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– Mire, Maycott, ahí es donde se equivoca. Verá: el coronel Tindall es el propietario de sus tierras y quiere que tale los árboles y desbroce su finca. Si no lo hace, habrá problemas.

– Tindall tiene su propia destilería -dijo el señor Skye- y no le gusta que nos metamos en su negocio. Se trata de eso y nada más.

– Eso cree, ¿verdad? -preguntó Hendry, como si supiera algo que nosotros ignorábamos.

– Si está dispuesto a oír la opinión de una mujer -intervine, dando un paso adelante-, le diré lo que creo yo. En efecto, visité al señor Brackenridge, como usted ha dicho, porque me temí que alguien que había estafado una vez quisiera intentarlo de nuevo. Quería que el abogado estudiara a fondo el contrato para comprobar que no hacíamos nada que la ley no permitiera. Y no hay nada en el documento que dé derecho a Tindall a decirnos lo que debemos o no hacer con nuestra tierra y nuestro tiempo.

– ¡Cierre la boca! -vociferó Phineas.

Dalton levantó su arma, aunque no apuntó con ella todavía.

– Hendry, ese chico ha perdido el juicio -dijo-. Lléveselo de aquí antes de que suceda algo irremediable.

Me llevé una mano a la boca. No deseaba que hubiese un derramamiento de sangre, y menos aún en mi casa. Sin embargo, no tenía miedo. Estaba segura de que el señor Dalton sabría dominarse.

Hendry no pestañeó. Posó una mano en el hombro de Phineas y le habló con tranquilidad:

– No perdamos la cabeza, muchacho. -Habló como si todo estuviese en calma y aquello hizo posible que Phineas le creyera. Dio la impresión de que incluso aquel abominable Hendry tenía cosas que enseñarme. Luego, miró a Andrew y sonrió-: Supongo que ahora entiende a qué me refería. Todo este lío con mujeres y abogados no le traerá nada bueno. No es muy inteligente enfrentarse al coronel.

– Me parece que ha llegado el momento de que eche a correr -lo amenazó el señor Dalton, levantando su arma.

Hendry meneó la cabeza como si lamentara el desagradecimiento de aquellos a los que intentaba ayudar.

– Supongo que se lo van a poner difícil ustedes mismos, ¿verdad? No puedo decir que me sorprenda. Le dije al coronel que así sería. Peor para ustedes, pero ya sabía que no podía ser de otra forma. Vámonos, Phineas.

Los hombres de Tindall se marcharon y cerraron la puerta al salir. Al momento, Andrew y sus socios empezaron a discutir con voces excitadas, pero no presté atención a lo que decían. Me interesaba, desde luego, pero me distrajo la escena que vi por la ventana. Delante mismo de nuestra cabaña, Hendry estaba azotando a Phineas con una tira de cuero. Le había hecho levantarse la camisa de cazador y le azotaba las nalgas. Phineas estaba de cara a la ventana, pero tenía los ojos cerrados con fuerza. Entonces, de repente, los abrió y me vio mirándolo. Debería haber apartado la cara, pero no lo hice. Phineas me sostuvo la mirada, descarado y sin pestañear, y, a pesar de los azotes de Hendry, su virilidad empezó a hincharse y sus ojos me taladraron con pura malicia. Debería haber apartado la vista, haberle ahorrado a él la humillación y a mi la descarnada desnudez de su furia, pero continué mirando. Me resultó aterrador y terrible y, sin embargo, era lo más oscuro y genuino que había visto nunca.

Capítulo 15

Ethan Saunders

Mientras caminábamos hacia la taberna de la City, expliqué a Leónidas lo ocurrido con la señorita Fiddler, que Pearson tenía a una retrasada mental por prostituta, que el irlandés había ido a buscarlo allí y le había dejado una nota, y que la nota la había recogido Lavien, quien no solo parecía saber lo mismo que yo, sino que además había tomado la delantera. Esto último no tendría que sorprenderme, pues él llevaba semanas investigando el asunto, pero me descorazonó perder lo que creía que era una ventaja. Por otro lado, si Lavien sabía lo mismo que yo, tal vez conocía aquella presunta amenaza contra el banco, lo cual significaba que yo ya no tendría que soportar el peso de guardar el secreto.

Anduvimos el trecho que nos separaba del centro de la ciudad, nos dirigimos a Walnut Street y nos cobijamos bajo el enorme toldo de la taberna de la City, un edificio de tres pisos que era el principal centro de negocios de Filadelfia. Ninguna ciudad de Estados Unidos tenía una bolsa de valores genuina y, tomando el ejemplo del modelo británico -en el que sí había una auténtica sede de la bolsa, pero donde todos los negocios se hacían en las tabernas y posadas de los alrededores-, el comercio en bonos del Estado, títulos y acciones bancarias se realizaba en locales públicos.

La de la City era la más importante de las tabernas de negocios donde los poderosos y reputados especuladores hacían sus transacciones, pero un solo edificio no bastaba para albergar la locura que se había adueñado últimamente de la ciudad. En prácticamente todas las tabernas a dos o tres manzanas de los edificios del Tesoro, había hombres vendiendo y comprando títulos, acciones, préstamos y bonos bancarios. El éxito del banco de Hamilton había desatado el frenesí de poseer acciones de todo tipo y el negocio en el Banco de Nueva York y en el de Pensilvania era muy activo. Buena parte de aquel negocio se derivaba de una sensación general de euforia y posibilidades, pero mucho se debía también a que el Banco de Estados Unidos tenía millones de dólares para prestar y lo hacía a un tipo de interés muy bajo para estimular la economía. Hamilton creía que lo que había que hacer era poner créditos a disposición de todo el mundo y que fuesen baratos. Y el resultado de ello era comercio, comercio frenético. La gente compraba y vendía con entusiasmo, pero también creaba: negocios nuevos, empresas nuevas y sí, bancos nuevos. No había mes en que no naciera alguno y, aunque casi siempre eran aventuras oportunistas, ocasiones para vender acciones sin valor a personas que esperaban venderlas otra vez antes de que estallara la burbuja, el comercio no se veía afectado por el conocimiento que todos tenían de que carecía de valor. Hamilton esperaba estimular la economía con su banco y lo había logrado, pero sus enemigos argüían que no solo había dado energía a los mercados, sino que también los había enloquecido.

Le dije a Leónidas que esperase fuera y crucé la puerta principal. Al hacerlo, creí haberme metido en medio de una pelea porque, en la sala delantera, había más de veinte hombres en pie vociferando y blandiendo papeles en la mano. Cada uno parecía llevar consigo a un secretario que, sentado a su lado, anotaba frenéticamente a saber qué en unos trozos de pergamino o en un libro de contabilidad. Sus plumas se movían con tal rapidez que las rociadas de tinta llenaban el aire como si fuese lluvia negra.

Observé el caos sin saber bien cómo reaccionar. Debí de quedarme allí unos minutos, paralizado ante la locura que me rodeaba, hasta que oí que alguien me susurraba al oído.

Era Lavien, que me miraba con una cara de extrema satisfacción.

– Curioso, ¿verdad? Me preguntaba cuánto tardaría usted en encontrar el camino hasta aquí. Venga, siéntese un momento.

Me llevó a una mesa y pidió un té. Yo pedí una cerveza. Las bebidas llegaron con relativa prontitud y Lavien se recostó en la silla para contemplar la confusión de la sala, en la que unos hombres bien trajeados actuaban como si estuviesen poseídos por el demonio. Yo no entendía nada, pero mi compañero observaba los movimientos como si fuera una carrera de caballos cuyas características y peculiaridades conociera bien.

– ¿Qué lo ha traído a este lugar? -quiso saber.

– Una vez más, espera que le dé información y usted no me ofrece nada a cambio -repliqué-, pero seré más generoso que usted. Busco a un tal William Duer. ¿Sabe si está o ha estado recientemente en Filadelfia?

– El que agita papeles con las dos manos -señaló-. Ese es Duer.