Выбрать главу

– Ya lo huelo.

– No puedes esperar que un hombre se reforme de la noche a la mañana. Y ahora, dime, ¿qué estás haciendo en esta esquina?

– Amplío los límites de nuestra investigación -respondió-. Fíjese en ese edificio -añadió, señalando una casa del otro lado de la calle, la tercera antes de llegar al cruce.

– ¿Y qué debo ver?

– Algo interesante, espero. Temía que le pasara por alto, pero esa es la casa que pertenece a ese tipo duro, Reynolds. Vive aquí con una mujer, su esposa, según los vecinos. No he hecho averiguaciones sobre ella, pero todo el mundo dice que es la mujer más hermosa que nunca haya existido.

– Continúa.

– Seguí a Reynolds hasta aquí. Al cabo de una hora, se marchó y volví a seguirlo pero, aunque no me vio, creo que notó que alguien lo vigilaba, por lo que tuve que renunciar a hacerlo. Más tarde volvió a la casa y ahora está con otra visita, que es lo que yo quería que usted viese.

– ¿De quién se trata?

– Hay cosas que uno debe ver con sus propios ojos -respondió Leónidas.

Esperamos en la oscuridad. Ojalá me hubiese tomado otra copa antes de salir, porque habría sido agradable pasar el tiempo en una suerte de aturdimiento, aunque supongo que, de todos modos, conseguí una sensación similar mirando cómo se encendía y apagaba el resplandor anaranjado de la pipa de Leónidas.

Al cabo de un rato, vi sombras que pasaban ante las cortinas del vestíbulo delantero. Entonces se abrió la puerta y aparecieron dos hombres cuyas siluetas se recortaban a la tenue luz del interior. Reynolds parecía una persona distinta porque le hizo una reverencia al otro, al que, evidentemente, consideraba su superior. Al principio no pude identificarlo, aunque su constitución y estatura me resultaban familiares.

El desconocido salió de la casa y echó a andar con los hombros encorvados. Su paso era rápido pero no vivaz, como un hombre que corre a refugiarse de una tormenta. Miró a un lado y a otro, como si quisiera asegurarse de que nadie lo seguía, y anduvo por la calle con la cabeza gacha y unos pasos vehementes y decididos como poderosas paladas de unos remos en el agua. La luz de una farola solo lo iluminó un instante, pero le vi la cara, dura y tensa de ira, o quizá de desesperación. Era Hamilton.

Solté un largo suspiro entrecortado y esperé a que pasara. Entonces dije entre susurros:

– Hamilton me cuenta que se lleva mal con Duer. Entonces, ¿por qué va a visitar personalmente al lacayo de Duer?

– Por un asunto de dinero -respondió Leónidas-. Hamilton le ha entregado a Reynolds una pesada saca.

¿Hamilton le había dado dinero a aquel hombre? No sabía qué significaba aquello pero, desde que había empezado a buscar a Pearson, era la primera vez que me sentía incapacitado para la tarea que tenía por delante.

Es natural sentir ansiedad cuando las circunstancias superan la capacidad de uno para afrontarlas. Esto lo aprendí durante la guerra, del mismo modo que aprendí que el único remedio para tales sensaciones es la acción. Un hombre no siempre es capaz de hacer todo lo que debe pero, de todos modos, siempre puede hacer algo. No había acción que emprender de momento pero, al menos, había movimiento, así que despedí a Leónidas y di un paseo por las calles de Filadelfia, limitándome a los mejores barrios y evitando las tabernas donde pudiera encontrar bebida que me ayudase a olvidar. Yo no quería olvidar. Quería comprender.

Me había tropezado con una situación peligrosa en la que yo no tenía nada que ver salvo en lo concerniente a Cynthia Pearson, y eso significaba que no me quedaba otra alternativa. Así pues, ¿qué era lo que sabía? Sabía que Hamilton temía un plan contra su invento, el Banco de Estados Unidos, una institución creada para estimular la economía americana y que se había lanzado a un frenesí de transacciones imprudentes. Kyler Lavien, el hombre encargado de investigar aquella amenaza, era el mismo que investigaba la desaparición del marido de Cynthia. Sería una estupidez pensar que ambas cosas no guardaban relación. De momento, mis pesquisas me habían llevado a un irlandés desconocido y a William Duer, en otro tiempo secretario de Hamilton, y a Reynolds, subordinado de Duer y que se apellidaba igual que el hombre que había instado a mi casera a echarme de mis aposentos. Y ahora parecía que Reynolds y Hamilton se llevaban entre manos un asunto secreto.

Todas esas cosas confluían, pero eso no significaba que se originasen en el mismo punto. Otra cosa que había aprendido durante la guerra era que los hilos que no están relacionados se enredan entre sí porque los hombres importantes pueden serlo en más de un ámbito a la vez. Los tratos secretos de Hamilton con el hombre de Duer quizá no tuviesen nada que ver con la amenaza contra el banco o con la desaparición del marido de Cynthia. Por otro lado, el que estas cosas no guardasen ninguna relación no significaba que siempre hubiese sido así y lo mejor sería suponer que había vinculaciones, aunque no existiesen razones lógicas de su existencia. Las acciones misteriosas y los planes secretos no se descubren entendiendo los motivos, sino entendiendo a los hombres que los ejecutan.

O eso fue lo que me dije mientras regresaba a mis habitaciones. Anduve con la cabeza gacha, murmurando entre dientes como un borracho aunque estaba absolutamente sobrio. Me resultaba útil expresar en voz alta todo lo que me preocupaba a fin de darle a cada dificultad una dimensión en el lenguaje que me ayudase a comprender mejor. Apenas miraba dónde pisaba porque todo lo interesante estaba dentro de mi mente. Así había llegado a la escalera del porche de la casa de la señora Deisher, perdido en pensamientos y estrategias, cuando un puño me golpeó en el estómago.

Mi atacante debía de estar agachado, escondido entre las sombras del pórtico, porque yo ya había empezado a subir hacia la puerta cuando vi movimiento en la oscuridad, un vislumbre de ropa negra, el brillo de una luz reflejada en un botón, un par de ojos y unos dientes tras unos labios entreabiertos en una sonrisa o quizá una mueca.

No tuve tiempo de reaccionar, solo de verlo venir, una forma humana que se desplegaba. Cuando el golpe me alcanzó, lo hizo con fuerza. Noté que mis pies se levantaban literalmente del suelo y trastabillé, cayendo de culo. Intenté no desplomarme del todo, pero la potencia del puñetazo me echó la cabeza hacia atrás y me golpeé el cráneo con una fuerza desgarradora -un golpe sordo que enviaba oleadas de dolor hasta media espalda-, pero no me di contra los ladrillos, sino contra la tierra del pequeño alcorque circular que rodeaba un árbol. El dolor se desplazó en una punzante oleada, seguido de la visión de unas luces plateadas, pero supe de inmediato que no había recibido un puñetazo mortal. Incluso llegué a sentir un estúpido alivio al pensar que el daño me lo habían hecho en un sitio invisible a los demás. No me convenía en absoluto lucir heridas nuevas en la cara.

Entonces, de repente, vi todo lo que tendría que haber visto antes. El farol del porche de la señora Deisher estaba apagado, las farolas de las casas vecinas estaban apagadas. Si yo no hubiese estado tan desentrenado, habría notado la emboscada, pero eso ya no tenía remedio. Solo podía seguir avanzando.

La oscura silueta -un hombre grande y fornido, probablemente musculoso y que se tocaba con un sombrero de ala ancha, no alcancé a ver más- se erguía en la escalera y saboreaba su momento de triunfo mientras yo yacía a sus pies. Se llevó la mano al cinto, sacó algo y lo blandió. A la escasa luz de una luna cubierta de nubes, las tenues estrellas y una farola distante, vislumbré el centelleo de un acero pulido. Era una navaja, y bastante larga, por cierto. Desde donde estaba tumbado, aun con el viento que soplaba entre nosotros, capté el olor rancio y hediondo de la ropa sin lavar y el peculiar aroma acre del tabaco húmedo y mohoso.

En aquel momento, supe varias cosas. Aquel hombre, quienquiera que fuese, no había acudido a matarme. Si en vez del puñetazo en el estómago me hubiese clavado la navaja, en esos momentos estaría muerto o agonizando. El acero tenía como objetivo asustarme o herirme sin matarme. Aun así, supe que, si no me andaba con cuidado, acabaría muerto.