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Con bastante frecuencia, nos visitaban los que allí pasaban por ser nuestros distinguidos vecinos, aunque los más próximos vivían a media milla. Aquellas visitas eran a menudo una extraña mezcla de cortesía rústica y de esa curiosidad hostil con la que se suele tratar a los desconocidos.

El señor Dalton y el señor Richmond cenaban a veces con nosotros y noté que lo hacían no solo por el aprecio que le habían tomado a Andrew, sino también porque nuestra hospitalidad nos permitía recompensar, en la medida de lo posible, todos los esfuerzos que ellos habían hecho por nosotros. Dalton y Andrew hablaron largo y tendido del desmonte. El señor Richmond no era muy conversador, pero no parecía incómodo o resentido por el interés que el señor Dalton se tomaba en nosotros. Llegué a la conclusión de que el señor Richmond era simplemente un hombre taciturno, que rara vez encontraba en la rutina de la vida cotidiana circunstancias merecedoras de ser comentadas.

Mientras Andrew y el señor Dalton conversaban -de cómo nos había olvidado el Este, de si el gobierno de Nueva York (y después el de Filadelfia) no enviaba soldados para combatir a los indios y de que los planes de Hamilton en el Departamento del Tesoro destruirían a los pobres por favorecer a los ricos-, el señor Richmond me ayudaba en ocasiones a lavar y guardar los platos. A veces, yo hilaba o cosía y él venía a sentarse a mi lado y se limitaba a dar tragos de su whisky con aire de estar pensando en cosas importantes. En una ocasión, sin embargo, se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa de dientes careados.

– Andrew es un gran amigo de Dalton.

En aquel comentario había algo más que lo que decían las palabras, pero no supe qué.

– Me alegro de ello -me limité a responder-. Ustedes dos han sido muy bondadosos con nosotros.

Richmond calló unos instantes y luego dijo:

– Está muy bien tener un amigo como Dalton, pero no aprovecharse de él.

– Le aseguro, señor Richmond, que Andrew nunca…

– Sé que Andrew no lo haría.

Si me hubiese golpeado, no me habría quedado tan pasmada. ¿Me acusaba a mí de abusar de la amabilidad del señor Dalton? Me volví hacia él, pero meneó la cabeza como dando a entender que el asunto estaba agotado y, sin mediar palabra, salió de la habitación.

Una noche, estábamos sentados con el señor Richmond y el señor Dalton y, en esta ocasión nos acompañaba el señor Skye. Los cinco disfrutábamos de un preciado té y pan dulce de maíz después de la cena. Skye miró alrededor y se fijó en la mesita redonda contigua a la mecedora, donde estaba mi ejemplar de Postlethwayt. Aquello lo interesó de inmediato y, después de levantarse e inspeccionar la edición, le preguntó a Andrew cómo era que tenía aquel libro.

– No es mío -respondió-. A decir verdad, es demasiado aburrido para mí.

– Entonces, ¿es suyo, señora? -preguntó Skye-. ¿Le interesan la economía y las finanzas?

– Pues sí -dije, y noté que me sonrojaba. No quería revelar que era una escritora en ciernes y tuve la suerte de que no me pidiera más explicaciones.

– Entonces, tal vez tenga alguna opinión sobre las últimas noticias que acaban de llegar en un convoy de mulas desde el este -arqueó sus canosas cejas en gesto de curiosidad o tal vez de expectación-. Me he pasado la tarde leyendo los periódicos y no doy crédito a lo que he sabido.

– Cuéntenoslo -le pidió Andrew.

Sonrió, claramente complacido de ser él quien nos informara.

– El nuevo secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, ha nombrado un subsecretario que será su asistente inmediato y se convertirá en el segundo hombre más poderoso del Tesoro. Con la influencia que ese departamento está adquiriendo sobre George Washington y el gobierno federal, eso lo sitúa cerca de uno de los hombres más poderosos de todo el país. ¿Saben de quién les hablo? Todos los presentes lo conocemos.

– No tengo ni idea -respondió Andrew-, pero miren a Joan, creo que lo sabe.

Abrí la boca, pero todavía no dije nada. Se me antojaba imposible, pero solo había un hombre que cumpliese los requisitos que el señor Skye había mencionado, aunque al principio no me atreví a pronunciar su nombre en voz alta.

– No… -dije por fin-, ¿no será William Duer?

– ¿Y cómo lo ha adivinado? -preguntó Skye, asintiendo.

– No lo ha adivinado -intervino Andrew-. Ha sacado la única conclusión lógica. Yo no lo he hecho, pero entiendo cómo lo ha sabido. A fin de cuentas, es la única persona que todos conocemos y, cuando hablamos con él, nos contó de su vinculación cercana con Hamilton.

– Me pone malo pensar -dijo Dalton con una mueca de asco- que un hombre como Duer, que se ha ganado la vida estafando a los patriotas, ahora sea recompensado con tanto poder e influencia.

– Mirará por sí mismo -afirmó Skye-; Parece que su buen amigo Hamilton ha convencido al Congreso de que pague toda la deuda de los estados durante la guerra. Los pagarés que le dimos a Duer a cambio de las tierras se pagarán ahora a todo su valor.

– ¡Duer lo sabía! -exclamé-. Hamilton y él debieron de tramarlo. Han engañado a los patriotas para que les entreguen los pagarés y, cuando han logrado suficientes, han conseguido que el pueblo americano, con sus impuestos, pague esa deuda, con lo que ellos se han enriquecido. Es el abuso de poder más monstruoso e inimaginable.

– Así se hacen las cosas en Inglaterra -comentó Dalton-, pero aquí tendría que ser de otro modo.

– Pero no sucede así -replicó Skye-. Apenas importa qué principios sean más valorados en la mente de los hombres. Los hombres siguen siendo hombres y serán demasiado idealistas para mantener el poder y demasiado corruptos para no apoderarse de él.

– Sus críticas de la naturaleza humana son excesivamente duras -dijo Andrew-. ¿Para qué luchamos si este país no está destinado a ser mejor que aquel del que nos independizamos?

Dalton lo miró con una expresión tremendamente seria. Pareció que sus bigotes anaranjados se ponían tiesos, como las orejas de un gato.

– No hay que someterse a un mal amo porque el próximo tal vez no sea mejor. Hay que luchar y eso fue lo que hicimos. Luchamos por la oportunidad, amigo.

– Y ahora, ¿no lucharemos? -pregunté, levantando los ojos de mi labor-. ¿Ya ha terminado toda la lucha? Nos enfrentamos a Inglaterra porque nos oprimía, pero cuando se trata de nosotros mismos, cuando nuestro propio gobierno sitúa a hombres como Hamilton y Duer en una posición desde la que podrán destruir el alma de la nación, ¿qué tenemos que hacer? ¿Cruzarnos de brazos?

– No hay nada que hacer -murmuró Skye.

Yo no estaba tan segura. No sabía qué podíamos hacer para enfrentarnos a los intereses de la codicia y la crueldad que tanto terreno habían ganado, pero eso no significaba que no pudiese hacer nada. Pensé una vez más en mi libro y consideré que tal vez aquella novela -la primera novela americana, si lograba escribirla- podía ser un instrumento de cambio, o al menos participar en un movimiento de cambio, un movimiento de ciudadanos honrados que esperaban que su gobierno se mantuviera limpio de corrupción. Si aquellas noticias sobre Duer me habían consternado, a los demás les había sucedido lo mismo. Por todo el país, hombres y mujeres debían presenciar con horror cómo la corrupción se había infiltrado hasta el corazón de los políticos de Filadelfia. Alexander Hamilton, en otro tiempo hombre de confianza de Washington, había encaminado el país hacia la corrupción al estilo británico. Supe que tenía que encontrar mi voz y hacerlo pronto.