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– Desde luego que lo soy. Mi vida sería mucho más difícil sin su amistad. Pero Jericho es amigo íntimo de Dalton. Viven en la misma casa.

– Es un hombre muy guapo. ¿No tiene esposa? Tenía entendido que la gente se casaba muy joven, en el Oeste.

El señor Skye carraspeó:

– El y Dalton son amigos muy, muy íntimos.

Entonces comprendí la naturaleza de su relación y que solo debía hablarse de aquello mediante indirectas. Curiosa y extrañamente, aquellos rufianes del Oeste eran, por necesidad, más tolerantes que la gente del Este. Jericho Richmond, al que había estado observando, trabajaba con la misma energía que cualquiera y eso era, no cabía duda, lo único que se exigía de él. Habíamos ido a parar al infierno, de eso tampoco cabía ninguna duda, pero estaba resultando ser una clase de infierno curiosamente complejo.

La escena era casi idílica. Un tipo llamado Isaac, que trabajaba para Dalton -quien llamaba «los chicos del whisky» a sus hombres, los cuales se encargaban de distribuir su producción por los cuatro condados-, tocaba el violín pasablemente. Otro chico del whisky, un hombre tuerto, entretuvo a los niños con el relato de cómo, hacía quince años, había sido deportado a América por el delito de pescar una trucha de dos libras en el estanque de un caballero. Andrew me rodeó los hombros con el brazo y juntos contemplamos nuestra pequeña cabaña, levantada con su esfuerzo y el de la comunidad; allí plantados, supe que mi marido estaba feliz en cierto grado o, como mínimo, satisfecho.

El zafarrancho, como llamaban a aquellas fiestas, había empezado hacía muchas horas y los hombres ya se habían bebido un río entero de whisky cuando surgieron los problemas. Uno de los hombres, que había llevado a cabo buena parte del trabajo, me había parecido el más desabrido del grupo. Era, igual que Andrew, carpintero. Como tantos hombres del Oeste, endurecidos después de años de vida en plena naturaleza, no era fácil adivinar su edad, pues ocultaba el rostro bajo las greñas y la mugre, pero calculé que rondaría los cuarenta. Llevaba una camisa de cazador vieja, muy necesitada de reparación, y lucía una estrafalaria barba de profeta, negra como la medianoche y sucia de restos de comida y virutas de madera y, sospeché, de sus propios vómitos. Los demás hombres no ocultaban el desagrado que les inspiraba, pero lo toleraban por su dominio del oficio. De hecho, sospeché que una de las razones de que Andrew hubiera tenido tan buena acogida desde el primer momento era que sus conocimientos de carpintería harían a los colonos menos dependientes de aquel tipo repulsivo.

Andrew le había tomado la medida desde el principio. Cuando había mencionado su oficio, había visto una cólera profunda en los ojos del barbudo. Mueller, que así se llamaba el hombre, había escupido y había meneado la cabeza. «Muchos de los que llegan dicen que son lo primero que se les ocurre. Pero aquí, eso no vale nada; nadie se hará pasar por carpintero hasta que yo lo juzgue.» En lugar de ofenderse o de desafiar aquel alarde presuntuoso, Andrew había respondido al hombre con el respeto que este deseaba. Si Mueller andaba cerca mientras él trabajaba en algo del oficio, le pediría opinión. Mi marido observó el trabajo de aquel individuo e hizo preguntas y comentarios elogiosos sobre su pericia, la cual, me informó, era verdaderamente impresionante. «Detesto que los hombres fanfarroneen sin mérito -declaró por último- pero aún odio más que lo hagan sabiendo realmente de lo que hablan.»

Aquella muestra de respeto surtió efecto y, muy pronto, Mueller rodeaba con su brazo los hombros de Andrew y proclamaba con voz ebria que aquel tipo de la ciudad resultaría todo un hombre. Dalton nos había informado de que Mueller vivía a cierta distancia y que tenía poca relación con la comunidad, salvo en las ocasiones en que no se podía prescindir de sus conocimientos. Andrew comprendió que lo mejor era fingir amistad hasta que se marchara.

Sin embargo, en la fiesta, Mueller no se apartaba de Andrew y su compañía -además de su hedor, de su ánimo belicoso y de su propensión al contacto físico- empezó a hacerse pesada, incluso opresiva. En el Oeste se bebe whisky como si fuera cerveza pero, incluso teniendo esto en cuenta, Mueller ingirió una cantidad desmesurada. Cuando hubo bebido suficiente para matar a dos hombres, empezó a tambalearse y a farfullar de un modo casi ininteligible. Su barba se convirtió en un gran nudo grasiento de restos de comida y tabaco y, en cierto momento, de sangre, aunque no supe su origen.

Toda la noche temí que terminara montando una bronca y, al final, acerté. Se acercó a Andrew y le dio un empujón en el pecho.

– ¡Tiene una mujer muy guapa, Maycott! -gritó, aunque apenas había un palmo entre los dos.

Andrew esbozó una leve sonrisa y se encogió de hombros, señalando un grupo que había formado un corro mientras el violinista rascaba su instrumento. Una docena de colonos cantaba a coro y Andrew intentó comunicar a Mueller que, en aquellas condiciones, se hacía difícil la conversación.

– No entiendo cómo consiguió que una cosa tan linda se fijara en usted -gritó Mueller-. Tal vez ella quiera sentarse en mi regazo. Tanto vale un carpintero como otro, ¿no?

Andrew sonrió de nuevo, forzadamente.

– Me encanta su buen ánimo, amigo -le dijo. Me lanzó una mirada y entendí enseguida que quería que desapareciese de la vista de aquel borracho.

En aquel momento, yo iba cargada con una fuente de pavo asado que llevaba a la reunión, de modo que la dejé rápidamente donde pude y me di la vuelta para regresar a la fogata donde se hacía la comida. Mueller, sin embargo, alargó la mano y me agarró por la muñeca.

– Que se siente en mi regazo, he dicho.

Andrew se interpuso. Una cosa era contemporizar con un hombre como aquel cuando se ponía grosero, simplemente, pero allí parecía haber algo más y no toleraría que se propasara de aquel modo sin pararle los pies.

– Está demasiado acalorado, Mueller -dijo con voz firme, pero todavía no desafiante.

Mueller me soltó y se puso en pie.

– Y usted olvida cuál es su lugar -dijo.

Andrew aparentaba tranquilidad, pero yo sabía que estaría ardiendo por dentro.

– Mi lugar -replicó con la más suave de las voces, apenas audible entre el jolgorio y la música- es cuidar del honor de mi esposa. Ahora, ya lo sabe. Si tiene que desafiarme por cumplir con mi deber, estoy dispuesto. No será más de lo que hice en la guerra.

Isaac seguía tocando y los cantantes no habían callado, pero el conflicto había atraído no poca atención. El señor Skye, cuya expresión indicaba que había esperado aquello desde el principio, se hallaba en esos momentos a mi lado. El señor Dalton y Jericho Richmond también estaban allí y vi en el rostro del primero que deseaba ahorrarle a Andrew aquella pelea. Abrió la boca, dispuesto a hablar, pero Richmond le susurró algo al oído y Dalton contuvo la lengua.

Mueller observó a los espectadores y luego a Andrew. Hizo una pausa y, a continuación, se lanzó hacia delante y rodeó con los brazos a este… pero no para atacarlo. Entre los que presenciaban la escena se alzó una exclamación y varios espectadores retrocedieron unos pasos. El señor Dalton y yo, en cambio, quisimos intervenir, pero no había nada que hacer. Mueller tenía a Andrew envuelto en un abrazo de oso y le oímos decir:

– Tiene usted razón, amigo Maycott. Le ruego que me perdone.

Al principio, creí que sollozaba, pero no. Mueller soltó a Andrew bruscamente y sonrió entre la espesura de su sucia barba, al tiempo que le posaba una mano en el hombro.

– Amigo Maycott… -repitió, como si hubieran corrido muchas aventuras juntos y no fuese necesario decir nada más.

Yo, sin embargo, no me fié. Un tipo como aquel podía decidir en cualquier momento que lo habían humillado y volverse contra Andrew sin previo aviso. No llevaba más que un instante pensando en ello, cuando el señor Dalton apareció a mi lado.