Para empezar la búsqueda de William Duer, era de suma importancia que pasara por la taberna de la City. Tenía la impresión de que Duer estaba en el centro de todo. Había sido su hombre, aquel misterioso Reynolds, quien se había ocupado de que me expulsaran de mi alojamiento. Hamilton lo había calificado de buscapleitos y la nota que había recuperado la noche anterior parecía aludir a él. Desde luego, la «D.» podía referirse a otro, pero no me lo pareció. Hamilton me había asegurado que Duer no se encontraba en la ciudad, pero yo no confiaba en que hubiera sido sincero en este punto, teniendo en cuenta que la mera mención del nombre de Reynolds le provocaba una reacción furibunda.
Sin embargo, faltaban todavía varias horas para que empezaran las transacciones en la taberna, por lo que, antes de dirigirme allí, decidí visitar la dirección que me había proporcionado Hilltop. Así pues, a las diez, Leónidas vino a buscarme a mis aposentos y juntos nos encaminamos al sur, hacia la posada de Evont Street. El trayecto desde el corazón de Filadelfia hasta Southwark fue como presenciar, aceleradamente, cómo un rostro joven se marchitaba con la edad. Las casas de ladrillo rojo, al principio majestuosas y bien atendidas, se convertían, una bocacalle más allá, en viviendas desvencijadas y descuidadas. Un par de calles después, pasaban a ser casas de madera y, algo más allá, estas eran ya poco más que chabolas. Los estirados comerciantes, los especuladores frenéticos y los cuáqueros ricos daban paso a obreros pobres, a papistas y presbiterianos, a curiosos forasteros llegados de Polonia, Rusia y otras tierras lejanas, y a negros libres que pregonaban ostras y sopa de pimienta en sus carritos. Entre estos últimos, alguno llevaba la misma ropa sencilla que uno podía ver en un blanco, pero había mujeres que se cubrían la cabeza con pañuelos de brillantes colores y curiosos estampados, vestigio de sus orígenes salvajes.
Leónidas continuó mirando al frente, pero me pareció que conocía a más de una de aquellas personas y me dio la extraña impresión de que no le gustaba que lo vieran conmigo. De hecho, estábamos a menos de tres bocacalles de nuestro destino cuando un muchacho negro de catorce o quince años, vestido con unos gruesos calzones verdes de lana y un sobretodo andrajoso, se acercó a él a la carrera.
– Hola, León, ¿este es tu amo? -inquirió el chico con una voz un tanto monótona.
– Lárgate -le dijo Leónidas en un susurro.
El muchacho se volvió hacia mí.
– Eh, hombre blanco, ¿por qué no lo libera como le prometió? -me preguntó el mocoso.
Leónidas hizo un gesto para ahuyentarlo y el chico, afortunadamente, escapó corriendo.
Evont Street era una calle amplia y transitada, pero sin pavimentar y, por lo tanto, llena de nieve sucia, barro y deposiciones de animales. Los cerdos andaban a la ventura y lanzaban gruñidos hostiles al paso de los carruajes. La casa de huéspedes -mal conservada, con la pintura desconchada y las maderas astilladas- estaba en la esquina y la fachada daba a Mary Street, una calleja mucho más tranquila, pero esto no le proporcionaba, ni mucho menos, un aire de lugar pacífico y reposado. Era un establecimiento miserable para gente miserable y tenía las ventanas condenadas con tablones y un visible agujero en el techo.
Acudió a nuestra llamada la mujer de la casa. Se trataba de una criatura macilenta de unos treinta años, muy avejentada, canosa y con profundas bolsas bajo unos ojos que delataban su profundo recelo. Sus tres hijos, de corta edad, estaban detrás de la falda de la madre y nos observaban con una expresión vacía, ovejuna.
– Buscamos a un irlandés que tal vez se aloje aquí -dije-. Alto, calvo, con bigote pelirrojo.
– Aquí no vive nadie así -respondió la mujer.
– Entonces, ¿no lo ha visto nunca? -insistí.
No dijo nada y tuve la clara impresión de que intentaba tomar una decisión. Leónidas avanzó un paso y se situó a mi altura.
– ¿Lo ha visto, señora Birch? -preguntó. La expresión de la mujer no llegó a iluminarse, pero se hizo un poco menos agria.
– No te había reconocido ahí atrás, León. Entonces, ¿es este? -inquirió, señalándome.
– Sí, es él.
La mujer me lanzó una mirada crítica.
– ¿Ha visto a ese hombre? -insistió Leónidas-. Es importante.
– Sí que lo he visto. Se presentó aquí buscando al dueño de la casa, pero hace tiempo que no viene y así se lo dije.
– ¿Y quién es su casero? -intervine.
– Diga, mejor, quién era: un canalla llamado Pearson. El tipo perdió la propiedad y eso casi me cuesta mi medio de subsistencia. Menos mal que el nuevo dueño permite que me quede con el mismo alquiler.
Estuve a punto de dar un paso atrás, de la sorpresa.
– Acláreme eso, por favor. ¿Pearson era el dueño de la casa, pero ya no es suya?
– La vendió. Y muy deprisa, como si tuviera urgencia en hacerlo -dijo la mujer.
– ¿Cuándo fue eso? -preguntó Leónidas.
– Hace dos semanas se presentó el nuevo propietario, me dijo que la casa era suya y me contó que Pearson ha estado liquidando sus propiedades.
Un asunto como aquel podría investigarlo mejor en el centro de la ciudad, tal vez en la propia taberna de la City. Me extrañaba que aquella mujer conociera los pormenores de las finanzas de Pearson, pero me pareció interesante que él estuviera vendiendo sus propiedades.
– ¿Qué hay del irlandés? -inquirí.
– No sé si debo decirle nada -contestó ella-. Pearson ya no es mi casero, pero aun así no es un hombre con el que convenga enemistarse.
– Un momento, por favor, señora Birch -intervino Leónidas. Se adentró en la casa con ella y los oí cuchichear unos instantes. En cierto momento, la oí exclamar, «¡Desaparecido!», en voz alta y jubilosa, pero no alcancé a entender nada más.
Cuando volvieron, Leónidas me anunció sin inmutarse que la señora Birch aceptaba contármelo todo por un chelín británico.
– Yo no tengo dinero. Págale tú, Leónidas, ten la bondad.
El se llevó la mano al bolsillo, pero la mujer lo detuvo.
– ¿Te lo devolverá?
– Muy probablemente, no.
– No olvides que me he reformado -apunté.
– Muy probablemente, no -repitió Leónidas.
– Entonces, no me pagues nada -dijo ella-. No quiero aceptar dinero de ti.
Miré a Leónidas y comenté:
– ¿Por qué todo el mundo te trata tan bien?
– Porque yo los trato bien -respondió.
– Fascinante -murmuré, y lo era. Me volví a la mujer y añadí-: Ahora que hemos resuelto esos fastidiosos asuntos de dinero, ¿puede contarme lo que deseo saber?
– Pearson utilizaba una de las habitaciones de la casa -explicó la señora Birch-. Dejó de alquilármela cuando vio que yo misma no conseguía huéspedes para ella. Se la quedó para ciertos asuntos de naturaleza delicada y, aunque a mí no me importaba mucho que sucedieran aquellas cosas bajo mi techo, tampoco estaba en posición de quejarme, usted me entiende.
– ¿Trajo aquí a una mujer? -pregunté-. ¿Faltó a sus votos maritales?
La mujer soltó una carcajada.
– Ese hombre inventó nuevas maneras de faltar a sus votos maritales, como usted lo llama. Solo vino aquí con una muchacha; Emily Fiddler, se llamaba. También se lo conté al irlandés, porque venía buscándolo. Le dije: «Pearson no vive aquí, ni siquiera se aloja aquí; solo emplea la habitación para traer a su chica especial».
– ¿Y qué tiene de tan especial esa Emily Fiddler?
Una sonrisa afligida cruzó el rostro de la mujer.
– Debería conocerla para entenderlo -dijo.
La señora Birch nos encaminó a una casa, cerca de German Street. Era un lugar bastante mejor que la posada de la que veníamos; estaba en mejores condiciones y no destilaba tanta desesperación y decadencia. Cuando vio que observaba el edificio, Leónidas comentó:
– Supongo que Pearson no ha sido nunca dueño de este.