Capítulo 11
Ethan Saunders
Tras haberle dado a Hamilton el tiempo necesario para que surtiera efecto la magia que se llevaba entre manos, regresé a mis aposentos en casa de la señora Deisher, donde encontré a la corpulenta dama alemana dispuesta a recibirme y deseosa de hacerlo. Cuando su muchacha me franqueó el paso, la casera se abrió paso con sus inmensos pechos entre la criada y la puerta y me los plantó delante.
– Señor Saunders… Capitán Saunders, quiero decir, le pido perdón. La culpa del malentendido es mía, pero ese hombre del gobierno lo ha dejado todo claro. ¿Tiene hambre? ¿Quiere que le prepare algo de comer?
– No se preocupe por la comida -le dije-. En cambio, lo que sí necesito con urgencia es lavarme y cambiarme de ropa, pues no he podido acceder a prendas limpias desde hace más de un día.
– De nuevo, debo pedirle perdón, capitán. -La mujer se ruborizó-. Ahora mismo le enviaré a mi Charlotte con las aguas para el baño.
Le sonreí con benevolencia porque en ese momento éramos buenos amigos. Entre nosotros las cosas fluían con facilidad y en nuestro corazón no había más que amor.
– Ah, una cosa más, señora Deisher. Antes de que se marche, ¿tendría la bondad de contarme por qué eligió precisamente esa noche para echarme de casa?
– Solo fue una ocurrencia, una terrible y estúpida ocurrencia -respondió con un leve respingo-. Perdóneme, por favor.
– La perdonaré -dije sonriendo, pero con una voz glacial- si me dice la verdad.
– Oh, yo nunca miento -replicó, agachando la cabeza.
– Señora, ya ha visto las buenas relaciones que tengo con el gobierno. Si no me responde a lo que le pregunto, haré que la arresten por espiar para un país extranjero, Francia, digamos, porque la idea de una espía alemana es absurda, y la expulsarán del país para siempre. Y, como recompensa, tal vez me den su propiedad. ¡Leónidas! Voy a dictarte una carta: «Querido secretario Hamilton: Tengo que informarle de algo que me preocupa enormemente, la presencia de una espía…».
– ¡Basta! -gritó ella-. Se lo diré, pero no debe divulgarlo. Ese individuo prometió que me haría daño si no cerraba la boca.
– Si me lo cuenta todo -insistí-, la protegeré con mi vida.
– Era un hombre de aspecto muy poco civilizado -dijo-, con la barba canosa y el pelo largo. Dijo que se llamaba Reynolds. Me pagó veinticinco dólares y aseguró que incendiaría mi casa si no hacía lo que ordenaba.
– ¿Dijo quién era o por qué deseaba que yo me marchara?
– No -la mujer sacudió la cabeza-, pero le creí. Me pareció el tipo de hombre capaz de pegar fuego a una casa.
Yo asentí. Luego, añadí:
– Tenga la amabilidad de darme los veinticinco dólares. Creo que me los he ganado.
– Ya los he gastado -replicó ella.
– Pues déme otros veinticinco.
– No los tengo.
– Tal vez los podría descontar de lo que usted le debe -propuso Leónidas.
No era lo mismo que tener veinticinco dólares en el bolsillo, pero no me quedaría más remedio que conformarme.
– Acepto las condiciones -dije, volviéndome hacia la señora Deisher-. Y ahora, no nos olvidemos de mi baño.
– No tiene ningún sentido -dijo la mujer, sacudiendo la cabeza muy erguida.
– ¿El qué?
– Ese Reynolds dijo que lo echara porque así lo quería el secretario Hamilton, pero debía de ser mentira porque ha sido el propio secretario Hamilton quien me ha pedido que lo readmita.
Percibí algo, como un perro nota un olor familiar en el aire. Leónidas se volvió enseguida, pero yo lo miré y le dirigí un levísimo movimiento de cabeza. Hace mucho tiempo que aprendí que, cuando alguien tropieza con algo importante inesperadamente, lo que debe hacer es no llamar la atención sobre ello.
– Qué interesante -comenté, por decir algo-. Y ahora, el baño.
No podría hacer más progresos hasta que me quitara la suciedad acumulada de mis tribulaciones.
Finalmente, pude librarme de la mugre y la humillación de las dos últimas noches. El agua caliente fue un bálsamo y la ropa limpia me sentó tan bien como una noche entera de sueño. Una vez limpio, pedí a Leónidas que me afeitara y estuve en condiciones de mirarme en el espejo colgado encima de la chimenea. A decir verdad, no quedé del todo insatisfecho. Tenía la cara un poco contusionada, con moratones y unas cuantas heridas, que tardaban más en curarse que cuando era joven; sin embargo, como ahora iba limpio y aseado, parecían indicar una pelea entre hombres y no desesperación y ruina.
En vista de que ya podía disfrutar de la paz de mi habitación, me senté en una silla mullida junto a la ventana, a la luz cada vez más tenue del atardecer. Al otro lado de la estancia, Leónidas guardaba los instrumentos de afeitar. Cuando terminó, se sentó en una de las sillas y me dirigió una mirada muy expresiva.
– Quizá sea hora de que medite sus próximos pasos -dijo-. ¿De veras quiere perder el tiempo tratando de encontrar al señor Pearson?
– Pues claro que quiero encontrarlo.
– Ethan, debería pensar en esto. -Se inclinó hacia delante con aquel aire serio tan suyo-. Ahora tiene poco dinero y entiendo que siente afecto por la señora Pearson, pero sentir afecto por ella no significa que tenga que sacrificarse en su recuerdo. Si el señor Lavien no desea su ayuda, tal vez tenga el asunto casi resuelto.
– Para empezar, yo no daría nunca la espalda a un antiguo compromiso.
– No estoy muy seguro de eso -dijo con mucha amargura-. Le he visto hacerlo.
Yo no estaba dispuesto a que me arrastrara a otra conversación sobre su emancipación.
– Y para colmo, he sido agraviado personalmente. Unos hombres han intentado intimidarme y perjudicarme, haciendo que me echaran de mi casa. No puedo volver la espalda a todo eso. Y quien más me asombra es Hamilton. Todos estos años he creído que había sido él quien había querido arrumar mi reputación divulgando que había cometido una traición, y lo he odiado por ello. Ahora, parece que estaba equivocado y resulta que Hamilton es un tipo decente y que ha llegado incluso a decir que valora mis habilidades.
– ¿Y qué?
– ¿No lo ves? Si encuentro a Pearson, si supero a Lavien en su propio juego, Hamilton volverá a ponerme al servicio del gobierno. Seré útil de nuevo, Leónidas. No puedo permitir que se me escape de las manos esta oportunidad.
– ¿Cómo va a superar a un hombre como el señor Lavien, que tiene también unas habilidades impresionantes, es más joven que usted y cuenta con el apoyo y el poder del gobierno?
– Lo que tenemos que hacer, creo, es no ir detrás de lo obvio, sino centrarnos en líneas de investigación que sean exclusivamente nuestras. ¿Qué sabemos que Lavien no sepa?
– De entrada, no sabemos lo que sabe porque no nos lo dice.
– Pero podemos partir de ciertas hipótesis. Supongamos, primero, que Lavien y Hamilton no saben nada del irlandés, no saben nada de la nota de la señora Pearson y se me antoja que también ignoran que hay un tipo llamado Reynolds que se hace pasar por uno de los suyos. Lavien lleva una semana buscando a Pearson, pero no parece haber avanzado mucho. Supongo que lo está haciendo de la manera habitual, hablando con la familia, los amigos y los socios comerciales, pero este método no le está dando ningún fruto. Tenemos que hacerlo a mi manera, Leónidas: sigamos el viejo método de Fleet y Saunders, y ya veremos quién encuentra primero a ese hombre.
– Y eso, ¿qué significa? -quiso saber.
Saqué mi reloj robado y miré qué hora era.
– Vayamos a ver a Hamilton otra vez. Tengo una pregunta importante que formularle.
– No le gustará. -Leónidas sacudió la cabeza.
– Lo sé -dije-. Precisamente por eso, tenemos que encontrar antes un periódico. Para persuadir al secretario de que sea amable, necesitaremos algo.