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– No está usted tranquila, ¿verdad, señora? -dijo.

– No -reconocí-. Ese hombre es un bárbaro. Yo creo que apenas está en sus cabales. Podría matar a Andrew antes de que tuviera oportunidad de defenderse. ¿No hay modo de echarlo?

El señor Dalton movió la cabeza en gesto de negativa.

– Es preferible no hacerlo, señora Maycott. Lo mejor sería que nos libráramos de él, pero usted no querrá que él los haga objeto de su cólera, ¿verdad?

– Entonces, ¿quién…? -pregunté, aunque me pareció que ya sabía la respuesta.

– Yo me ocuparé. Ahora tenemos otro carpintero, y mejor que él. Yo le facilitaré el camino a su marido.

No añadió nada más, de momento, y se limitó a volverse hacia Richmond, con quien inició una conversación privada sin perder de vista en ningún instante a Mueller. Al cabo de un momento, este los miró y Dalton lo señaló con el dedo y comentó algo a Richmond, quien respondió con una sonora carcajada.

Aquel era el cebo y Mueller picó enseguida. Se puso en pie al momento, avanzó cuatro o cinco pasos hacia los dos hombres y, con el pie, levantó una nube de polvo hacia el joven.

– ¿Tiene algo que decirme, Richmond?

Dalton y Richmond le sostuvieron la mirada, pero fue el primero quien respondió:

– Vuelva a sentarse, Mueller. A ver si esta vez termina la fiesta sin una pelea.

– ¿Y si no es así? Todavía no he perdido ninguna.

– Todavía no se ha enfrentado conmigo, ¿verdad? -replicó Dalton, exagerando su acento irlandés.

– Todavía no, y quizá no lo haga esta noche. Esa buena mujercita suya -movió la mano con desprecio para señalar al señor Richmond- está riéndose de mí.

Dalton avanzó un paso.

– ¿Qué acaba de decir?

Mueller se rió. Alzó la jarra para echar un trago, pero no acertó a llevársela a la boca y se derramó el líquido por la barbilla, empapando la camisa de cazador.

– Supongo que a la señorita Richmond le da miedo pelear. El irlandés es el hombre de la casa, no hay duda. Imagino que cada mañana…

Hasta allí llegó su parlamento, pues Dalton, que tenía en la boca una bola de tabaco de mascar, se la escupió a la cara. Con una precisión notable, la bola no rozó siquiera la barba y se estrelló en pleno ojo del rufián.

Asistí a la escena en perplejo silencio, asida a la mano de Andrew. Aquellos hombres estaban a punto de enfrentarse en un combate brutal y sangriento, tal vez mortal, pero no podía lamentarlo. Mejor que Mueller peleara con el señor Dalton en aquellos términos, a que lo hiciera con Andrew. Aun así, tuve la incómoda sensación de que había hecho algo, si no exactamente malo, por lo menos impropio. Dalton había tomado voluntariamente la decisión de ponerse en peligro, pero no pude por menos de pensar que lo hacía por mí, no por Andrew, y que, de algún modo y sin proponérmelo, era yo quien lo había impulsado a actuar.

Mueller se quedó paralizado, con la cara enrojecida a la luz de la fogata y la frente brillante de la mancha húmeda del tabaco de Dalton, y rápidamente intervino la gente: una multitud de manos contuvo a Mueller y otra hizo lo mismo con Dalton. Inocente de mí, pensé que intentaban detener el conato de violencia, pero las cosas no se hacían así en el Oeste. Pronto quedó claro que había unas reglas que seguir. De repente, el violinista dejó de tocar, y los cantos y bailes cesaron. Acababa de empezar la verdadera diversión de la velada.

Enseguida, Andrew se situó a mi derecha, al tiempo que el señor Skye se colocaba al otro lado. Uno de los hombres de Dalton, aquel tipo increíblemente alto, Isaac, entró en el círculo que formaban los espectadores, de unos quince pasos de diámetro.

– ¿Qué va a ser, señores? -preguntó.

Dalton no titubeó:

– ¡Los ojos!

Una sombra, algo muy parecido al miedo, nubló el rostro de Mueller, todavía húmedo del tabaco. La afrenta parecía haberlo afectado pero, al parecer, el escupitajo no le molestaba lo suficiente para limpiárselo. Con los ojos casi cerrados y entre dientes, masculló:

– ¡Sí! ¡Los ojos!

Todo aquello me resultaba muy confuso, y el señor Skye reparó en ello.

– Seguro que se habrá preguntado por qué hay tantos hombres aquí a los que les falta un ojo -le dijo-. Se trata de un desafío corriente. Se pelean hasta que uno se lo quita al otro.

– Pero ¡eso es una monstruosidad! -exclamé. Me había complacido que Dalton se mostrara tan dispuesto a pelearse con Mueller, pero yo no quería aquello. Si el señor Dalton perdía un ojo, yo sería responsable.

– Esto es el Oeste. Pero no tema: Dalton no ha perdido nunca, como puede ver en su cara. Y lleva dos años deseando tener una excusa para cerrarle la boca a ese hombre.

– Pues parece que el señor Mueller tampoco ha perdido nunca estos desafíos… -terció Andrew.

– No suele aceptarlos. Con el oficio que tiene no puede permitirse perder un ojo; sin duda, usted lo comprenderá. Y, aun a riesgo de mostrarme parcial, no se ha enfrentado nunca a Dalton, y este, como habrá observado, está furioso. No tolera esa clase de comentarios sobre Richmond.

Miré a Jericho Richmond, que permanecía en segunda fila con los brazos cruzados, observando la escena con calma. De hecho, en sus labios se dibujaba una ligera sonrisa presuntuosa, complacida y un poco impaciente, como si el resultado de la contienda ya estuviera decidido.

Las manos que los retenían soltaron a los dos hombres. Al momento, Dalton saltó por el aire como una pantera y se abalanzó sobre Mueller. Los dos cayeron al suelo y oí un crujido, aunque no supe si era de un hueso o de una rama. El grupo de espectadores expresó su aprobación con gruñidos. Unos cuantos lanzaron vítores y un muchachito se echó a reír como un loco, pero nadie se acercó a los combatientes. El círculo se mantuvo firme y sólido, como si fuese un lugar de culto sagrado de los druidas.

Dalton estaba ahora encima de Mueller, con la rodilla sobre el pecho del carpintero, y había inmovilizado las manos de este con su robusto brazo izquierdo. Era una cuestión de equilibrio, consecuencia del impulso del salto, y apenas transcurrió un par de segundos hasta que Mueller se desasió. El irlandés, con una mueca de determinación y entendimiento, se mordió el labio inferior como un niño concentrado mientras examinaba el campo de batalla y enseguida, tras un instante demasiado breve para decir que lo hacía premeditadamente, vio su oportunidad y aplicó su estrategia.

Levantó la mano derecha, con el pulgar alzado como si empezara a contar ostentosamente, y mantuvo el gesto apenas un segundo, pero, a mí, aquella mano se me antojó un icono, un estandarte teñido de anaranjado a la luz de media docena de fuegos. A continuación, el pulgar descendió a plomo, con la furia de un halcón que se lanzara sobre su presa. Mueller soltó un grito desgarrador de sorpresa, que se transformó al momento en un aullido de dolor, y me eché a temblar de miedo, lástima y disgusto. Instantes después, Dalton se puso en pie con el rostro y la camisa cubiertos de sangre, que también goteaba copiosamente de su mano, como si tuviera un corte abierto en su propia carne. Mueller yacía en el suelo, enroscado de modo que no le veía la cara, y emitía un ruido horrible, estremecedor, un lamento por la vida que había llevado hasta entonces, mientras un charco de sangre oscura crecía bajo su cabeza.

El señor Skye soltó un chasquido, como un mayordomo irritado.

– No se puede decir que Dalton no sea eficiente. Conviene tenerlo como amigo… -comentó, mirando a Andrew. Mi marido, pasmado de horror y de sorpresa, asintió.

– Menos mal que parece que le caigo bien -acertó a responder, aunque lo hizo con una voz que era apenas un susurro.

– Sí, tanto usted como su esposa -confirmó el señor Skye-, y eso que no suele mostrar aprecio por los recién llegados. -Dirigió otra mirada a la figura patética de Mueller y añadió-: Pero supongo que esta es la lección. No se puede ser amigo de todo el mundo; aquí, en estas tierras, no. Aquí, uno hace amigos, pero también se crea enemigos.