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Joan Maycott

Invierno de 1790 y primavera de 1791

Dejaron envejecer el whisky en las barricas todo el invierno y buena parte de la primavera siguiente. En verano, mientras Andrew trabajaba en los alambiques, experimentando nuevas maneras de dar aún más sabor a la bebida, Dalton y Skye viajaron por el condado para dar a probar el nuevo whisky. Los chicos de Dalton se aplicaron también en difundir la noticia del nuevo destilado a lugares aún más lejanos y cabalgaron de poblado en poblado, de iglesia en iglesia, de almacén en almacén, descorchando botellas para que los impacientes colonos lo probaran. Cuando llegó el otoño y terminó la recolección del centeno y el maíz, mulas y caballos cargados de grano empezaron a llegar a la factoría del señor Dalton.

Los alambiques eran aparatos costosos. La mayoría de los colonos no se los podían permitir, ni siquiera uno de tamaño pequeño, y por eso los campesinos acostumbraban a llevar su grano a un tercero, que lo destilaba a cambio de una parte del producto. Prácticamente todo aquel que probaba el nuevo whisky comprendía que debía conseguir aquella bebida y no otra, si no quería desperdiciar su grano. Aquel whisky podía cambiarse ventajosamente por otros productos o quienes deseaban hacer negocio en el Este, podían venderlo allí con buenos beneficios. A su vez, Dalton, Skye y Andrew acaparaban crecientes reservas de grano para convertirlas en whisky, que podían vender o emplear para trueques. El whisky era la moneda del reino. Como seres de un cuento infantil, habían aprendido a fabricar metales preciosos con materiales menos nobles.

Dalton y Skye se encontraron pronto con que sus alambiques no daban abasto. Habría que comprar más. Los granjeros dijeron que esperarían cuanto fuese necesario, siempre que el destilado de su grano continuara siendo tan sabroso. No era solo que el nuevo whisky fuese deseable, sino que el viejo, ahora, se había devaluado. ¿Por qué convertir tu paja en plata, cuando puedes volverla oro?

Yo, por mi parte, también estaba ocupada. Una vez hube decidido que situaría en el centro de mi novela una figura de ficción inspirada en William Duer, empecé a llenar página tras página. El argumento giraba en torno al malvado especulador, William Maker, y su plan para defraudar a los veteranos de guerra y quedarse su paga, y en ella me burlaba de la codicia de los ricos, celebraba el ardor de los patriotas y lamentaba las condiciones de vida de la frontera. Sin embargo, la frontera de mi novela estaba poblada no solo de rufianes y sinvergüenzas, sino también de almas nobles, de patriotas traicionados por un gobierno que solo atendía a las cuitas de los ricos. Aquellos hombres de ficción encontraban la manera de devolver el golpe y poner orden en el territorio. Me sentía segura, absolutamente segura, de que estaba haciendo lo que tanto había anhelado: inventar la novela americana y escribir una historia de nuevo cuño cuyas preocupaciones y ambiciones reflejaran el ambiente y el paisaje del nuevo país.

El otoño dio paso al invierno e iniciamos nuestra segunda estación fría en el Oeste. Fue bastante dura, pues la estufa y la chimenea podían hacer muy poco, en ocasiones, para mantener a raya el brutal viento helado del Oeste, pero resultó más fácil que el primer invierno, ya que con el whisky pudimos comprar comida y mantas suficientes para estar más cómodos. En ocasiones, Andrew se sumaba a Dalton y a Richmond en busca de algún ciervo desesperado o en una cacería del oso mucho más ambiciosa. Esto último era un asunto peligroso, pues había que despertar al animal de su letargo invernal, pero al menos nos proporcionaba carne fresca.

Durante estas excursiones, el señor Skye solía invitarme a pasar la espera en su casa. Visitar el domicilio de Skye era siempre un placer, pues se trataba de la vivienda más refinada del asentamiento. Tenía dos plantas y, como Skye no tenía a nadie en quien emplear su dinero, aparte de él, se había molestado en acondicionarla, si no con elegancia, al menos confortablemente. Gracias a una serie de circunstancias que nunca me quedaron muy claras, había adquirido la concesión de aquellas tierras a un hombre que deseaba abandonar el lugar rápidamente, pues había despertado la cólera del coronel Tindall y, a la vez, la de una banda de guerreros shawnees. El señor Skye había llegado al Oeste con más dinero en el bolsillo que la mayoría y había sido uno de los pocos colonos de la región capaces de adquirir una concesión pagando en metálico. Ahora, cada temporada, contrataba a cuatro o cinco operarios -generalmente, esclavos que le prestaban sus amos- que lo ayudaran a cultivar trigo, centeno y maíz para hacer whisky, y verduras para alimentarse. Además, poseía varias vacas y gallinas y media docena de cerdos, y trabajaba mucho cada invierno para mantenerlos vivos a todos.

Mientras los demás andaban de caza -una actividad por la que el señor Skye decía que no había sentido nunca el menor entusiasmo, ni siquiera cuando era joven-, yo me sentaba a conversar con el canoso caballero, la única persona con quien podía hablar de mi novela con cierto detalle. No le dejaba leer una sola frase -todavía no- pero le hablaba del argumento y de los personajes, y él me hacía útiles sugerencias. También me regalaba con asados y mermeladas de fruta e incluso huevos, todo ello regado con degustaciones de su preciada reserva de vino. No negaré que me encantaba saborear de nuevo todo aquello.

No soy tonta y, por ello, no puedo decir que no notara que Skye, sobre todo cuando tomábamos vino, me miraba de una manera que no resultaba del todo apropiada. Sin embargo, no vi ningún mal en ello, pues disfrutaba de su hospitalidad y de su conversación y sabía perfectamente que mi anfitrión no se dejaría llevar nunca por los impulsos que pudiera sentir. Habríamos hecho mal en negarnos el mutuo placer de nuestros encuentros solo porque él albergara unos sentimientos sobre los cuales guardaría eterno silencio.

Una tarde, algo animada tal vez con su excelente vino, me volví al señor Skye, quien, sentado a mi lado, me explicaba su visión de las maldades urdidas por Hamilton y Duer en el Este. Su exposición era un tanto retorcida y confusa, casi impropia de él, y aunque yo deseaba entender lo que me contaba, mis pensamientos andaban demasiado revueltos y mi estado de ánimo estaba demasiado relajado para asimilar sus palabras. En lugar de ello, y con cierta brusquedad, le pregunté:

– ¿Le recuerdo a alguien, señor Skye?

Tuve la respuesta al instante, pues él se puso colorado, apartó la vista y se frotó las manos encallecidas delante del fuego hasta que recuperó el dominio de sí.

– ¿Por qué lo pregunta?

Había sido demasiado atrevida. Tomé un largo trago de vino para disimular mi incomodidad y me complació la sensación de entumecimiento que me invadió. Apuré el contenido de la copa, el señor Skye volvió a llenarla y no pude decir que lo lamentara.

– Es que me mira usted como si me conociera. Lo he observado desde nuestro primer encuentro.

– Tal vez reconozco en usted un alma gemela -apuntó él.

– Eso no lo dudo, pero sigo creyendo que le recuerdo a alguien de su pasado.

– Es usted muy perspicaz. Pero seguro que eso ya lo sabe… -Me sonrió con una cierta tristeza en la expresión y, aunque yo siempre lo había visto como un anciano, tuve por un instante la visión de un Skye joven y sin barba, no exactamente guapo pero sí atractivo-. Cuando era joven, en St. Andrews, tuve una relación con una joven de Fife. Su padre era un rico hacendado que gozaba de una posición social excelente, mientras que el mío… En fin, el mío, no. No era habitual en mi familia que alguien estudiara en la universidad. Yo estaba muy enamorado, señora Maycott, pero la situación terminó en escándalo. Hubo un duelo, ¿sabe?, y el hermano de la joven murió. Por esa razón, huí de mi tierra natal y vine a este país.

Entonces dije -y le echo la culpa al vino- lo que todos pensaban y nadie se atrevía a mencionar:

– Dicen que fue otro escándalo lo que lo forzó a escapar de nuevo hacia el Oeste, hasta llegar a nuestra colonia.