Llamamos a la puerta y la criada, tras escuchar nuestra petición, me condujo (sin Leónidas, a quien mandó a la cocina) a un saloncito, donde me recibió una mujer de treinta y pocos años, no carente de atractivo. Tenía el cabello oscuro, unos ojos grandes de color esmeralda y unos labios de un rojo inusual que destacaban en su pálida tez. Era un poco regordeta, quizá, y tenía una nariz un poco demasiado fina, pero diez años antes debía de haber resultado espectacular.
– Busco a la señorita Fiddler.
– Soy yo -respondió ella con el tono encantador de una dama que domina la situación-. ¿Lo han enviado a mí?
– En realidad, así es -dije.
– Entonces, no tengo inconveniente en que hablemos. Haré que nos sirvan un té.
Noté algo raro en su voz entre cansada y ansiosa, como la del pregonero de una feria ambulante, que me puso en guardia. La habitación, que hasta entonces me había parecido perfectamente encantadora, tomó ahora un aire menos agradable. Los muebles, finos, eran también muy viejos y no se hallaban en su mejor estado: la madera presentaba golpes, la tapicería estaba raída y los cojines, muy rozados. Unas cortinas de color rojo chillón, con cordones de chintz dorado, cubrían las ventanas. Tuve la extraña sensación de que éramos niños jugando a ser adultos.
– Señorita Fiddler -empecé a decir-, me envía una tal señora Birch, que hasta hace poco era arrendataria de un tal señor Jacob Pearson. Me han informado de que usted lo conoce.
Ella me dedicó una sonrisa. Muy lasciva, me pareció.
– Desde luego. Lo conozco bien. Siempre ha sido un buen hombre con el que hacer negocios.
– ¿De verdad? -pregunté.
– ¿Y usted también quiere hacerlos?
De haber estado menos acostumbrado a los encantos femeninos, sin duda me habría sonrojado, de lo picante que sonó la pregunta.
– Yo me ocupo de los asuntos de la chica en cuestiones monetarias -continuó la mujer-, pero en último término no puedo influir en ella, en lo que hace a preferencias. Entiéndame, señor Saunders, usted es un hombre atractivo, pero también trae magulladuras en la cara y eso tal vez la asuste. Al final, el acuerdo debe complacerla, o no habrá negocio. También debo decirle que, para indemnizar a todas las partes, el dinero debe cambiar de manos en mi casa, pero el negocio, llamémoslo así, debe llevarse a cabo en otra parte. Debe usted tener un lugar donde llevarla.
Un hombre con menos mundo habría preguntado de qué demonios estaba hablando exactamente, pero yo siempre he considerado mejor dejar que estas cosas se desarrollen a su aire.
– ¿Puedo conocerla?
– Desde luego -asintió ella e hizo sonar una campanilla.
Yo ya había dado por supuesto que, si bien aquella dama podía ser una señorita Fiddler, no era la señorita Fiddler con la que Pearson tenía una relación. Imaginé que la mujer era una pariente -una hermana mayor, una prima o una tía- que actuaba de alcahueta de la joven.
Al cabo de un momento, entró en el salón una muchacha muy bonita que parecía una versión en joven de mi anfitriona. Tenía el mismo pelo oscuro, los mismos ojos del color de la brillante hierba estival, los mismos labios rojos y la tez nívea, la misma nariz demasiado fina. Como la dama, ella también tenía cierta tendencia a la gordura, pero la llevaba bien, pues su peso se localizaba perfectamente en las zonas precisas en los que a un hombre le gusta que lo acumulen las mujeres. Llevaba un vestido blanco sencillo con un escote generoso que dejaba a la vista sus senos. Hizo una reverencia, sin decir nada, y miró al vacío con una especie de sonrisa algo divertida, como si el vacío fuese un espectáculo perpetuo representado para su entretenimiento.
Me puse en pie y correspondí a su saludo.
– Usted debe de ser Emily. ¿Puedo hacerle unas preguntas?
Ella sonrió, pero no respondió. No advertí nada rudo o desafiante en su silencio, sino más bien una especie de ausencia sin más complicaciones. La criada entró con el servicio de té en un carrito desvencijado que chirriaba y traqueteaba, produciendo un efecto a la vez cómico y ominoso.
– ¿Puedo hacerle unas preguntas acerca del señor Jacob Pearson? -pregunté a la muchacha.
Ella repitió la reverencia, pero la dama se movió en su asiento como si también ella se sintiera incómoda. Despachó a la criada con un gesto de la mano y, volviéndose hacia mí, me preguntó:
– ¿El señor Pearson le ha hablado mucho de Emily?
– Solo me ha comentado su gran belleza -respondí rápidamente-. Y no exageraba.
– Tiene usted buen gusto, señor. Sus preguntas, diríjamelas a mí.
La muchacha dijo entonces algo que sonó como «peaso». Tenía una voz mucho más ronca de lo que esperaba y el sonido era grave y nasal, triste y apagado como el quejumbroso mugido de una vaca.
– ¿Disculpe? -dije, volviéndome hacia ella. Se dibujó en su rostro una gran sonrisa.
– Peaso -insistió.
De repente, caí en la cuenta de lo que sucedía y maldije mi estupidez por no haberlo advertido antes.
– ¡Dios mío, la muchacha es simplona! -exclamé.
La señorita Fiddler no respondió a esta vehemencia.
– Pensaba que lo sabía. Sí, nació así y, cuando sus padres murieron el año pasado y la dejaron a mi cuidado, no sabía qué hacer con ella. Pero, como puede ver, es muy guapa y no protesta de sus deberes. -Se inclinó hacia delante y, como si me hiciera una confidencia, añadió en un susurro-: Al contrario, disfruta con ellos. No me resultará usted uno de esos hombres que se atreven a sermonearme, ¿verdad?
Había en todo aquello una falta de humanidad tal, que incluso a mí me parecía diabólica, pero aquel no era momento de sermones inútiles. Estaba cerca de averiguar algo y, de pasada, también me sentía a un tiempo eufórico y horrorizado de descubrir que el marido de Cynthia era aún más bestial de lo que habría imaginado.
Respondí a la dama:
– No me gusta juzgar a los demás. Lo que para un hombre es una monstruosidad, para otro es diversión. Por mi parte, señorita Fiddler, estaría encantado de acostarme con una idiota, resultaría inmensamente entretenido y todo eso, pero no es a esto a lo que he venido. Se trata de un asunto del gobierno y, sinceramente, espero que, cuando vuelva para informar de mis averiguaciones al Presidente y a sus consejeros, solo tenga información de interés para él y no sea necesario que le hable de la gente que no ha querido colaborar. Usted me entiende, supongo…
La mujer asintió, esta vez con gesto más sobrio.
– Veo perfectamente qué anda buscando usted. -Con un gesto, indicó a Emily que saliera y añadió-: Hágame sus preguntas.
– ¿Ha venido por aquí un irlandés alto y calvo, que buscaba a Pearson?
– Sí, vino, pero no tenía nada que contarle. Como le he dicho antes, los negocios no se hacen nunca aquí, por lo que Pearson, salvo nuestro primer encuentro, no ha sido nunca invitado en mi casa. Así se lo conté a ese irlandés y se marchó casi al momento.
– Casi -dije.
– Me pidió si podía dejarme una carta para un amigo -dijo-. Me dio cinco dólares por la nota y dijo que recibiría otros cinco cuando llegara el legítimo destinatario a recogerla.
– El legítimo destinatario soy yo -dije.
– Lo dudo -replicó ella, riéndose-. Hasta este momento, usted ni sabía que la carta existía.
– Señorita Fiddler -dije-, supongo que no pondrá usted objeciones a entregar esa carta a unos representantes del gobierno de Estados Unidos.
– Claro que no, si todavía la tuviera en mi poder -replicó ella-. Pero hace tres días que entregué la carta al último caballero que vino en su busca.
– El último caballero… -repetí.
– Un joven delgado y con barba que también dijo trabajar para el gobierno. Lavien, creo que se llamaba. ¿Es colega de usted?
Capítulo 14