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Hamilton, que evidentemente no se había tomado la molestia de informar a Lavien de sus mentiras, quedaba ahora desenmascarado y miré al hombre a quien el secretario del Tesoro estaba tan empeñado en que yo no conociese. El demente en cuestión no era muy alto. Tenía unos hombros estrechos y delicados, y rasgos casi femeninos, aunque su frente era ancha, tenía una calva incipiente y llevaba el pelo corto, primorosamente rizado. Lucía un arrugado traje de terciopelo, azul oscuro, casi púrpura, y su aspecto hubiese sido casi cómico si no se hubiera comportado con la seriedad más pasmosa. Yo no encontré en él nada imponente, pero todos los presentes parecían pendientes de cada una de sus palabras y gestos. Un pequeño cambio en la dirección de su mirada bastaba para alterar la locura que tenía lugar delante de mí.

– ¿Por qué busca a Duer? -me preguntó Lavien. Su expresión no revelaba nada.

– Oh, por nada concreto -dije-. ¿Se le ocurre a usted por qué Hamilton me habrá dicho que Duer no estaba en Filadelfia y que llevaba tiempo sin venir por aquí?

Lavien se quedó desconcertado, pero solo un instante.

– Dudo de que Hamilton esté al día de las idas y venidas de Duer. ¿Cómo fue que ustedes dos hablaron de él?

– Qué extraño… No me acuerdo. Pero ¿por qué no me habla usted de ese Duer?

– Es el rey de los especuladores -dijo Lavien-. Es osado e imprudente y solo le importan sus beneficios. En mi opinión, en este preciso instante está tramando algo.

– ¿Qué?

– No lo sé exactamente, pero lo he visto vender en corto los bonos del gobierno al seis por ciento, esto es, apostar a que perderán valor. Y es un hombre tan importante que, cuando pronostica que las acciones bajarán, otros piensan igual y termina por suceder.

– ¿Eso es ilegal?

– No -dijo Lavien-. Es simplemente interesante.

Después de otra hora de jaleo, el frenesí se calmó. Los hombres se sentaron a las mesas y los secretarios dejaron de escribir. Casi todos los especuladores se dedicaron a tomar té o se marcharon de la taberna. Duer se sentó a una mesa con dos inversores a quienes Lavien no conocía y habló con ellos. Todos parecían tranquilos y joviales.

– Es evidente que quiere cruzar unas palabras con él -dijo Lavien-. Permítame que se lo presente.

– ¿Por qué quiere ayudarme? Creía que Hamilton y usted deseaban que no me acercara a ese hombre.

– Lo hago solo como muestra de respeto hacia un colega de oficio -respondió con aquel rostro suyo tan inexpresivo que resultaba harto preocupante.

No le creí. Me parece que sabía que Duer no se iba a mostrar cooperador y creía que así advertiría que solo no lograría nada y que entrometerme en una investigación gubernamental sería una pérdida de tiempo. De haber estado en su lugar, eso sería lo que yo habría hecho.

Duer estaba explicando cómo se había puesto a salvo de la caída de valor que habían sufrido los cupones del Banco de Estados Unidos el verano anterior. Por lo poco que oí, el valor llegó a ser tan bajo que, si Duer no hubiese convencido a Hamilton de que interviniera, se habría producido una catástrofe financiera en todo el país. Cuando Hamilton actuó, el valor de esos cupones experimentó un rebote. Fue, en otras palabras, la versión exactamente contraria a lo que Hamilton me había contado, es decir, que él, secretario del Tesoro, se había negado a dejarse influir por la amistad y que había desafiado a Duer por el bien del país.

El relato terminó de manera repentina cuando Duer vio que andábamos cerca, escuchando. Carraspeó de manera ostentosa,. Tapándose la boca con el puño, y dio un sorbo al café.

– El señor Levine, ¿verdad? ¿No le he dicho que no tengo nada más que hablar con usted?

– Es Lavien, señor, y no estoy aquí para hablarle, sino para presentarle a este caballero. Señor William Duer, este es el capitán Ethan Saunders.

– ¿El capitán Saunders? ¿Dónde he oído ese nombre? Me suena de algo, pero seguro que de nada bueno. -Hizo un despectivo gesto con la mano como si yo fuese una mosca y quisiera ahuyentarme-. ¿No traicionó a su país? No tengo tiempo para traidores.

– Y, sin embargo, aquí estoy, dedicando mi tiempo a los inversores. Irónico, ¿no le parece? Duer no respondió.

– ¿Y qué hay de Jacob Pearson? -inquirí-. ¿Para él sí tiene tiempo?

– ¿Qué? ¿Está aquí? Ese hombre tiene más que temer de sus acreedores que yo de él.

– ¿Sus acreedores? -pregunté.

Duer cloqueó como un maestro de escuela corrigiendo un examen insatisfactorio.

– ¿No lo ha oído? Pearson está en una situación apurada. Ha vendido propiedades suyas en toda la ciudad, pero imagino que eso no le basta. Es un hombre imprudente… y los hombres imprudentes siempre tienen tropiezos.

– ¿Qué relación mantiene con él? -quise saber.

– Lo conozco de aquí y me ha propuesto negocios en más de una ocasión, pero no puedo trabajar con una persona como él. La crisis que sufre en estos momentos me lo demuestra. Bien, ya le he concedido más tiempo del que merece. Debo marcharme.

– Un momento, señor Duer. ¿Conoce a un irlandés, un tipo grande? -pregunté-. Un poco calvo, con bigotes pelirrojos, musculoso…

– Usted debe de haberme tomado por un malabarista -dijo-, o tal vez por un barbudo artista de circo. No conozco a nadie que coincida con esa descripción. Que tenga un buen día.

Empezó a alejarse y yo corrí tras él de inmediato.

– ¡Espere! -lo llamé, pero Duer aceleró el paso.

– ¡Reynolds! -dijo-. Ayúdeme, por favor.

Me sorprendí al escuchar el nombre, pues era el del hombre que había pagado a mi casera para que me desahuciara y era, además, el que tanto había alterado a Hamilton en nuestro encuentro. De un rincón de la taberna se levantó un hombre robusto, cuya estatura y ropa hilada en casa transmitían un aire hosco y rudo. Se tocaba con un gran sombrero de ala ancha que llevaba calado casi hasta sus hundidos ojos. El sombrero le oscurecía el rostro pero no ocultaba una enorme cicatriz, la ancha franja rosa de una vieja herida que le iba de la frente a la barbilla, pasándole por encima del ojo.

Se detuvo entre Duer y yo, y esbozó una fiera sonrisa, mostrando unos afilados dientes. Reynolds era grande, iba sin afeitar y le olía el aliento.

– El señor Duer quiere que sean ustedes tan amables de irse a hacer puñetas.

Mientras Reynolds nos ofrecía aquella conversación tan placentera, Duer y sus amigos escaparon, dejándonos solos con el rufián. Yo podía haber insistido en la cuestión -como Lavien estaba presente, habría podido hacerlo sin riesgo-, pero me pareció inútil. Quería hablar con William Duer, uno de los hombres más ricos del país. No podía esfumarse sin más. Si no conseguía abordarlo ese día, lo haría a no tardar. En cualquier caso, yo tenía allí muchos asuntos pendientes.

– Dígame, hombre -le espeté-, ¿por qué ha querido que me echaran de mi casa? El villano que fue a ver a mi casera y le dio el dinero para que me desahuciara dijo que se llamaba Reynolds.

– Dígale a la casera que se vaya a tomar viento -replicó Reynolds a modo de explicación servicial.

– Aunque le agradezco el consejo -dije-, eso no responde a mi pregunta.

– Entonces, tendrá que vivir con la incógnita -dijo.

Como vi que no iba a sacarle nada más a aquel Reynolds y que era de los que disfrutaban dando réplicas zafias, di media vuelta, recuperé la cerveza y la levanté ante el rufián a modo de brindis. Satisfecho de que su patrón hubiese podido escapar, Reynolds nos taladró con la vista y nos sostuvo la mirada, primero a mí y después a Lavien, para transmitirnos lo fiero que era. A continuación, cruzó la puerta y se marchó.

A decir verdad, Reynolds no era un apellido raro: tal vez había una decena de personas o más llamadas así en la ciudad. Sin embargo, seguía sin estar convencido de que fuese una coincidencia. El hombre que había pagado para que me echasen de mis habitaciones había dicho que se llamaba Reynolds, pero no se parecía en nada al individuo que había descrito la casera. Según ella, llevaba gafas y tenía el pelo y la barba canosos. Aquel hombre tenía el pelo castaño y no llevaba barba, ni gafas. Allí ocurría algo raro y, dada la violenta reacción de Hamilton al mencionarle el nombre, decidí que tenía que descubrir de qué se trataba.