Yo había oído contar que esas cosas ocurrían. Las armas junto a la puerta eran una señal de que no querían hacernos daño, pero yo seguía intranquila: No osamos obligarlos a marcharse ni les indicamos que no eran bienvenidos, pero no puedo describir con palabras el miedo que sentí al verlos. Me pareció que el espacio limitado de nuestra cabaña no podía contener la energía cada vez mayor de su silencio airado, de su violencia y también de sus deseos carnales.
– Bueno, amigos -dijo Andrew tras aclararse la garganta-. Parece que habéis venido a cenar. Me temo que lo que podamos ofreceros será escaso porque no esperábamos compañía.
Los guerreros no se inmutaron. Quizá no lo habían entendido, pero tal vez ni siquiera lo habían oído. Miraban al frente, al vacío, esperando que les llenaran el plato con los ojos inexpresivos, desalmados y conmovedores a un tiempo. Llevaban los siglos de odio hacia nuestra raza escritos en su mismísima piel. Y servirles fue lo que hice, dándoles a cada uno un plato de estofado de venado, una ensalada de verduras del huerto y un trozo de pan de maíz. Mientras les ponía la comida delante, no movieron los ojos. Si les hubiese lanzado piedras al plato y la comida lo hubiera salpicado todo, ellos habrían seguido imperturbables.
Hundí la cuchara en mi estofado, pero solo porque temí que, si no lo hacía, los guerreros creyeran que en la comida había algo inconveniente. Desde nuestra llegada al Oeste, mi cocina era cualquier cosa menos sofisticada, pero entonces me supo a arena y me costó tragar el bocado. Sin embargo, esperaba que a los indios les satisficiera, comieran su ración y se marchasen. Uno mojó los dedos en el estofado y se los llevó a la boca. Hizo una mueca agria, el primer indicio de expresión humana que había presenciado en ellos, y escupió en dirección al fuego. Otro guerrero mordió el pan de maíz y dejó que se le cayera de la boca como hacen los bebés cuando aprenden a comer. El tercero, reacio incluso a probar lo que a sus amigos les había parecido tan horroroso, levantó el plato y tiró el contenido al suelo.
Esperé que Andrew lo reprendiera de algún modo. Lo imaginé regañando con amabilidad a los guerreros, explicándoles que, si iban de visita a la casa de un hombre blanco, tenían que comportarse según las costumbres del hombre blanco.
El indio permaneció sentado sin decir nada con las manos en el regazo. De no ser por el pestañeo, su inmovilidad habría sido absoluta.
Miré a mi marido. Andrew no era un cobarde pero, aun así, era un solo hombre y los guerreros eran tres. ¿Qué haría? ¿Qué podía esperar yo que hiciera? No lo sabía pero, ay cuánto deseé que hiciese algo.
Los tres indios se levantaron y nos miraron desde el otro lado de la mesa. Uno de ellos desenvainó el machete.
– Nosotros tomar a tu mujer, a ti dejar vivir -dijo.
– No os la vais a llevar a ningún sitio. -Andrew siguió sentado, como un funcionario ante un peticionario. Pestañeó repetidamente, como si intentara expulsar algo del ojo, pero no se lo frotó con la mano.
– No, no llevar. Tomar mujer aquí. Tú, mirar; nosotros, tomar.
Otro indio contribuyó a aclarar lo que decía su compañero metiendo y sacando el dedo índice de la mano izquierda en el círculo que había hecho con el pulgar y el índice de la derecha. El gesto era tan estúpido, tan propio de un aprendiz pueril, que contuve el impulso desquiciado de echarme a reír.
– Nosotros tomar mujer y los dos vivir -dijo el indio del cuchillo-. Si tú luchar, los dos muertos. Este ser trato.
– Comprendo -dijo mi esposo, todavía sereno, como un hombre que decide si le conviene comprar o no una mula-. Es un trato bastante insólito, ¿no?
– Ser trato -insistió el indio.
– Y este trato, ¿viene del coronel Tindall?
Los guerreros intercambiaron miradas y el que empuñaba el cuchillo asintió.
– Sí, de Tindall.
– Muy bien -dijo mi marido.
Sonó el fuerte estampido -más fuerte por lo inesperado- de una pistola disparada muy cerca, seguido casi instantáneamente por un golpe sordo en la mesa y por otro disparo. El aire se socarró al momento con el olor acre de la pólvora y la pequeña cabaña se llenó de humo irritante. Aterrorizada, miré alrededor, sin saber de dónde habían salido los disparos, y vi al indio del machete caer de rodillas, con el vientre oscuro de sangre. Empuñaba el arma con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, pero, mientras intentaba blandiría, se desplomó hacia delante y se estrelló de cara contra el suelo.
El segundo disparo había alcanzado a otro indio en la rodilla. El salvaje cayó al suelo y se agarró la herida con la mano, pero no emitió ningún sonido. El tercer indio corrió hacia la puerta como una centella. Pensé que iba a recoger su pistola. Andrew soltó las suyas y entonces comprendí por qué había permanecido sentado con las manos debajo de la mesa. Recordé la advertencia de Dalton y solo se me ocurrió pensar que Andrew se lo había tomado en serio, aunque no me había dicho nada para no preocuparme. Se puso en pie de un salto y vi que tenía las manos manchadas de pólvora. Los pantalones habían quedado negros del disparo y parecía que la tela había prendido y la había apagado de un manotazo. Sin embargo, estaba absolutamente tranquilo, concentrado y decidido pero no impaciente. Cogió el rifle de caza colgado en la pared encima de la repisa de la chimenea, se volvió despacio y disparó.
De nuevo el olor de la pólvora llenó la cabaña y el humo asfixió el aire. Solo después de que la bala atravesara la espalda del guerrero advertimos que no corría a coger la pistola, sino que huía hacia la puerta. Intentaba escapar. Miré a Andrew para ver cómo lo había afectado aquello, saber que había disparado por la espalda a un hombre desarmado que trataba de huir. No era el hombre que yo conocía. Con el mosquete en la mano y la mirada dura, su aspecto era tan despiadado como lo había sido el de los indios.
Andrew cargó de nuevo la pistola, introduciendo la bala con una suerte de perturbada serenidad, y me la tendió.
– Apúntale con ella y, si hace cualquier movimiento hacia ti, dispara. -A continuación, tomó un trozo de cuerda de cáñamo y empezó a atarle las manos a la espalda.
– ¿Qué vamos a hacer con él?
– Dejarlo atado mientras pedimos ayuda. Tenemos que hablar con Dalton y los demás.
– Sabes que lo matarán -dije. Yo no protestaba ni sugería ningún curso de acción. Solo afirmaba algo obvio.
– Probablemente. Y luego trataremos con Tindall.
Me habría gustado creer que los salvajes eran los indios y que los blancos se acogían a las normas de la civilización, pero no era así. Cuando llegamos a casa de Dalton y le contamos lo que nos había sucedido, enseguida transmitió la noticia a otros miembros de la comunidad y no transcurrió mucho tiempo hasta que una cincuentena de hombres, mujeres y niños se presentaron en nuestra cabaña y se hicieron cargo del guerrero indio. La hemorragia de este ya no era tan profusa, pero tenía la pierna encima de un charco de sangre que yo después tendría que limpiar con cenizas y serrín. Por lo menos, me ahorraron ver lo que ocurriría a continuación porque se llevaron al indio al bosque, donde lo apalearon, lo torturaron y le cortaron la cabellera. Su cadáver se pudrió al sol.
La principal fuente de consternación, no obstante, no eran los indios. Estos no habían sido nunca un problema y nunca lo serían. Aunque yo temía su violencia, sentía compasión por unas gentes que no querían otra cosa que proteger sus antiguos derechos y sus tierras. Aquellos guerreros muertos, sin embargo, habían hecho un mal trato con un hombre que no podía ser su amigo. Se habían avenido a hacer algo horrible, ignoro a cambio de qué. Tal vez creyeron que obtendrían libertad, o intimidad, o paz, pero la violencia no puede nunca proporcionar tales cosas.
Al día siguiente, el grueso de la comunidad se reunió en la gran cabaña que hacía las veces de iglesia y todo el mundo se sentó en los bancos de madera, toscamente cortados, que se bamboleaban sobre el suelo de tierra. Había sesenta personas o más entre hombres, mujeres y niños, con las caras sombrías de ira y suciedad. El aire olía a vela de sebo de oso, a humo y a tabaco escupido, y los rostros que nos rodeaban eran duros y estaban tensos y enojados. A decir verdad, pensé que estarían enojados, como si nos hubiésemos buscado aquello y, como consecuencia, ahora el problema afectase a todos, pero no fue ese el caso. No llevábamos ni dos años viviendo en el asentamiento y sin embargo, para aquella gente, el asalto que habíamos sufrido era una humillación colectiva. Algunos querían levantarse en armas, atacar la casa de Tindall en Empire Hill y prender fuego a toda la ciudad. Otros querían enviar delegados para que hablasen con él y llegar a alguna solución pacífica.