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Se apeó del caballo, buscó en una alforja y me devolvió las páginas.

– No podía esperar un par de meses -me dijo-. ¡Lo que escribe usted es extraordinario! Nuevo e importante. Le ruego que lo termine enseguida. El mundo necesita novelas como esta.

Una semana después, quizá, de mi encuentro con el señor Brackenridge, mientras servía un tentempié de media tarde a Andrew, Dalton y Skye, nuestro perro empezó a ladrar furiosamente. Siguió a esto una violenta llamada a la puerta y los tres echaron mano a sus armas al instante. Así reaccionaban los hombres en el Oeste, aunque a mí me pareció una estupidez, pues una partida de salvajes al asalto no llamaría antes de entrar. Andrew, no obstante, me indicó que me retirara al fondo de la cabaña y dio unos pasos hasta la puerta, que entreabrió ligeramente. Enseguida, la abrió del todo.

Allí plantados a la clara luz de media tarde, con el sol cegador a su espalda, estaban Hendry y Phineas, los hombres de Tindall. Hendry sonrió a Andrew y se rascó la cara costrosa mientras hurgaba la tierra con la puntera de la bota. Bajo aquella luz, su rostro no estaba colorado sino de un escarlata deslumbrante.

– No les ha ido mal… -murmuró, relamiéndose los labios mientras estudiaba el interior de la cabaña.

– Buenas tardes, señor Hendry, Phineas… -dijo Andrew.

Hendry entró sin pedir permiso y Phineas lo siguió, pegado a él. Hacía un año que no veía al muchacho y desde entonces había crecido, había desarrollado los hombros y el torso, y tenía más barba en la cara. Phineas había hecho la transición de muchacho brutal a hombre brutal.

Andrew, siempre atento a posibles situaciones de violencia, no opuso resistencia. Los hombres como Hendry eran dados a tender trampas, como desafiar a otros a cerrarles el paso. Yo sabía que Andrew no se dejaría provocar de aquella manera y supuse que podía contar con la misma contención por parte del señor Skye, pero no estaba segura de cómo reaccionaría Dalton. Los dos miraban fijamente a los intrusos y empuñaban sus respectivos mosquetes, pero no apuntaban con ellos.

– Nadie los ha invitado a entrar -dijo Skye-. Aquí, cuiden los modales.

Aquellos hombres no estaban hechos para cuidar sus modales y no les gustó que se lo exigieran. Phineas escupió en el suelo para hacer más visible su disgusto.

Hendry vio que Skye torcía el gesto y respondió con una mueca de desdén:

– Me parece que no todos podemos ser maestros de escuela como usted. No todos podemos medir nuestras palabras, pero algunos somos muy hombres y no nos escondemos detrás de las faldas de un irlandés, que lo sepa. Si tiene algo que decirme, hágalo: deje el arma y dígamelo como un hombre.

– Un momento, señor Hendry -intervine yo-. Estamos en la casa de mi marido, no en su campamento. Es usted quien debe contenerse…

– ¡Cierre la boca!

La orden llegó de Phineas y todos, incluso Hendry, nos volvimos con un sobresalto. Phineas me miraba con una expresión de odio tal, que temí que me saltara encima como un salvaje y me rebanara el cuello. Más aún, temí que Andrew se enfrentara a él y que tal enfrentamiento condujera al desastre. Quizá no en aquel momento, pues allí los hombres de Tindall estaban en inferioridad numérica y de armamento, pero sí bastante pronto.

– Phineas, ¿qué he hecho para que me hables así? -me apresuré a responder. Solté mis palabras atropelladamente, pero tenía que intervenir antes de que Andrew pudiera decir nada. Me proponía convertir aquello en la reprimenda de una mujer a un muchacho, para que no terminara en un conflicto entre hombres.

– Haga callar a su mujer, Maycott -dijo Hendry-. Ya le ha traído suficientes problemas, ¿no? Hablar con abogados y tal… Sí, señora, ¿creía que no la había visto nadie ir a hablar con ese buscapleitos de Brackenridge?

Sentí que me recorría un estremecimiento de miedo. ¿Era cierto lo que decía? ¿Había atraído aquel problema sobre nosotros?

– Solo fui a hablar con él de escribir novelas -argumenté, dirigiendo mis palabras a Dalton y Skye, no a Hendry.

– Querida, puedes hablar con quien quieras -intervino Andrew-. No es asunto de Tindall ni de sus aduladores. Ya los hemos soportado bastante y están advertidos. Salgan de mi cabaña.

– Al coronel no le gusta ver a un hombre tan dominado por una mujer -dijo Hendry, que no quería hacerle a Andrew el honor de escuchar sus palabras-. Me manda el coronel y hablo y escucho por él, y al coronel no le gusta que las mujeres hablen fuera de lugar. Eso lo irrita; no lo soporta. A mí tampoco me gusta demasiado. Yo sacudo a mi mujer y no veo por qué no ha de hacer usted lo mismo con la suya.

Dalton se puso en pie.

– Tiene que estar loco para hablar así. No saldrá de aquí con la lengua en la boca.

– Me manda el coronel Tindall -insistió Hendry- y, si no regreso y lo hago sano y salvo, vayan todos preparándose para la horca.

– Sí, viene de parte de Tindall -dijo Andrew-. Todos entendemos que usted cree que eso lo protege. Se dirige con insolencia a mi esposa para exhibir su poder y yo no lo mato por lo que dice para demostrarle que sus palabras son huecas. Ahora, déjese de bravatas y díganos qué se le ofrece a su amo.

El señor Dalton torció el gesto ante lo que le pareció una actitud conciliadora por parte de Andrew, pero el señor Skye hizo una mueca de aprobación. Andrew había dado permiso a Hendry para exponer su encargo, pero lo había humillado al mismo tiempo. Tal vez era el mejor arreglo que podía esperarse.

Phineas parecía perdido en otro diálogo, uno que tenía lugar en un mundo fantasmal, solapado al nuestro. Volvió a escupir en el suelo y alzó hacia mí sus ojos oscuros y aterradores.

Hendry, percibiendo tal vez que las cosas aún podían torcerse, tomó aire y dio un paso adelante.

– Bueno, ya que me lo pide, expondré el asunto. -Avanzó hasta la mesa y examinó la botella y las jarras. Tomó uno de los vasos de peltre y lo olió-. ¿Es esto, pues? -preguntó, mirando directamente a Andrew-. ¿Este es el nuevo whisky del que habla la gente?

– Es el whisky que hemos estado haciendo -respondió Andrew.

Hendry apuró la jarra de un trago y miró el interior.

– A mí me sabe a la misma mierda de cerdo. Tiene un aspecto algo distinto, pero no noto nada nuevo en el sabor. Quizá lo único que ha hecho es mearse en el de siempre. ¿Es eso, Maycott? ¿Ha estado meándose en el whisky? Por eso sabe así, a bebida con pis. Podría llamarlo «pisky». Sería un nombre más ajustado.

Skye soltó una risotada.

– Habla como si fuera un experto en beber meados. ¿Cuál es el que toma tan a menudo, el suyo propio o el de Tindall?

En el rostro estropeado de Hendry empezó a dibujarse una expresión violenta y peligrosa.

Creo que Andrew debió de entender que nos hallábamos sobre un barril de pólvora y quiso apagar todos los fuegos.

– Gracias por su crítica -dijo-. La tendré muy en cuenta cuando fabriquemos el próximo lote, que tal vez querrá probar…

– Me gustaría -respondió Hendry-, claro que me gustaría, se lo agradezco mucho, pero creo que no podré, porque no habrá próximo lote.

– Esto se ha acabado -confirmó Phineas.

– ¿Quién lo dice? -Dalton dio un paso adelante. Cuando se movió, su figura fue una visión temible.

– Lo ordena el coronel Tindall -dijo Hendry mientras se rascaba una postilla de su mentón escamoso-. No le gusta cómo van las cosas. Ha sabido que Maycott, aquí presente, no está despejando de árboles su parcela. Eso no puede ser, así que usted -señaló a Dalton con el dedo-, usted volverá a hacer su whisky de meados como antes. No quiero que repita lo que ha hecho con Maycott. Quiero oír a la gente quejarse de que ya no puede conseguirlo.

– Haremos lo que nos venga en gana -replicó Andrew-. Ahora, ya ha dicho usted lo que quería. Nosotros, para que reinara la paz, hemos aguantado mucho más de lo tolerable, pero no seguiremos así indefinidamente. Salgan de mi casa. No pienso seguir escuchándolos.