hombre se sentó en el suelo con los demás y bebió whisky con ellos, pero me fijé en que se volvía varias veces a observarme. Cuando nuestras miradas se encontraron, él apartó enseguida la suya y se ruborizó ligeramente. A mí me han mirado los hombres muchas veces, en ocasiones a la manera depredadora del coronel Tindall, pero allí había algo más. No sabía de qué se trataba, exactamente, pero no me asustaba ni me ofendía.
Las demás mujeres también percibieron su interés y, mientras charlaban y chismorreaban, una de ellas, una criatura tosca y carnosa a la que llamaban Rosalie, de cabellos entre pajizo y blanco, soltó un bufido. La mujer me dijo que aún no había cumplido los cuarenta. En otro tiempo, tal vez había sido bonita, pero entonces tenía el rostro curtido por los elementos y las manos encallecidas y manchadas por el sol.
– Ese escocés debería aprender a controlar dónde posa sus ojos, o me temo que su marido lo deje pronto sin uno de ellos.
– ¿Quién es? -pregunté.
– Era maestro -dijo otra de las mujeres, mayor y más delgada que la primera y que apenas conservaba tres o cuatro dientes en la boca-. En Connecticut, dicen. Pero hubo un escándalo con una mujer casada. Y aquí lo tiene ahora, mirándola descaradamente como si su marido no estuviera presente.
– Ese hombre no encaja aquí y no tendría la menor compañía si no fuese por Dalton. Él y ese escocés fabrican whisky juntos y son amigos. Pero Dalton tiene un trato muy especial con sus amigos.
Todas las mujeres soltaron una risilla ante aquel comentario y supongo que, si me hubiera sentido más cómoda entre ellas, habría preguntado a qué venía aquella reacción; sin embargo, como no me lo dijeron ellas voluntariamente, me abstuve de inquirir. Creo que no les gustó mi reserva y una de las mujeres cuchicheó algo al oído a otra, que, a su vez, me miró con expresión gélida durante un largo momento, antes de estallar en una risotada.
Me desagradó profundamente aquella sensación de no ser bien recibida y deseé unirme a la reunión de los hombres. Incluso habría consentido en beber de su whisky si hubiese sido necesario. Mientras me lamentaba de la situación, el caballero escocés, al que llamaban Skye, se levantó del asiento y se acercó a nuestra fogata. Las mujeres iniciaron una nueva ronda de cuchicheos y risas, pero guardaron un incómodo silencio cuando el hombre avanzó hacia nosotras y se sentó en el suelo a mi lado.
– Le ruego me disculpe, señora Maycott -dijo con un acento escocés que me recordó el de mi padre-, pero no nos han presentado. Soy John Skye.
– Supongo que ya sabe que tiene marido… -dijo Rosalie, dando lugar a otra carcajada general.
– Puede que ella se tome a bien sus galanterías -añadió otra de las mujeres.
– Dios sabe que a Anne Janson no la impresionó -exclamó una tercera, para gran diversión de todas.
– ¿Puedo hablar con usted en privado? -me preguntó él.
Observé las expresiones de quienes me rodeaban y supe que me censuraban, pero no podía vivir pendiente de caerles bien. Me puse en pie y, seguida por el caballero, nos apartamos de la fogata de las mujeres, que redoblaron sus risas y abucheos. Nos quedamos cerca del fuego de los hombres, sin alejarnos mucho. Andrew me miró, sonrió y continuó la conversación con Dalton. Entre nosotros no había habido nunca desconfianza en aquel aspecto y, desde luego, él no iba a malinterpretar mi interés por el señor Skye, ni a encontrarlo inapropiado. Al contrario, comprendería perfectamente la situación y se alegraría por mí; allí, entre aquella gente del Oeste, ruda e iletrada, había encontrado a la que tal vez fuese la única persona con aficiones literarias.
– Su esposo me ha dicho que es usted una gran lectora, señora Maycott -dijo Skye-. Quería mencionarle que tengo la fortuna de poseer un número no pequeño de volúmenes y que se los prestaré con mucho gusto cuando usted desee.
– Es muy amable -respondí-, aunque no estoy segura de que el suelo de un rincón de bosque con una techumbre improvisada sea el mejor lugar para guardar algo tan preciado como un libro.
– Usted tendrá su propia casa a no tardar. Su marido cortará setenta u ochenta buenos troncos en su tiempo libre y, cuando los haya reunido, celebraremos una fiesta y levantaremos la cabaña. Si se aplica, debería usted tener una casa con puerta dentro de un par de meses.
– ¡Un par de meses viviendo sin puertas me parece mucho tiempo! -respondí, riéndome.
Él carraspeó antes de continuar:
– Yo tengo la fortuna de poseer una casa grande, en la que vivo solo. Dispone de dos plantas y varias habitaciones. Si quieren, pueden pasar ese tiempo allí. Ya le he hecho la oferta a su marido. Pueden alojarse conmigo.
Tuve la impresión de que deseaba añadir que, si prefería quedarme en su casa mientras Andrew trabajaba en la parcela, me recibiría con los brazos abiertos, pero no cayó en la tentación. En lugar de eso, me dirigió una sonrisa sesgada en la que sus dientes, blanquísimos para un hombre de su edad, brillaron a la luz de las fogatas.
– Resulta raro, ¿verdad? Personas como nosotros, a la deriva en un lugar como este…
– ¿Cómo puede estar seguro de que usted y yo somos personas de la misma clase? -le pregunté, aunque sin acritud. Él me miró con una atención que no era del todo apropiada, pero nuestra diferencia de edad y la proximidad de mi marido, a unos pasos apenas, me hizo sentir que tampoco resultaba peligrosa.
Me fijé en el joven imberbe, que continuaba sentado con los demás y, sin embargo, daba la impresión de mantenerse apartado.
– ¿Podría decirme, le ruego, quién es ese caballero? -pregunté al señor Skye.
– Señora Maycott -respondió él con un resoplido-, en el Oeste no hay caballeros. Ese hombre es Jericho Richmond. Es el amigo del señor Dalton.
– ¿Es que solo tiene uno? Creía haber observado que usted también es amigo del señor Dalton.