Probé un trago y enseguida aparté el vaso de la boca, asombrada. Había tomado whisky otras veces, en cantidades que en mi vida anterior habrían resultado impensables, pero aquello era algo absolutamente distinto. A la luz del fuego vi que era más oscuro, de color ambarino, y más viscoso. Y su sabor no era solo el calor embriagante y dulce del whisky, pues en este había aroma a miel, a vainilla tal vez, a sirope de arce e incluso tenía la fragancia duradera de los dátiles.
– ¿Qué es esto? -pregunté.
– Para responder a su pregunta -dijo Skye-, para responderla del todo, primero debemos estar seguros de que comprende lo que es el whisky. ¿Sabe por qué hacemos whisky? ¿Somos simplemente unos bebedores empedernidos, unos viciosos que no pueden vivir sin su fuerte licor?
– ¿Va usted a instruirme?
– Oh, sí -sonrió-. Mire, he planeado mentalmente esta conversación y pretendo que vaya como yo deseo. Ahora, dígame, ¿sabe por qué elaboramos whisky?
– Porque es la única manera de sacar beneficio de nuestras cosechas.
– A una mujer que lee el Diccionario Universal del Comercio y las Finanzas se le escapan muy pocas cosas -comentó mi marido.
Bebí otro sorbo, tratando de descifrar sus complejidades.
– Cada cual cultiva su grano -continué-; pero, más allá de lo que necesita para consumo personal, con el excedente no se puede hacer nada. No hay buenas carreteras, por lo que el viaje al Este es demasiado largo y complicado y, a fin de cuentas, resulta demasiado caro transportar grandes cantidades de cereal. Tampoco se puede utilizar el Mississippi para ir al Oeste porque los españoles no lo permiten. Entonces, ¿qué hay que hacer? La respuesta más lógica es convertir el excedente de grano en whisky.
– Precisamente -dijo Skye.
– Para el whisky siempre hay mercado -proseguí-. En el Este es cada vez más popular, el ejército está sustituyendo el ron por el whisky y, si transportar grano es complicado, transportar whisky en barricas lo es mucho menos. Por eso, el whisky es un sustitutivo del dinero. En algún momento, servirá para cambiar por dinero en efectivo y servirá para el trueque.
– Y, en eso, su marido ha resultado extremadamente útil. -El señor Skye señaló a Andrew-. Enseguida advirtió que a la bebida se le podía dar más sabor. Esta es una economía de trueque pero, ahora mismo, todo el whisky que se produce tiene la misma consideración. No hay ninguno que sea más apreciado que los demás. Pero ¿y si pudiéramos destilar uno mejor que los existentes?
– Claro -lo interrumpí-. Introduce en el mercado un bien más escaso y que provoca un mayor deseo y obtendrás más por su mercancía.
– Ha dado en el clavo una vez más, señora -dijo Skye-. Bien, Dalton y yo llevamos en el negocio del whisky unos cuantos años y hemos pensado que Andrew, con su talento de carpintero, podría ayudarnos. Hace tiempo que sabemos que se obtiene un whisky de más sabor si se almacena en barricas que en recipientes de loza, pero la diferencia no es significativa. Más sabor, pero el sabor no es siempre bueno, y una abundancia de mal sabor no le añade mucho valor a la bebida. Además, las barricas son más difíciles de transportar y la madera absorbe parte del whisky, con lo que a uno le queda menos producto para vender.
– Pero, a veces -terció Dalton-, es deseable almacenarlo en barricas. Es difícil hacerse con grandes cantidades de jarras de loza. En cambio, la madera abunda. Si tienes un excedente, es mejor perder un poco guardándolo en barricas que no tener sitio donde almacenarlo. Cuando le contamos todo esto a su marido, él aportó otras ideas, no solo su cooperación.
– ¿Es eso cierto?
Mi marido sonrió algo avergonzado.
– Enseñémosle el alambique -propuso Dalton.
Salimos de la cabaña y fuimos a lo que Dalton llamaba el cobertizo, aunque era un edificio el doble de grande que la cabaña donde él vivía, una suerte de taller o almacén rústico. En él había abundantes recipientes, jarras y tubos que sobresalían los unos de los otros y cruzaban la estancia en una mareante confusión que recordaba una perdigonada de una escopeta. Las paredes estaban llenas de barricas de madera, unos pequeños fuegos ardían en unas calderas cerradas y de los cacharros salía vapor en unas pequeñas y breves bocanadas. Allí dentro, el olor era intenso y exuberante, un aroma dulzón y de podredumbre a la vez, combinado con algo menos agradable, como la basura mojada y la carne putrefacta. Seducía y repugnaba a la vez.
– El principio es de lo más simple -explicó Dalton-. Empezamos con una olla llena de maíz fermentado en agua, lo que nosotros llamamos el wash. A continuación, lo hervimos ahí, encima de ese fuego. Se tapa la olla con ese tubo que sale de ella, ¿lo ve? Ahí se recoge lo que se evapora, ya que lo primero que se quema es lo más fuerte, el espíritu, si quiere decirlo así. Precisamente por eso, los licores fuertes se llaman bebidas espirituosas.
– Entonces, la bebida que sale del tubo, ¿es whisky? -inquirí.
– No -respondió Skye-, eso es lo que llamamos «vino inferior», un primer destilado que volvemos a pasar por el alambique. De este segundo paso sale con diferentes graduaciones. Lo primero que sale, que llamamos foreshot, no es, digamos, bueno para beber. Es desagradable, fuerte y hediondo. Se añade una pizca de él al producto final para darle un poco de fuerza, pero nada más. Después de este foreshot viene la «cabeza», que puede beberse pero sigue sin ser buena. Y luego se obtiene el clear run, que tiene este aspecto…
Nos tendió una botella de cristal que contenía un líquido casi incoloro.
– Este es más como el whisky al que estoy acostumbrada.
– Sí, lo es -asintió Skye-. El sabor y el color del nuestro proceden de la barrica. Cuanto más tiempo pase en ella, más color y sabor obtiene, pero no solo se trata de eso.
– Me pareció -intervino Andrew- que podía extraerse más sabor de la barrica chamuscando su interior. Y así ha sido. Los whiskies con los que hemos estado experimentando en los últimos meses tienen más sabor que ninguno que hayamos probado antes.
– Y Andrew ha hecho más que eso -añadió el señor Dalton-. Ha modificado la receta y ha ajustado las proporciones de los cereales, añadiendo más centeno que maíz a la mezcla. Hemos nombrado a su esposo socio de nuestra destilería y, a menos que me equivoque, nos ha hecho ganar mucho dinero a todos.
Dalton cogió una botella del nuevo whisky de color tostado y nos sirvió un vaso a cada uno, con el cual brindamos por nuestro futuro. Habíamos venido al Oeste como víctimas pero, ahora, parecía que podíamos ser los vencedores. Era lo que creíamos en aquel instante, y lo que teníamos que creer, porque esa era la América por la que habíamos luchado, donde el trabajo duro y la inventiva debían triunfar. No sabíamos que en aquel momento, en el Este, Alexander Hamilton y su Departamento del Tesoro conspiraban para arrebatarnos todo aquello.
Capítulo 13
Ethan Saunders
La noche anterior no había sido tan abstemio con la bebida como cabría desear de un hombre en proceso de reformarse. A pesar de ello, me levanté temprano con una impaciencia que no había conocido en años. Me esperaba una jornada fuera de lo común porque tenía cosas que hacer. Hacía años que no me sucedía. Había tenido cosas que necesitaba hacer, o que tenía obligación de hacer, o que era mejor que me encargara de hacer, pero normalmente eran asuntos de esos que «si no los hago hoy, ya los haré mañana». Había puesto a buen recaudo el mensaje robado, escondido en un segundo volumen huérfano de Tristam Shandy, y tenía la bolita de plata sobre mi mesa como un monumento a todo lo que había cambiado en mi existencia. Me sentía vivo y vibrante y tenía cosas que hacer, cosas monumentales que me proponía llevar a cabo.