– Es bueno, este whisky. -Dejé el vaso en la barra.
– Sí, el mejor que existe.
– ¿De dónde lo saca?
– Tengo mis fuentes -sonrió.
– ¿Es su fuente un irlandés arisco de cabeza calva y como de cuero?
Si lo hubiera derribado de su taburete no lo habría sorprendido más y aquel era, ciertamente, mi objetivo. Podría haber planteado la cuestión despacio, tanteando al hombrecillo como una lengua que busca la ubicación precisa de una muela que duele, pero me pareció absurdo. Hilltop era un tipo suspicaz y me pareció mejor optar por ir al grano.
Durante la guerra, Hilltop había ayudado a espías, pero él no lo era y no tenía otro aprendizaje que el de esperar que lo que hacía pasase inadvertido y aquello, bastante a menudo, lo ponía en práctica con crudeza. Noté que desviaba los ojos hacia una mesa a la que estaba sentado un hombre solo, un tipo de unos cuarenta años, de pelo oscuro y calva incipiente y cara aplastada con una boca grande que le daba aire de rana. Estaba encorvado sobre un trozo de papel, pluma en mano, y no alzó la cabeza. A continuación, Hilltop miró hacia la chimenea, cerca de la cual dos hombres, sentados y enfrascados en una conversación, trataban de aparentar que no me habían visto. Observé toda la escena sin que Hilltop o los demás lo notaran. En realidad, durante los minutos siguientes fui colocándome en la barra de modo que pudiera mirarlos constantemente sin que ellos lo advirtieran.
– ¿Qué sabe de él? -me preguntó Hilltop.
– Sé que ustedes dos se conocen -dije-, ya que enseguida ha sabido de quién le hablo. Me gustaría intercambiar unas palabras con él y preferiría de veras que no supiera que voy a presentarme.
– ¿Qué? ¿Trabaja de nuevo para Hamilton? -me preguntó Hilltop-. ¿Después de todo lo que le ha hecho?
El comentario estaba tan cerca de la verdad que resultaba incómodo; no podía permitirme el lujo de creer que, en aquella charla, yo era el único listo.
– Tengo asuntos particulares con él.
– Hace tiempo que no veo a ese hombre por aquí -dijo Hilltop-. Unos meses atrás, me vendió una docena de barricas de este whisky y me alegró mucho poder hacerme con esta mercancía. No ha vuelto por aquí, pero oí hablar de él hará unas dos semanas.
Hilltop había atraído mi atención, pero no tanto como él creía porque, pensando que su inteligencia me había cautivado, hizo una leve señal con la cabeza a los dos hombres sentados junto al fuego. Uno de ellos, el más alto y joven de los dos, le dio algo al otro, bajo y viejo; a continuación, se puso en pie y salió de la taberna. Me enojó tener que dejarlo marchar pero, como solo podía enfrentarme a uno, creí que era mejor hacerlo con el que se había quedado después de recibir lo que fuese aquello.
– No lo he visto personalmente -decía Hilltop-, pero hace una semana, un parroquiano dijo que lo vio salir de una casa de huéspedes de Evont Street, cerca de la esquina con Mary, en Southwark. No sé si el irlandés vivía allí o había ido a visitar a alguien, pero ese hombre dijo estar seguro de que era él. Yo esperaba encontrarlo para comprarle más whisky de ese.
– ¿Sabe quién es? -inquirí-. ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica?
– No dijo tanto. -Hilltop sacudió la cabeza-. Pero el impuesto sobre el whisky de Hamilton seguro que le ha hecho mucho daño.
El impuesto del whisky había sido aprobado por el Congreso como simple medida de recaudar fondos para el Banco de Estados Unidos. ¿Qué mejor manera de que el erario aumentara sus ingresos, se había argumentado, que gravar un artículo de lujo -y, además, nocivo- que gustaba a tantos? Que los hombres que malgastaban su tiempo bebiendo mucho pagaran el crecimiento económico de la nueva nación. La aplicación de esta tasa había causado un intenso resentimiento entre los republicanos demócratas a los que les gustaba, casualmente, pasar el tiempo bebiendo whisky.
El hombre bajo y viejo al que el joven le había dado algo de importancia se puso en pie y se dirigió hacia la puerta.
– Déjeme que le sirva otro, Saunders -dijo Hilltop, que debía de haber notado mi interés en su parroquiano-. Será mejor que el primero, se lo garantizo.
Resultaba tentador, pero le di las gracias y le dije que enseguida volvería para tomármelo. Me dirigí hacia la puerta. El hombre no me quitaba ojo de encima y habría sido imposible salir sin que me viera. Abrió la puerta y salió corriendo. Yo también eché a correr y un tipo corpulento me salió al paso inmediatamente, pero lo esquivé, más por suerte que por destreza, y salí al frío de la noche.
Leónidas estaba alerta y solo tuve que señalarle al hombre que corría para que se lanzara tras él a la carrera. Miré a mi espalda y comprobé que, aunque los bebedores de El Pérfido Caballero habían probado a cerrarme el paso dentro del local, no estaban dispuestos a aventurarse en la noche para entrometerse en un asunto que no los concernía. Al ver que nadie nos seguía, redoblé mis esfuerzos. Noté un pinchazo en el costado, pero continué adelante, no porque creyera que podía alcanzar a Leónidas, sino porque no quería haberme rezagado demasiado cuando le diera caza.
Tomaron por Saint John en dirección a Brown Street, donde el hombre dobló al oeste. Cuando llegó a la esquina de Charlotte, Leónidas dio un gran salto, se abalanzó sobre él, y el fugitivo cayó de bruces al suelo con los brazos extendidos. Yo llegué a la escena justo a tiempo de ver que el desconocido intentaba meterse algo en la boca. A la luz de los faroles no vi bien de qué se trataba, pero era algo pequeño y brillante. Ocupado como estaba en inmovilizarlo, Leónidas no reparó en ello, por lo que, a pesar de que yo estaba todavía a unos diez pasos de distancia, me dolía el costado y temía vomitar el whisky que había bebido, hice acopio de fuerzas y corrí a pisar la muñeca del hombre.
Mi acción surtió efecto porque abrió la mano y de ella cayó una bolita de plata, del tamaño de una uva grande. Yo no había visto ninguna de la guerra pero supe de inmediato lo que era y me estremecí de terror. Cualquiera que fuese el embrollo en el que me había metido, cualquiera que fuese la trampa en la que había caído Cynthia Pearson, se trataba de algo mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Acababa de hacerme con la bolita cuando los acontecimientos se precipitaron de una manera pasmosa. Leónidas se desplomó hacia delante, emitiendo un sonoro gruñido. El hombre al que inmovilizaba se puso en pie y huyó corriendo por Charlotte Street y yo me vi rodeado de nuevo por Nathan Dorland y sus amigos.
Allí estaban Dorland y los mismos tres hombres que me habían atacado a la puerta de la taberna de Helltown. No sabía cómo me habían encontrado pero, probablemente, nos habían seguido hasta El Pérfido Caballero.
Tras una rápida mirada a Dorland y a sus hombres, casi todos los cuales iban armados, guardé la bolita de plata en el bolsillo y me agaché para ver si Leónidas estaba herido. Lo habían golpeado en la cabeza con la culata de una pistola y sangraba, aunque no abundantemente. Empezó a moverse, se frotó la testa y luego se levantó, despacio y con cuidado, como un gran monstruo saliendo de su guarida bajo tierra.
– ¿Quién me ha pegado? -su voz era tranquila pero estaba colmada de una amenaza callada y latente.
– ¿Qué? ¿Vas a volverte contra un hombre blanco? -preguntó Dorland-. Considérate afortunado de que no te haya pegado un balazo.
– Espere -dije.
– El tiempo de espera ha terminado -replicó Dorland-. En esta ocasión, no tiene a nadie que le rescate, Saunders. Está acabado.
Yo no quería estar acabado. Tenía la obligación de proteger a Cynthia Pearson y la posibilidad de redimirme, de volver a servir a mi país. Tenía la bolita de plata en el bolsillo y no sabía qué intrigas contenía. Tenía un importante trabajo por delante y ya no podía permitirme aquellos juegos con Dorland. En otro momento, su rabia y su inepta sed de venganza me habían divertido porque yo tiraba de los hilos y él bailaba a mi son como una marioneta. Ahora, se interponía en mi camino y aparecía cuando yo prefería estar tranquilo y relajado. Leónidas había salido malparado y la próxima vez, si yo lograba escapar y había una próxima vez, tal vez lo matarían. Estaba todo esto y había algo más. Se trataba de lo que la señora Lavien me había dicho la noche anterior: que me había convertido en un ser indigno, pero que cada nuevo día traía consigo la promesa de un camino nuevo. Sus palabras reverberaban ahora como un acero frío contra mi piel, haciéndome sentir alerta, despierto y aterrorizado. Fue por todas estas razones por lo que me volví hacia Dorland y le dije lo que le dije: