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Dejé la cerveza en una mesa, le dije a Lavien que me esperase allí y salí de la taberna. Al llegar a la calle, divisé la espalda de Reynolds, a media manzana de distancia. Leónidas estaba sentado en el banco de enfrente y le di unos golpecitos en el hombro.

– Ese tipo de ahí es importante. Síguelo, averigua dónde vive y todo lo que puedas de él.

Leónidas asintió y se marchó a toda prisa. Yo volví a entrar en la taberna de la City. Al hacerlo, me crucé con un hombre que, en algún rincón recóndito de mi mente, me sonó familiar. Cuando me volví, vi que se trataba del hombre con cara de sapo al que había observado la tarde anterior en El Pérfido Caballero, donde lo había visto solo, mirándome con sus ojos de anfibio. En esta ocasión me miró, me sonrió con una complicidad que no me gustó nada y se tocó el ala del sombrero a modo de saludo. No me dio tiempo a pensar cómo reaccionar y, antes de que pudiera detenerlo o preguntarle quién era, ya se había marchado. El tiempo para pensar en aquel hombre, que podía carecer de importancia y ser solo una cara familiar, era un lujo del que no disponía, por lo que volví a entrar en la taberna.

Después de concluir las transacciones de la mañana, muchos de los inversores se marchaban a su casa o a la oficina o se dirigían a otras tabernas a hacer negocios más privados. Me senté de nuevo al lado de Lavien, que tomaba un té, satisfecho de sí mismo.

– A Duer no le gusta ser accesible a los hombres que no le sean inmediatamente útiles.

– Es un especulador y Hamilton es secretario del Tesoro. Por Dios, pero si incluso llegó a trabajar en el Departamento. ¿No podemos conseguir que coopere?

– ¿Con usted?

– Bueno, eso sería lo ideal, pero al menos que colabore con usted. Parece que lo trata de una manera muy desdeñosa.

– Aquí, los poderes de Hamilton son limitados -explicó Lavien-. Si Duer no desea hablar, Hamilton no lo puede obligar a hacerlo. Como es natural, Duer corre algún riesgo desafiando a Hamilton, pero tal vez se cree tan poderoso que no le preocupa.

– Entonces, ¿ya no son amigos?

– Oh, yo creo que sí, y Duer siempre querrá conseguir favores de Hamilton y la información que este pueda darle, pero entre ellos no hay confianza. Son como viejos amigos que se encuentran en diferentes bandos, no precisamente durante la guerra, pero sí durante un período de creciente hostilidad entre dos naciones. Duer quiere que Estados Unidos emule a Gran Bretaña, donde los hombres influyentes siempre han estado por encima del bien común.

– ¿Y Hamilton? ¿Cómo quiere que sea Estados Unidos?

– Quiere que se parezcan a sí mismos -respondió Lavien- y ese es un objetivo todavía más difícil.

Lavien se estaba sincerando conmigo de una manera sorprendente y ya no vi motivos para guardar el secreto que había descubierto.

– Supongo que sí, sobre todo a la luz de la amenaza que pesa sobre su banco.

– Se ha enterado de eso muy deprisa -Lavien asintió con aprobación.

– ¿Y usted? ¿Hace mucho que lo sabe?

– Hace una semana que sabemos que es posible que haya un plan contra el banco.

– ¿Qué tipo de plan?

– No lo sabemos -respondió, sacudiendo la cabeza-. El banco está situado en Carpenter's Hall y podría tratarse de una amenaza contra ese espacio físico, aunque me parece poco probable. Quizá sea una acción para hacerse con el banco mediante la toma de las acciones. Una jugada para que estas se devalúen y causar una quiebra. Puede ser cualquier cosa.

– ¿Y la implicación de Duer en ello?

– Posiblemente, ninguna de la que él esté informado. -Se encogió de hombros-. El banco le ha prestado mucho dinero y seguro que Duer quiere que las cosas sigan igual. Hará lo que sea para que ese flujo de dinero no se corte.

– Pero ha dicho que debe una cifra cuantiosa al banco. Quizá prefiera que quiebre para no tener que devolverla.

– Eso sería como un hombre que se prende fuego para evitar el pago de la factura del médico. Si el banco tuviera que afrontar una crisis importante, todos los instrumentos financieros sufrirían y el mercado se destruiría, lo mismo que Duer. Sin embargo, el hecho de que no esté involucrado en un plan no significa que no sepa algo. Tal vez sepa más cosas de las que cree.

– Tengo que señalar de nuevo que me está prestando una gran cooperación.

– Mi esperanza es que haya un intercambio.

– ¿De qué tipo?

– Bueno, confío en su honor, porque yo ya le he dado lo que tengo para ofrecer, es decir, información sobre Duer y el banco, y ahora quiero algo de usted. Si me lo da, también estará ayudándose a sí mismo.

Sacó un pedazo de papel del bolsillo y me lo mostró. Estaba escrito en código, un código que, a simple vista, parecía idéntico al que yo había descifrado la noche anterior.

Lavien me lo apartó de los ojos antes de que hubiese empezado a descodificarlo.

– Lo ha recuperado de la emprendedora señorita Fiddler -dije.

– Sí -asintió-. Podía llevarlo a alguien del Tesoro, pero cuanta menos gente se entere de esto, más tranquilo estaré. Es probable que Jefferson tenga espías en el Departamento del Tesoro. Y es posible que Duer también tenga hombres que le son leales. Si bien preferiría que no se implicara en esto, confío en usted.

Asentí y me tendió el papel otra vez. Mientras lo estudiaba, y sin que yo se lo pidiese, me trajo una hoja en blanco, tinta y pluma, pero yo no las necesitaba. Como había descifrado el código la noche anterior y lo tenía fresco en la mente, no tardé más de un momento en leer lo siguiente:

W. D. J. P sospecha maniobras en el B. Millón. Emprendí acción tal como estaba acordado. D.

¿William Duer era W. D.? Y J. R, ¿Jacob Pearson? ¿Quién era entonces D, si no Duer? Y lo más importante de todo, ya que aparecía en el núcleo del mensaje, ¿qué era el B. Millón?

Se lo pregunté a Lavien.

– El Banco del Millón -dijo con aire pensativo-. No le he prestado mucha atención pero es una iniciativa que quiere aprovechar el actual entusiasmo por los bancos. Se inaugurará en Nueva York dentro de un par de semanas, pero todo el mundo lo considera una aventura disparatada. Me extraña que Pearson o Duer tengan algo que ver con eso.

– Y sin embargo, aquí tenemos esta nota -comenté.

– Esta nota que, si hemos de ser sinceros, no sabemos quién ha escrito ni quién era su destinatario. Es fácil imaginar que fuese para Duer, pero no tenemos pruebas reales.

Lo que decía era cierto.

– Entonces, Duer tendrá que responder a mi pregunta -dije.

– A mí, ha hecho todo cuanto ha podido por evitarme -replicó Lavien-. ¿Cree que con usted se mostrará menos escurridizo?

– No -respondí-. Pero, sea como sea, mi intención es pillarlo.

Aquella noche, más tarde, calmé la sed en la taberna de El Hombre Cargado de Problemas, cené fiambres con patatas y habría pasado allí el resto de la velada, probablemente, si no hubiese llegado un camarero con un trozo de papel en la mano.

– Acaban de entregármelo. Es un mensaje para usted.

– Muy amable -murmuré. Abrí la nota y a la tenue luz de la taberna vi que era de Leónidas. Quería que nos encontráramos en la esquina de Lombard con la Séptima. Decía que era urgente. Apuré la bebida y salí.

Leónidas estaba apoyado en una casa de ladrillo rojo y fumaba una pipa, mandando gruesas nubes de humo hacia la farola de la calle.

– Se lo ha tomado con calma -me dijo.

– Estaba ocupado con un asunto importante.