Выбрать главу

Su expresión no varió un ápice.

– Tal vez soy propenso al escándalo. Es un rasgo bastante criticable, lo sé.

– Yo creo que depende del escándalo -le respondí.

Skye se sonrojó y creo que aquello lo hizo aún más encantador a mis ojos.

– Usted y yo somos amigos -le dije- y por ello espero que me permita hacerle una pregunta, como hombre. Me temo que no puedo preguntar a mi marido porque podría resultarle demasiado incómodo responder con sinceridad.

– Por supuesto, señora Maycott.

– Tiene que ver con la atracción que los hombres sienten por las mujeres. Es algo que debo comprender para mi novela.

El tomó un sorbo de vino.

– Plantea usted un tema del cual conozco mucho.

– Yo conozco del cortejo y del amor. Esas cosas las comprendo. Los sentimientos de usted por esa dama de Fife, por ejemplo. Lo que no alcanzo a entender es la atracción que sienten hombres como Tindall o Hendry. Miran a una mujer con deseo, pero no la quieren, ni les gusta, o tan siquiera la toman en consideración como persona, hasta donde alcanzo a ver. Si lo que buscan es la mera satisfacción física, ¿no habría de darles igual una mujer u otra?

– No sé si será mejor, tal vez, que dejemos esta conversación… -Skye volvió a beber de su copa.

– Ya que hemos llegado hasta aquí, tendríamos que terminar, ¿no le parece?

Me sorprendí de mis propias palabras. Me daba cuenta de lo atrevido del tema, pero era eso lo que me entusiasmaba, precisamente. ¿Por qué no iba a hablar de lo que quisiera con un amigo de confianza? Sabía que podía fiarme de su caballerosidad y no veía razón para no buscar cierta excitación en algo que era, si bien ilícito, tan inocuo. Aun así, me di cuenta de que también insistía en aquel tema por otra razón más egoísta. La gente de la que escribía en mi novela no tenía nada por sagrado y, aunque sus transgresiones eran mucho más escandalosas que nada de cuanto estábamos comentando en nuestra conversación, creí que necesitaba saber un poco más de aquello. Quería conocer la emoción de hacer algo que el mundo condenaría.

El señor Skye asintió y entendí que accedía, por lo que continué:

– ¿Todos los hombres desean a mujeres que ni conocen ni les gustan? Comprendo la atracción, sentirse fascinada por un rostro o una figura, pero las mujeres creo que siempre debemos añadir alguna fantasía a tal atracción. Si vemos un hombre que nos gusta, imaginamos que debe de ser bueno, amable, valiente o lo que sea que más valoramos en un varón. Me da la impresión de que hombres como Tindall y Hendry no se molestan con tales fantasías. Simplemente, tienen un deseo y solo quieren satisfacerlo. ¿Todos los hombres son así?

Skye carraspeó.

– Un hombre siempre se sentirá atraído por una mujer bonita, eso es inevitable, pero cada cual escoge cómo dar forma a ese interés, según su impulso. Si me perdona la cruel analogía, todo cazador debe tener su perro pero, cuando el perro no está cazando, hay hombres que lo dejarán tumbarse al lado del fuego y le darán sobras de la mesa, mientras que otros lo maldecirán y le pegarán si se atreve siquiera a aparecer donde su amo no lo quiere. ¿Puede usted, a partir de estos dos ejemplos, sacar en limpio cómo tratan los hombres, en conjunto, a sus perros? No, pues si el deseo de cazar con ellos puede ser casi universal, el modo de tratar al animal es diferente de un individuo a otro.

– ¿Se refiere a que algunos hombres anhelan afecto, mientras que otros ansían conquistar, y que estos dos deseos no guardan relación?

– Creo que todos los hombres desean conquistar, del modo que sea, pero el ideal difiere de un individuo a otro. Uno puede desear que su afecto sea correspondido. Así habrá conquistado la indiferencia que una mujer pudiera sentir hacia él. Otro prefiere la conquista en su forma más ruin. En esto, creo yo también, las mujeres son diferentes, de lo cual me alegro. Los hombres anhelarán cualquier corazón dispuesto, por lo que las mujeres deben ser las guardianas de las puertas del deseo, para prevenir una anarquía general.

Para entonces, había llevado el tema tan lejos como me atrevía y deseaba. Lo había hecho sentirse incómodo a él y yo misma me había sentido turbada, pero los dos habíamos perseverado y, si no estaba confundida, a los dos nos había gustado el desafío. Y, tal vez no por mera coincidencia, el señor Skye abrió para mí otra botella de vino y me mandó a casa con media docena de huevos.

El invierno quedó atrás por fin y, en la primavera de 1791, nos dio la impresión de que, a diferencia de la desesperación que habíamos conocido apenas un año antes, la vida era una delicia. Nuestra cabaña se había convertido en un hogar, con suelos de tablones y cálidas alfombras, las paredes forradas de corteza de abedul y cubiertas de grabados que el propio Andrew había enmarcado. Teníamos todas las cosas materiales que la gente del Oeste podía desear y si queríamos algo -comida, herramientas, ropa- solo teníamos que cambiarlo por whisky. Habíamos pasado, de forasteros recién llegados, a ocupar un puesto fundamental en la comunidad y apenas había ningún hombre al oeste de las confluencias del Ohio que no conociera el nombre de Andrew. Mi pila de páginas manuscritas completas creció y calculé que en un año tendría el libro que había sido la ambición de mi vida.

Cuando la nieve se hubo fundido y los caminos quedaron despejados, Andrew proyectó un viaje a Pittsburgh. No habíamos vuelto por allí desde el otoño, pero tales visitas no eran especialmente agradables. En esa época del año, el tiempo, más frío, hacía que no fuese tan intenso el hedor a podredumbre y descomposición, pero la ciudad quedaba aún más sucia del hollín y el polvo de carbón y, aunque llegáramos bien vestidos y aseados, habíamos de salir de allí pareciendo deshollinadores. La ciudad estaba poblada por gentes del Oeste de la peor ralea: rudos tramperos y comerciantes en pieles, indios borrachos y soldados ociosos para quienes un arma y un uniforme daban pie para confundir libertad con libertinaje. No obstante, lo que detestaba por encima de todo era a los ricos de la ciudad. Estos se exhibían con sus galas del Este pasadas de moda, fingiendo que las calles estaban adoquinadas, que los edificios eran de piedra y que paseaban por Filadelfia, o incluso por Londres, en lugar de por el último puesto avanzado de la civilización. Todo era tierra, fango y suciedad, polvo de carbón que caía como nieve negra, cerdos que hozaban la tierra, revoloteos de gallinas y deposiciones de vaca. A mí, Pittsburgh me parecía no tanto un esbozo de ciudad como un anticipo, para gran parte de sus habitantes, del mismísimo infierno.

Sin embargo, Andrew necesitaba suministros con los que experimentar nuevas recetas para el whisky y yo lo acompañé en el viaje. Como, por lo general, teníamos diferentes cosas que hacer en la ciudad, acostumbrábamos a atender a nuestros asuntos por separado; así pues, esta vez quedamos en encontrarnos delante de cierta tienda y cada cual tomó su camino. Andrew se marchó en busca de lo que requería para su negocio del whisky y yo fui a ver a un abogado.

El hombre al que buscaba era Hugh Henry Brackenridge, una figura prominente de la ciudad, famoso o infame según quien lo describía y según su caso más reciente. Me interesaba encontrarme con él por diversas razones, entre ellas que, según me había contado Skye, aquel hombre había escrito una novela; sin embargo, había otras. Estaba fascinada por lo que había oído decir de él; principalmente, su disposición a aceptar las causas de los indigentes, desde un indio homicida hasta los ocupantes ilegales de las tierras de Tindall.

Brackenridge tenía su bufete en una calle cercana a los restos ruinosos del fuerte Pitt. Delante de su puerta, dos hombres descamisados peleaban con una especie de desesperación ebria que bordeaba lo amoroso y apenas repararon en mí cuando me colé tras ellos para llamar con los nudillos.

De inmediato, me condujeron a su despacho, amueblado al rústico estilo del Oeste, y me encontré ante un individuo de aspecto extraño, cuarentón, de rasgos afilados y con algunas canas, que vestía una indumentaria respetable pero algo arrugada. Era, tal vez, el hombre más parecido a un pajarillo que había visto nunca.